Descargue la Homilía en formato .PDF

↓ Descargar

Apuntes del Evangelio

  •   Domingo Marzo 05 de 2016
  •   Apuntes del Evangelio
  •    Luis Javier Palacio Palacio, S.J.

La oración en la Biblia reviste variadas formas. En el Antiguo Testamento tenemos la oración de Moisés, Ana, Salomón, Ezequiel, Salmos, además de las oraciones particulares (tres veces al día). Todas se reducían al cumplimiento del mandato “servir a Yahvéh con el corazón”. Se oraba en cualquier sitio y de manera más oficial en la sinagoga (los sábados) y en el Templo. Los rabinos enfatizaban como elemento fundamental la espontaneidad del orante, lo que llevaba a menudo a mucha originalidad en ellas. La palabra más significativa de la oración era el ¡Amén! que es siempre la actitud del orante frente a Dios: ¡Qué así sea!, ¡me comprometo a que suceda!, ¡pongo mi deseo al servicio del tuyo! y de muchas otras maneras puede traducirse. No la usaba el que bendecía sino el que recibía la bendición y se refiere a la fidelidad de Dios para con el hombre, es decir, a que no fallará en el futuro. Traducirla por “así es”, puede crear el equívoco de lo que asentimos con la razón, a lo evidente, es decir, con la verdad griega y no con la verdad judía que siempre es de futuro (escatológica). Ante la afirmación 2+2 son 4 no cabe el amén sino el “así es”; frente al “prometo serte fiel en la salud y en la enfermedad” no cabe el “así es” sino el ¡Amén! La oración del fariseo es una oración corriente judía. Los judíos oraban de pie, como usan los ortodoxos para la oración pública . Es una oración de acción de gracias porque no ha caído en lo que hacen otros hombres: robo, adulterio, injusticia, servir a los romanos. Además, por lo bueno que ha hecho como el ayunar y pagar diezmos. La ley impone el ayuno sólo el día de la expiación; pero el fariseo ayuna dos veces por semana, el lunes y el jueves en honor de Moisés quien suponen haber subido un jueves al Sinaí y descendido un lunes. Su oración no tiene nada de reprochable, excepto por la falta de compasión por el publicano. Se conoce en el Talmud una oración corriente entre los judíos varones que dice: «Gracias te doy Señor porque me hiciste sabio y creyente, porque no me hiciste mujer». Aquí es la mujer la que sale mal librada pues parece una bendición no ser mujer. Podía dar gracias por haberlo hecho hombre, como la mujer podría dar gracias por haber sido hecho mujer. Los otros dos atributos (sabio y creyente) parecen bien justificados para dar gracias. El hecho de que haya que advertir al lector de que la parábola es para caracterizar a los que «menospreciaban a los demás» muestra el riesgo de quien va en el camino de la virtud; adueñarse del juicio condenatorio de los demás. Jesús, en su vida pública, manifiesta por el contrario una predilección por el que es tenido por pecador o excluido, pues es allí donde mejor se expresa la compasión o el típico amor de Dios. La rectitud del fariseo, desde el punto de vista evangélico, debía entrañar el deseo de ayudar al fariseo en su camino de conversión. El fariseo desprecia a quien no cumple la ley (Torah) y que probablemente ni siquiera la conoce ni tiene idea de su interpretación. En el Evangelio son varias las veces en que se exhorta a guardarse del juicio y en cambio se invita a la corrección fraterna. Los dos orantes parecen sinceros con sus sentimientos por lo que ambas oraciones cumplen con el deseo de los rabinos. Es un poco extraño que un publicano vaya al Templo a orar, pero en las parábolas son comunes estos “escándalos” como pasa con el buen Samaritano. Allí es el levita y el sacerdote los que quedan mal frente a la necesidad del hombre asaltado en el camino. En cambio un samaritano es reivindicado. La oración del fariseo, centrada en sí mismo: Yo no soy como los demás hombres, yo ayuno, yo pago el diezmo corre el riesgo de ser un autorretrato sin defectos, como sí ya hubiera llegado al culmen de su vida espiritual. El publicano en cambio se siente en camino, con pecados que superar y clama misericordia como en los relatos de curaciones: «Jesús, hijo de David, ten compasión de mí». Frente a su yo, no siente más que el darse golpes de pecho como si se sintiera interiormente dividido. Pablo nos dice que es lo que sucede con el pecado en nuestra vida, que produce una lucha interior. «En efecto, no hago el bien que quiero, sino el mal que no quiero. Pero si hago lo que no quiero, ya no soy yo quien lo hace, sino el pecado que habita en mí» (Rm 7:19). Una lucha que no se lleva bien sino permitiendo que la gracia actúe en la persona, de manera que el triunfo no se considere como propio de la persona, cosa que en el caso de fariseo no aparece tan claro. Esto es lo que la parábola va a resaltar; es decir, la auto comprensión como pecador que aún tiene camino que recorrer en su conversión. En frase bien lograda en la época de la Reforma, siempre seremos justos y pecadores a la vez. Los publicanos (empleados al servicio de Roma) eran segregados, esquivados y repudiados como pecadores. Las palabras del publicano recuerdan el salmo 51 (miserere) de petición de perdón. Según las enseñanzas de los fariseos, debía restituir lo que había adquirido injustamente, y además dar un quinto de la propiedad, si quería esperar perdón; un paso no fácil de dar y que según la parábola terminó dando: «descendió a su casa justificado » es decir, declarado recto. Evidentemente tiene un largo camino aún por recorrer, pero ya dio el primer paso . El fariseo, en cambio, volvería a su casa con la conciencia tranquila pero aún lejos de lo que Jesús esperaba de los creyentes. Sería un buen judío, un buen ciudadano pero la faltaba la misericordia y preocupación por los demás. Pablo, en la carta a los romanos, nos da una idea de la actitud del creyente cuando dice: «Hasta desearía yo mismo ser anatema, ser separado de Cristo en bien de mis hermanos, los de mi raza según la carne» (Rm 9:3) con lo que expresa el sumun de la salvación cristiana: me salvo salvando a otros y condeno mi vida si no salvo a otros. Esta es la gran responsabilidad moral del creyente. La parábola de la oveja perdida termina con el “escándalo” de la alegría de Dios por un pecador que se convierte, frente a 99 que no necesitan conversión. El fariseo cree haber llegado a la cima y en la vida espiritual detenerse es retroceder. La conversión llega hasta el final de la vida misma. La parábola del fariseo y del publicano se cierra con una sentencia que aparece en el Evangelio una vez aquí, otra vez allá «el que se ensalza será humillado, pero el que se humilla será ensalzado». Algo similar se dice respecto al servicio: «El que quiera ser el primero que sea el servidor de todos». El evangelio no bendice la escala de valores que usamos corrientemente en dónde el triunfo, el honor, el poder o el tener da licencia para ponernos sobre los demás y no a su servicio. El himno a Cristo en la carta a los filipenses nos dice que precisamente Jesús su humilló, llegando hasta la muerte y muerte de cruz (Fil 2:7). El fariseo no buscaba propiamente la justificación en su oración, porque no sentía necesidad de ella.

___
1 En la liturgia de la Iglesia Católica Ortodoxa (separada de la latina en el siglo X) está prohibido arrodillarse los domingos y durante el tiempo pascual.
2 Algunos Biblias traducen por perdonado, aceptado por Dios, en gracia,
3 En frase atribuida a Pitágoras: “El comienzo es la mitad del todo”.