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Apuntes del Evangelio

  •   Domingo Marzo 01 de 2016
  •   Apuntes del Evangelio
  •    Luis Javier Palacio Palacio, S.J.

Desde el punto de vista de los oyentes del evangelio, la respuesta esperada es la conversión (metanoia en griego). Lo predica Juan el Bautista para el pueblo judío y es el comienzo de la predicación de Jesús: «Conviértanse porque el reino de Dios está cerca» (Mt 4:17). A igual predicación son enviados los discípulos. Pero convertirse es un proceso lento que dura toda la vida lo que puede llevar a más de uno a desanimarse y no atreverse a ensayar. Además, la carga del pasado es a menudo muy fuerte, como lastre que no deja despegar el vuelo. Aquí se ubica el perdón en el evangelio, como la liberación de un pasado que atormenta o desanima. Jesús, en los evangelios perdona con facilidad, casi podríamos decir que con ligereza. Incluso cuando no se lo han pedido expresamente como en el caso del paralítico que descienden por el techo. Si nos engolosinamos con el perdón, y éste repetido, nunca saldremos del marasmo. En el Antiguo Testamento era concebido Yahvéh como quien no deja nada impune; castiga aunque sea en otros, su máxima de justicia es: crimen cometido, crimen castigado. Este sigue siendo el ideal de la justicia civil y penal. En el Nuevo Testamento el perdón de los pecados se da por supuesto en el encuentro con Jesús. La experiencia típica es la experiencia Pascual, empezando por los discípulos en Galilea, que por la acción del Resucitado se sienten perdonados, transformados para predicar un Jesús que murió por nuestros pecados y fue resucitado para nuestra salvación. En su vida pública los que más le suscitaron compasión fueron precisamente los que se tenían o los tenían por pecadores (enfermos, endemoniados, adúltera, cobradores de impuestos, oveja perdida). Pero detrás del perdón, como picaña, como chispa de arranque, ha de venir la conversión, pues el deseo de Dios es ir enderezando el corazón humano de dónde salen todos los males. Con el mero perdón el ser humano queda tal cual y como a menudo nos muestra la experiencia en el derecho penal, incluso peor, luego de purgar su pena. También el ideal de la corrección carcelaria es la conversión. En la oración típica cristianas del Padrenuestro, pedimos la capacidad de perdonar. Pablo, que se fija más en el objetivo de la vida cristiana que en el proceso mismo, poco usa la palabra perdonar y más la idea de “hombre nuevo”, reconciliar, justificar, hombre que co-padece con Cristo y co-resucita con él, en definitiva que vive en, por y para Cristo. El ser humano no es capaz por sí mismo de controlar y liberarse del pecado y en consecuencia no puede justificarse por sí mismo, ni por el arrepentimiento de sus pecados pasados, ni por los diversos ritos de expiación del judaísmo, ni por fabricarse una auto justificación a base de cumplimiento de mandamientos. El pecado sólo se ahoga con sobre abundancia de gracia: «Donde abundó el pecado, sobreabundó la gracia» (Rm 5:20). El lenguaje que Pablo usa para la gracia es paralelo al del pecado pues ambos dominan, se enseñorean, reinan, esclavizan, son fuerza, habitan, tienen sus leyes. De una manera bastante dramática lo expresa Pablo: «Querer el bien lo tengo a mi alcance, mas no el realizarlo, puesto que no hago el bien que quiero, sino que obro el mal que no quiero. Pero si hago lo que no quiero, ya no soy yo quien lo hace, sino el pecado que habita en mí» (Rm 7:19-20). El ser humano se entrega a la esclavitud del uno o del otro. El perdón se da por supuesto, por descontado. En este sentido desestabiliza el statu quo. Los judíos y fariseos que se oponen a Jesús le piden a menudo signos y les gustaría verlo hacer milagros, pero cuando Jesús perdona se escandalizan. El perdón es la invitación a la conversión para quien recibe el perdón y un avance en la conversión de quien lo da. Así, el sacramento de la conversión (o reconciliación, mejor que de la confesión o de la penitencia) no es algo que opere hacia atrás. Lo que Jesús se propone no es cómo perdonar los pecados, sino cómo corregir o arreglar al pecador. Dios Padre (Abba) no procede de manera infantil para ofuscarse porque nos hayamos equivocado. Lo que espera es que cambiemos a futuro y no es diferente ese perdón de la acción de Dios mismo al interior del creyente haciéndolo diferente, nuevo, más dispuesto a perdonar, a compartir, a servir a los demás, para enderezar la vida en adelante. Igualmente, con todos los demás sacramentos se da un aspecto de la conversión, pues ningún sacramento se recibe propiamente desde fuera sino que se produce desde dentro de la persona, por el acontecer de Dios en ella . Que Jesús comiera con pecadores ya era de hecho perdonarlos. Durante siglos, el perdón fue un acontecimiento comunitario , ligado a la Eucaristía. La confesión auricular (decir las faltas a un sacerdote) es herencia de la dirección espiritual de los monjes irlandeses. El Vaticano II recomendó rescatar el sentido comunitario con las paraliturgias penitenciales, las confesiones y las absoluciones colectivas. En la lógica de Pablo, como lo explica a los corintios, lo que me da la capacidad de perdonar es la Eucaristía en donde comulgo en el cuerpo de Cristo como cuerpo de la comunidad. En este contexto podemos entender el evangelio de hoy sobre el perdón. Pedro fue perdonado tres veces con su interrogación sobre el amor, sin que mencione las palabras pecado ni perdón: «¿Me amas más que estos?». Siete veces perdonar le parece suficiente a Pedro como expresión de misericordia y Jesús le desbarata su cálculo. Pedro no sólo debe perdonar hasta siete veces, sino hasta setenta veces siete. El ofendido en principio con respecto al ofensor está en una situación semejante a la del deudor con respecto a su acreedor. Esto es tan sorprendente que se requiere una parábola como explicación. En el Génesis leemos el canto de Lamec que pide vengarse setenta veces siete (Gn 4:23 ss) multiplicando así la violencia. Ahora se trata de multiplicar el perdón para contrarrestar la violencia. Caín, a pesar de su delito, fue protegido por Yahveh con una señal para que no le pagaran con la misma moneda, pero si alguien lo mataba, entonces sería vengado siete veces. Ya conocía el Génesis el error de corregir el mal con otro mayor. Aunque la venganza en el caso de Caín era reservada a Yahvéh. En el Nuevo Testamento ya no hay lugar a la venganza. Ahora es el mismo Lamec quien reclama su “derecho” a la venganza multiplicada. El mal se reproduce de mil formas y un pecado siempre origina otros. Jesús da un comienzo de solución con el perdón que debe desencadenar en el perdonado la conversión. Pero aunque no la desencadene (en Lucas en el relato paralelo aparece como exigencia) el ofendido debe dar siempre la oportunidad. Solamente así parece posible detener la marea ascendente del pecado y superarla mediante el amor libremente dispensado. San Pablo dirá: «No te dejes vencer por el mal, sino vence al mal con el bien» (Rm 12:21). Pero en la parábola se nos muestra también hasta el punto al que puede llegar la dureza del corazón, en defensa de intereses aún de poca monta. El que perdona desinteresadamente es quien mantiene vivo el reinado de los cielos.

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1 El ex opere operato, es decir que los sacramentos producen la gracia por su sola celebración, fue una inadecuada definición anti antiprotestante del Concilio de Trento.
2 La confesión (exomologesis) era pública para adulterio, homicidio y apostasía. También el perdón (reconciliatio) era frente a la comunidad.