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Apuntes del Evangelio

  •   Domingo Febrero 29 de 2016
  •   Apuntes del Evangelio
  •    Luis Javier Palacio Palacio, S.J.

Los dos evangelios más “amables” con la mujer son el de Lucas y Juan. Por ejemplo, Lucas nombra varias mujeres que acompañaban a Jesús en su predicación (Lc 8:1-3) y Juan es el único que relata el caso de la mujer adúltera (Jn 8:1-11); Marta tiene un diálogo teológico sobre la resurrección con Jesús y la Samaritana un diálogo revelador junto al pozo de Jacob. El hecho de que sea samaritana refuerza su valor, pues por ser un pueblo étnicamente mezclado con los colonizadores que llevó el rey Sargón luego de la deportación, eran tenidos por judíos desteñidos y casi por gentiles. No aceptaban sino el Pentateuco (ni profetas ni salmos) y tenían su propio santuario en Garizim para no acudir al Templo de Jerusalén. Juan y Santiago piden fuego del cielo contra los pueblos de Samaría por inhospitalarios (Lc 9:54). Aunque toda la Biblia nace en un ambiente marcadamente patriarcal, en el Nuevo Testamento hay elementos que invitan cuando menos a una revisión de sus consecuencias. Ambos, hombre y mujer, deben obedecer a Dios, ambos llamados al seguimiento de Cristo, ambos han de ser dóciles unos a otros: «Someteos los unos a los otros en el temor de Cristo» (Gal 5:21) y en expresión aún más clara: «No hay ya judío o griego, no hay siervo o libre, no hay varón o hembra, porque todos sois uno en Cristo Jesús» (Gal 3:28). El celibato por el reino de Dios es equiparado al matrimonio espirtual, con lo que la función sexual biológica (maternidad) deja de ser el factor determinante para definir lo femenino. En el diálogo con la Samaritana aparece la sacralidad del cuerpo, no solamente en el sentido de que se revela para ella su estilo de vida, sino en que deseando saber si debe adorar en Garizim o en Jerusalén, obtiene como respuesta de Jesús que ha de hacerlo en espíritu y en verdad. El Templo se traslada al corazón humano. Jesús no guarda los convencionalismos de la segregación de la mujer. Lo mismo que con los hombres, habla públicamente con las mujeres, aunque sean gentiles como la Sirofenicia, o se las considere heréticas e iguales a los gentiles como la Samaritana. Permitió que María de Magdala y las demás discípulas galileas lo siguieran y le sirvieran durante su actividad apostólica y no lo abandonaran en las últimas horas más trágicas de su vida mortal. Resucitado de entre los muertos, se apareció primero a las que habían sido testigos de su muerte y sepultura para hacerlas testigos y "evangelistas" de su resurrección ante los apóstoles. Así, la Magdalena fue llamada por varios Padres de la Iglesia como la evangelizadora de los evangelizadores. Considerando, además, a las mujeres capaces de ocuparse y de preocuparse del reino de Dios. Jesús, al contrario de ciertos rabinos de su tiempo, comunica a las mujeres el mensaje del reinado de Dios. La samaritana es una de las pocas personas a las que Jesús da una catequesis personal. En la casa de Betania, alternativamente Marta y María son instruidas en la Palabra, sentadas a los pies de Jesús como los alumnos con el rabino. Así como hay profesión de fe de Pedro en Marcos, hay una profesión de fe de Marta en Juan: «Sí, Señor, yo creo que tú eres el mesías, el Hijo de Dios que tenía que venir al mundo» (Jn 11:27). La excusa para el largo diálogo con base en el agua, es propia de Juan, quien le da un valor simbólico que no aparece en los otros evangelios. El agua simboliza un don no muy precisado, que parece posible de identificar con la revelación de Dios como Padre. El que tenga sed que venga a mí y que beba; hace de Jesús el pozo de agua viva. Allí, la Samaritana descubre su condición moral y reconociendo su situación exclama: «Señor, veo que tú eres profeta» no porque le prediga