Descargue la Homilía en formato .PDF

↓ Descargar

Apuntes del Evangelio

  •   Domingo Febrero 28 de 2016
  •   Apuntes del Evangelio
  •    Luis Javier Palacio Palacio, S.J.

Jesús predica el reinado de Dios y la respuesta de los oyentes es variada. De entusiasmo en unos, de crítica en otros, de seguimiento en otros. Pero la auténtica respuesta, que quizás sobrepase esas reacciones primeras, es la conversión. Es el llamado común a todos los oyentes y es el programa mismo de Jesús. En el afán proselitista solemos entender la conversión como adherir a la religión de quien predica, pero ese no es el concepto en el Nuevo Testamento. No se pedía a los judíos que abandonaran su religión sino que cambiaran de vida, igual que a los discípulos. En una definición amplia podemos decir que conversión es volverse permanentemente a Dios, hasta el final, es decir, hasta la muerte. El mejor ejemplo de conversión lo tenemos en Pablo, cuyo cambio es narrado tres veces en los Hechos de los Apóstoles aunque con un lenguaje anecdótico que termina no iluminando demasiado. Se podría pensar que la caída, la voz del cielo o la luz que lo ciega son los que causan su conversión y no pasaría de ser algo de la exclusividad de Pablo e irrepetible. Pero narrada por Pablo mismo, en un lenguaje teológico, es más clara. Pablo la describe para mostrar que no es exclusiva suya sino la posibilidad de todo el que se abre a la acción del Resucitado. No es el paso de un pecador a un justo (Pablo era intachable en el judaísmo), sino el paso de la manera de cómo se justifica el hombre en el Judaísmo a cómo lo justifica Dios en el cristianismo. La describe como una revelación, no A EL sino EN EL: «Se dignó revelar en mí a su Hijo para que lo anunciase a los gentiles» (Gal 1:16). El Resucitado vuelve a Pablo un crucificado en función de los gentiles. Así definirá Pablo el bautismo y lo retoma el Vaticano II: ser sumergido en la pasión y muerte de Jesús para ser como él resucitado. Todos los sacramentos incluyen el proceso lento de conversión en el tiempo, aunque se celebren en un momento dado. Con el influjo ascético del estoicismo la palabra conversión (metanoia) que aparece 24 veces en el Nuevo Testamento, fue traducida por penitencia, de manera que el cristianismo terminó enfatizando más la penitencia o sacrificio personal que el cambio de vida o mentalidad. La penitencia, el arrepentimiento pueden bien ser previos y en algunos casos necesarios para la conversión pero no la substituyen. El relato de Caín nos dice que Yahvéh lo instó al arrepentimiento, advirtiéndole que se dirigiese “a hacer lo bueno”, para que el pecado no llegase a dominarlo. Sin embargo, dejó que este lo impulsara a matar a su hermano. Yahvéh le dirige la pregunta más profunda de todas las Escrituras «¿Dónde está tu hermano Abel?» pero responde con evasivas. En el Antiguo Testamento la falta de conversión implica castigo. El que rehúsa convertirse a Yahvéh provoca su ira y sufre castigos tales como la sequía, la cautividad, la destrucción y la muerte. En la encíclica Laudato si´ podemos pensar en similares efectos pero ya no producidos por Yahvéh como castigo sino como auto-castigo que la humanidad se ha acarreado por destruir la naturaleza. La encíclica Laudato si´ enfatiza la necesidad de la conversión ecológica. «La conversión ecológica que se requiere para crear un dinamismo de cambio duradero es también una conversión comunitaria» # 219, como corresponde a la idea de pecado social o estructural emanada del Vaticano II. En el libro de Jonás se habla de conversión colectiva de toda la ciudad. En el libro de Esdras la entera congregación formada por los israelitas que regresaron del exilio necesita conversión. En general el llamado de los profetas es a la conversión y la desgracia o castigo es lo que debe evitar la conversión. El mensaje de Juan el Bautista era igualmente de conversión de la que el bautismo en el Jordán era un signo de comienzo de ella. Para el Nuevo Testamento la conversión no la impulsa el temor al juicio de Dios —por necesario o conveniente que pueda resultar—, sino el descubrimiento de su amor en Cristo que sobrepuja toda medida y que atrae irresistiblemente al hombre y lo arroba. Es el amor al prójimo lo que nos hace lamentar el daño que hayamos causado y nos impulsa a buscar su bien. Pablo, pasa de perseguidor de los “del camino” a ser capaz de dar la vida por los creyentes. El ejemplo de Judas, cuando se lo compara con la experiencia simultánea de Pedro, nos muestra con claridad que el mero arrepentimiento, es decir, el conocimiento de la injusticia cometida, sólo puede llevar a la desesperación. La penitencia y el arrepentimiento cobran sentido a partir del perdón y de la gracia, no del castigo, pues el pecado, como lo concibe el Antiguo Testamento, entraña su propio castigo. De ahí que la conversión súbita tiene más de literatura que de realidad. Es un proceso paulatino que exige persistencia y crecimiento. El caso que le cuentan a Jesús es doloroso. El procurador romano, Pilatos, había mandado degollar a algunos galileos en el atrio del templo mientras ofrecían sacrificios. Aunque no tenemos información por fuera del relato evangélico, no parece imposible en la historia de la administración de Pilatos. Los galileos, sobre todo los zelotes, se levantaban a menudo para expulsar a los romanos y estos eran duros y crueles con los levantiscos. Se preguntaban por qué Dios había dejado matar a aquellos galileos mientras sacrificaban y creían que la explicación estaba en que eran pecadores y habían recibido el castigo que merecían sus pecados. Para Jesús, como en caso del ciego del nacimiento, no es correcta la relación entre castigo y pecado. Todos necesitan conversión, el que ejerce la violencia igual que el que la recibe, pues todos forman parte de la misma humanidad en la que Caín sigue matando a Abel. Tampoco tenemos datos extra bíblicos de la caída de la torre de Siloé. La muralla sur de Jerusalén corría hacia el este hasta la fuente de Siloé. Probablemente había allí un torreón de la muralla. Podemos conjeturar que este torreón se había derrumbado durante las obras de conducción de aguas ejecutadas por Pilatos. Todavía se recordaba la catástrofe. En este suceso se trata de una desgracia que no se debió directamente a intervención humana. En tal caso era todavía más obvio pensar que se trataba de un castigo de Dios, del problema de la teodicia (como reconciliar el mal natural con la idea de creación). Jesús no entra en los detalles de cómo murió la gente, como tantos judíos habrán muerto en Egipto en las grandes construcciones faraónicas. La ambición de unos siempre ha traído la muerte de otros. Más bien Jesús aprovecha el incidente para reforzar su llamado a la conversión. Aquí de nuevo cabe el llamado de la Laudato si, pues si no cuidamos la casa común la muerte es para todos incluidas las especies en vía de e´xtinción. El consumismo de la sociedad actual se da a costa de la muerte de muchos seres vivos (incluidos hombres y mujeres). Los dieciocho habitantes de Jerusalén que habían sido víctimas de la catástrofe no eran más que la expresión del estilo de vida de todos los habitantes de la ciudad de Jerusalén. La interpretación de Jesús es religiosa. Así sucedió con las pestes que diezmaron las poblaciones europeas medievales. A menudo fue más cómodo buscar un chivo expiatorio que reconocer los errores colectivos. Ahora la viña no es Israel sino la humanidad y seguimos esperando sus buenos frutos, no luego de tres años, sino de siglos.