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Apuntes del Evangelio

  •   Domingo Marzo 03 de 2016
  •   Apuntes del Evangelio
  •    Luis Javier Palacio Palacio, S.J.

Creer en demonios o espíritus malignos juega un papel relativamente sin importancia en la doctrina del judaísmo, aunque abundan en su folclore. La soberanía absoluta es de Yahvéh. La literatura apocalíptica judía despliega un dualismo heredado de los persas durante el destierro. El exorcismo de los rabinos era una terapia con oraciones recibidas de Salomón y pócimas variadas. Las fuerzas destructoras eran mensajeros del castigo de Yahvéh y el mismo Satanás era su servidor (Libro de Job). La terminología demoníaca se aplicaba a las deidades gentiles, por ejemplo, Belzeebul era el dios de las moscas, o del estiércol en Persia. En la literatura halálika (cuentos piadosos) se les da nombres como Asmodeo, Samael, Azazel, Lilith, y características como nacidos en la aurora del Shabbath, ángeles caídos, conocedores del futuro, alados, pueden comer y beber, procrear y morir. La única arma para derrotarlos era el cumplimiento de la ley (Torah). Por otro lado la mención de exorcismos es escasa en la literatura judía, siendo la única mención la posesión de Saúl por un mal espíritu y su exorcismo mediante el sonido del arpa de David . También en el libro de Tobit que no entra en el canon judío por apócrifo. Por supuesto que las Escrituras Hebreas están llenas de reflexiones sobre el bien y el mal, pero sin un trato sistemático, lo que en cierta forma les da mayor valor. El dualismo maniqueo es una solución fácil pero inadecuada y peligrosa. La división fácil entre buenos y malos es la mejor justificación para terminar acabando con los demás y con sus derechos. Para el judaísmo la creación es muy buena (Gn 1:31) y la vida una bendición. Se ocupa del mal moral (el causado por los seres humanos) y no del mal natural (desastres naturales, defectos genéticos, etc.). El bien es la voluntad de Yahvéh y el mal escogencia libre del ser humano en última instancia. Varias líneas de reflexión llevan a ello: a) el mal es un bien que no percibimos como tal; b) el mal del mundo es transitorio y será rectificado en los últimos días; c) el castigo divino es indicativo del amor de Yahvéh y preocupación por el trasgresor (pedagogía del sufrimiento); d) Yahvéh causa el sufrimiento del justo para que crezca en ciertas virtudes; e) los humanos purgamos los errores de nuestros ancestros; f) los caminos de Yahvéh son misteriosos y nunca los entenderemos. Todas estas líneas de reflexión apuntan a realidades y experiencias innegables del mal. En el relato del anuncio del nacimiento del Bautista, la mudez aparece como el castigo de Yahvéh a Zacarías. Los dioses paganos los caracterizan como dioses mudos, mientras que Yahvéh es dios de la Palabra. Jesús hace suya hasta tal punto la angustia del sordomudo, encerrado en sí mismo e incomunicado con Dios y con los hombres, que suspira antes de pronunciar el ¡effetá! El niño epiléptico en Marcos tiene un espíritu sordo y mudo, probablemente temporal. Pero las manifestaciones patológicas no son más que la excusa para tratar el tema de la acusación contra Jesús de tener poderes de Beelzebul. Aquí se toca la esencia de la predicación de Jesús como es el reino de Dios. Un reino que no se establecía en lucha con un reino paralelo (maniqueos y gnósticos así pensaban) sino con el egoísmo humano, con su falta de misericordia. Jesús entra en una especie de teoría sobre el Estado, como podrían bien conocerlo sus oyentes de los reinos vecinos y el mismo Israel. Las luchas entre sus líderes llevaron a la destrucción del unificado reino de David. Usando la figura familiar a la literatura antes dicha, habla del reino de Satanás que significa el adversario y era el nombre de los virreyes persas. En el Antiguo Testamento hay tres pasajes en los que se da a Satanás poderes superiores (Zacarías, Job y Crónicas) pero siempre obediente a Yahvéh. Es en la literatura apócrifa, apocalíptica y partes del Nuevo Testamento donde termina siendo encarnación del mal y antagonista de Dios. En la tradición judía Satán es desestabilizado con el sonido del Shofar (trompeta de cuerno) y su autoridad anulada en la fiesta de la expiación (Yom-kippur) . En la liturgia judía Satán es figurado como los “deseos malsanos”. Igualmente acude Jesús al modo de legitimar el poder de entonces: la fuerza. Si el desafío del mal se resuelve con la fuerza, siempre habrá alguien que resulte ser más fuerte y el ciclo sería eterno. Si Satanás obra por fuerza, hay que vencerlo de otra manera. Pablo lo dice de una manera clara: «No te dejes vencer del mal, antes vence al mal con el bien» (Rm 11:21); y, en forma dramática, el mismo Jesús: «No resistáis al mal, y si alguno te abofetea en la mejilla derecha, dale también la otra» (Mt 5:39). Para Jesús el mal se vencía con abundancia de reinado de Dios fuera cual fuera la figura que se le diera al malo: enfermedad física como castigo por el pecado, enfermedad mental como posesión demoníaca, riqueza insolidaria con el pobre, exclusión de publicanos por no ser judíos, segregación de la mujer por condición de género, aplicación inmisericorde de la ley (mujer adúltera). La parábola del hombre más fuerte contrasta los bienes que están seguros y el botín que se reparte. Las expulsiones de demonios muestran que su sistema de poder ya está minado, vencido. Jesús alaba la actividad de los apóstoles con la frase: «Veía yo a Satanás caer del cielo como un rayo» (Lc 10:18). La tentación como tal pertenece a la naturaleza humana, como nos dice de Jesús el relato en el desierto: «Acabado todo género de tentaciones, el diablo se retiró de El hasta el tiempo determinado» (Lc 4:13), donde diablo significa el “calumniador”. El mal (pecado en lenguaje religioso) acompaña al ser humano hasta la tumba, pero su poder es tan limitado como lo sea la apertura que tengamos a la gracia, pues son inversamente proporcionales: a mayor fuerza de la gracia (Espíritu) menos fuerza del pecado; a mayor generosidad menos egoísmo; a mayor compasión menos envidia y así sucesivamente. Pero la ilustración es ampliada con un argumento al caso. También los rabinos acudían a expulsar demonios como terapia normal. Lo hacían usando oraciones, palabras y fórmulas de conjuro que se hacían remontar a Salomón. ¿Tenían entonces pacto con Beelzebul los rabinos? Lo que se desmorona es el poder atribuido a Satanás y cualquier otra personificación del mal. Si los rabinos cuidaban los enfermos que a ellos acudían ya era una expresión del reino, como lo es el bien que cualquiera hace. En el concilio de Orange (441) se condenó la afirmación: «Todas las obras de los infieles son pecados; y las virtudes de los filósofos, vicios» expresada por Bayo. La frase de las guerras de los romanos «el que no está conmigo, está contra mí» pudo ser aplicada a la comunidad cristiana con desacierto. Hoy el ecumenismo nos invita a otros sentimientos más evangélicos.

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1 Lucha sempiterna entre Arimán y Ormuz (el bien y el mal), aunque eran hermanos. Es la religión de Zoroastrismo o de los fuegos perpetuos.
2 Algunos lo interpretan como una depresión de Saúl y la música como su terapia. Pero evidentemente la simbología puede ser más amplia.
3 Los musulmanes apedrean al demonio siete veces en su viaje anual a la Meca, bajo la figura de una estela de piedra.