un futuro sino porque le interpreta un presente. Yahvéh da profetas a su pueblo precisamente para que no acudan a adivinos, agoreros, oráculos para pretender conocer el futuro. Algunas versiones de este pasaje ponen en labios de la Samaritana al ir al pueblo: «Venid a ver un hombre que me ha adivinado todo lo que he hecho» pero en el original no aparece el verbo “adivinar” por ningún lado. Tanto en este episodio de la samaritana como en la repartición de los panes, Jesús toma al ser humano donde se encuentra, en sus necesidades más inmediatas y ordinarias; pero para conducirlo luego a otra parte, a otra agua y a otro pan; lo conduce más allá de su misma búsqueda y de sus aparentes limitaciones. El pasado de la mujer no le interesa a Jesús (es perdonado) como no le interesa al Padre el pasado de su hijo pródigo. La Samaritana termina siendo evangelizadora anunciando la presencia de Jesús y llevándole a muchos para que lo escucharan. Muchos creyeron por las palabras de la Samaritana y terminaron invitando a Jesús a quedarse allí por dos días. La Samaritana recibe la petición de Jesús extrañada y sorprendida en grado máximo. Esto se deriva del simple hecho de que un judío pida algo a un samaritano, y más aún de que un varón judío lo haga con una mujer samaritana. De ahí la aclaración de que los judíos no se tratan con los samaritanos. El resultado es paradójico (como en los equívocos joánicos) pues Jesús pide a la samaritana un trago de agua pero en realidad es él el que dispone del don de Dios y el que podría otorgárselo si ello lo quisiera. Ese don se expresa para la ocasión como «agua viva». Esta aludía a agua corriente de manantial en contraste con el agua estancada del pozo. En un Oriente en general de aguas escasas, es aún mayor el realce. Los grupos familiares de los doce patriarcas se establecieron alrededor de las fuentes de agua. En el Salmo 42 se perfilaba ya este sentido: «Como anhela la cierva el agua fresca, así mi alma te anhela a ti, oh Dios» que sigue siendo fuente de sentido aún hoy en otras latitudes. De momento, la Samaritana relaciona la expresión «agua viva» con el pozo, por lo que replica: «Ni siquiera tienes cubo, y el pozo es profundo, ¿de dónde, pues, vas a sacar tú esa agua viva?». Pero esa «agua viva» surge de un manantial inagotable, del interior del ser humano inhabitado por el espíritu del Resucitado, por lo que nunca tendrá sed y podrá abrevar la sed de otros. Jesús y la samaritana piensan y hablan transitoriamente en dos planos diferentes. Jesús habla de “arriba” y la Samaritana entiende desde “abajo”. Pero en Jesús ambas cosas están unidas, por lo que la contradicción termina ejerciendo su función. La vida eterna empieza ahora, la revelación de Jesús proporciona la vida eterna, y desde luego que ya aquí y ahora. Mediante la fe puede el hombre alcanzar ya ahora una participación en la plenitud vital de Dios. Jesús otorga al hombre la nueva vida; y se la da de modo tan real que, dentro del propio hombre, «se convierte en una fuente que salta hasta la vida eterna» durante su vida misma. Esto dice mucho más que la simple afirmación de que le vendrá algo en el futuro. Igual sucede en el diálogo con Marta: «Todo el que vive y cree en mí no morirá para siempre» (Jn 11:26). La resurrección se vive ya en esta vida. La vida de la Samaritana puede empezar ya a ser dinámica y productiva, y esto lo expresa su dimensión evangelizadora en el pueblo. Más adelante la imagen se hace más completa. Ya no es solamente el agua como bebida sino la comida, el alimento que para Jesús es hacer la voluntad del Padre que lo ha enviado. Un Padre que los creyentes han de identificar con Abba. Aquí el equívoco es de los discípulos que siguen pensando en el pan material. Ese sabemos cómo conseguirlo pero a alimentarnos de la voluntad de Dios sólo lo logramos con la gracia, con el Espíritu.