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Apuntes del Evangelio

  •   Domingo Febrero 27 de 2016
  •   Apuntes del Evangelio
  •    Luis Javier Palacio Palacio, S.J.

Es claro que el lenguaje típico de Jesús son las parábolas y que se refieren al reinado de Dios (entendido trinitariamente). Los diferentes evangelios aprovechan las parábolas para elaborar catequesis más amplias y dentro de todas ellas se destaca una que ha sido llamada de diferentes maneras: hijo pródigo (poniendo el énfasis en el comportamiento del menor), Padre Misericordioso (poniendo el énfasis en el comportamiento del padre como Padre del cielo), los dos hermanos (poniendo el énfasis en el contraste del hermano mayor y el menor), parábola del amor del Padre (poniendo el énfasis en la extravagancia del amor de Dios). Es pues una parábola extensa, sin añadidos alegóricos, bien elaborada y que mueve al oyente a la intuición de la lógica del reinado de Dios. Podría asimilarse a una “novela” de la época. Forma, junto con la oveja perdida y la dracma perdida el núcleo del mensaje de Jesús en Lucas: perdón y misericordia. El desarrollo literario es impecable. El hijo se encuentra cuidando puercos ajenos, animales inmundos para un judío, comiendo mal, en una tierra extraña, como un fracasado pues ha llegado a esa situación después de malgastar su herencia. El amo que tiene ahora es cruel y no se preocupa para nada de su siervo. El muchacho tiene que liberarse de su propio pasado de derroche, que lo tortura desde dentro y le ha llevado al abismo de los puercos. Tiene que liberarse también del amo que le tiene sometido, en contraste con el trato de su padre. Pero las tres parábolas antes enunciadas tienen un final feliz en medio del regocijo de la comunidad. Ha triunfado la conversión. La acogida del Padre supera todo lo imaginado, pues, no hay recriminaciones, castigos, penitencias, sino buenos augurios para la vida familiar —con el inciso del disgusto del hermano mayor— que se prepara para la fiesta. Es la dimensión comunitaria de la conversión . La comunidad es el punto de llegada. Una comunidad que en la época de Jesús buscaba la santidad excluyendo al pecador, al impuro, al enfermo, mientas Jesús hace lo contario y lo ilustra con las parábolas. Estas son una incitación al bien a los seguidores y refutación de las ideas religiosas de los opositores. Esta parábola es la justificación del perdón a quien en términos de lógica humana no lo merecería como pensaba el hermano menor cuando decide regresar: «ya no soy digno de llamarme hijo tuyo; trátame como a uno de tus jornaleros» y como pensaba el hermano mayor; «se enfadó y no quería entrar» pues consideraba una injusticia el perdón a su hermano disoluto. Los adornos literarios son muy bien logrados. Cuando el hijo que regresa se encuentra aún lejos de casa, ve venir el Padre, quien en contradicción con la dignidad de un oriental rico, echa a correr al encuentro de su hijo, le abraza y le besa; es cuando empieza a explicar sus descarríos, pero el padre no los ahonda . Pide que traigan al andrajoso hijo el mejor vestido (una gran distinción en Oriente), que le pongan un anillo en el dedo (que era un símbolo de la transmisión de poder) y le calcen las sandalias en los pies (reconocimiento de que es hombre libre, ya que sólo los esclavos iban descalzos). El padre expresa el motivo del júbilo en dos imágenes muy expresivas: La recuperación del hijo pródigo es para él como si se hubiese operado una resurrección y como el hallazgo de un tesoro de precio incalculable. Pero tanto perdón y misericordia expresada con el hijo menor trae dificultades al Padre con el “hijo obediente”. Este es como la cara opuesta de la misericordia del padre y la expresión de la justicia humana. Como la actitud del judío justo, de los escribas y fariseos, que se indignaban por el trato que Jesús daba a los pecadores, los enfermos, la mujer adúltera. Pero el Padre busca convencerlo de que también debe alegrarse. También Dios se interesa por los hombres obstinados; también a ellos les brinda la oportunidad de un cambio en su modo de pensar. El hijo mayor responde con una serie de duros y despiadados reproches. Recuenta todos sus méritos: he trabajado como un siervo más sin desobedecerte nunca lo más mínimo; el padre, por el contrario, ha tomado todo esto como lo más natural y no le ha ofrecido nunca el que se permita un pequeño capricho con sus amigos. También en la parábola del fariseo y el publicano, el fariseo enumera sus méritos válidos para despreciar al publicano. No quiete tener nada que ver con su hermano menor. Pero el padre Misericordioso no se deja colmar por los reproches del hijo mayor y lo invita a anteponer a su fastidio su posición familiar: «tú siempre estás conmigo, y todas mis cosas son tuyas». Si el bien poseído no se comparte (y vale para lo material y espiritual) no se legitima como cristiano. No se nos dice más de la reacción del hijo indignado y como en muchas parábolas le toca al oyente (hoy lector) terminarla según la bondad de su corazón. Es probable que las palabras del Padre nos parezcan una estupidez. Al bueno hay que premiarlo y al “malo” castigarlo. Es la lógica humana de la ley y del derecho. También era la lógica del Antiguo Testamento, de las teorías del karma y dharma, de la ley de la compensación, incluso ciertas leyes sicológicas. Pero es el fin de la misericordia y el perdón. El escándalo producido por el evangelio alcanza a todos los tiempos. ¿No desafía la economía la parábola de los viñadores que reciben igual jornal siendo contratados a diferentes horas? El monólogo del hijo menor en tierra extranjera es el comienzo de su desazón. Es la voz del Espíritu —llamada conciencia en moral— que no se apaga ni en los descarríos. Ser “siervo” (hijo en el término hebreo eved) del Padre es muy diferente de serlo de un amo porquero que busca beneficio económico. Pablo dirá que no podemos ser nada diferente a siervos (esclavos, hijos) pero del Señor (kyrios). Sólo así seremos libres de toda otra esclavitud. La conversión del hijo menor supera con creces sus esperanzas. No parece haber mayor distinción entre el padre terreno y el padre del cielo, por lo que esta parábola ofrece puntos de contacto en todos sus personajes: invita a los padres o a quienes tengan autoridad sobre otros al ejercicio de la misericordia, a los hijos a evaluar sus rebeldías, a los duros de corazón a auscultar sus temores, a quien se enriquece con base en la desgracia ajena, a la solidaridad en las desgracias generales «sobrevino un hambre muy grande por toda aquella región». Pero sobre todo, nos invita, aunada a las otros dos parábolas, a buscar la oveja perdida, la dracma que es todo el capital de la ama de casa, a desear el regreso del extraviado y a alegrarnos con su conversión. Tal es el mensaje que recorre la bula de convocación (Misericordiae Vultus) del año de la misericordia, que es el aporte irrenunciable y común que cristianos, musulmanes y judíos tenemos para el mundo de hoy. El dios de las tres religiones es el Padre de la Misericordia. Corazón de Lucas y de la vida cristiana.

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1 Luego del Vaticano II se buscó reinsertar lo comunitario en el sacramento de la reconciliación con las liturgias penitenciales, las confesiones y absoluciones comunitarias. En los primeros siglos este sacramento era eminentemente comunitario tanto en la homologesis (confesión) como en la reconcilatio (reintegración a la Eucaristía).
2 Los confesores no harán preguntas impertinentes dice Francisco en Misericordiae Vultus.