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Apuntes del Evangelio

  •   Domingo Marzo 06 de 2016
  •   Apuntes del Evangelio
  •    Luis Javier Palacio Palacio, S.J.

La parábola de hoy ha recibido diversos títulos, según dónde se ponga el énfasis en ella: “hijo pródigo” (enfatizando al descarriado), “padre misericordioso” (enfatizando la imagen amorosa del padre), “dos hermanos” (enfatizando la reacción variada frente al perdón). La parábola describe con magnífica sencillez cómo es el amor de Dios, tan bueno, tan indulgente, tan lleno de misericordia, tan rebosante. Se alegra del regreso del pródigo como el padre que organiza un festín. Sin embargo, así se describe solamente el contenido de la primera parte. La parábola tiene dos puntos culminantes: describe no sólo el regreso del hijo menor, sino también la protesta del hijo mayor, y esta división en dos partes queda subrayada porque cada una de las partes concluye con la misma expresión: «estaba muerto y ha vuelto a la vida; estaba perdido y ha sido hallado». Puesto que la primera parece completa, la segunda parecería superflua. Pero no es así, pues completa bien la imagen que este modo de proceder de Dios produce en diferentes personas. Es la contraposición de los dos hijos, como a menudo aparece en el Antiguo Testamento. La fraternidad biológica no es garantía de entendimiento. ¿Por qué añade Jesús esta segunda parte? La respuesta sería por la situación concreta. La parábola es dicha a hombres que se parecían al hermano mayor, es decir, a hombres que se escandalizan del evangelio y de que Jesús fuera amigo de publicanos y pecadores. Había que llegarles a la conciencia. A ellos les dice Jesús: Así de grande es el amor de Dios para con sus hijos perdidos y ustedes enfurecidos, melancólicos, sin piedad ni misericordia. «Sed misericordiosos, como misericordioso es vuestro Padre» (Lc 6:36) es el mandato supremo de Jesús en el evangelio de Lucas. Los muertos de espíritu resucitan; los que andaban perdidos encuentran el hogar; ¡alégrense conmigo! Si lo que busca revelar Jesús es la primera parte del comportamiento de Dios, lo que viene al caso es la segunda parte o insensibilidad (escudándose en su religiosidad) de los oyentes. Así, la parábola más que una proclamación de la Buena Nueva a los pobres o excluidos, es una justificación de la Buena Nueva frente a los que la critican. La justificación de Jesús es que el amor de Dios es ilimitado. Los oyentes de Jesús están en la situación del hijo mayor, que tiene que decidirse, si quiere atender la invitación del padre y alegrarse con él. La pregunta de lo, fariseos y escribas (¿por qué Jesús acepta comer con pecadores?) no es una expresión de asombro sino una acusación. Jesús es un hombre impío y con ello una invitación a sus seguidores a separarse de él. Los detalles de la parábola (la más extensa en los evangelios y de mejor manufactura literaria) son bastante profundos. El joven no solamente pierde sus bienes sino su sentido de dignidad humana y religiosa. Cuidar cerdos era profesión abominable para un judío, ya que eran tenidos por impuros, lo hacía a él mismo impuro y lo obligaba prácticamente a renunciar a su ser judío y a su religión. Se halla en una tierra gentil, en la que no existe el reposo sabático, no hay comidas rituales, no se observan leyes de pureza. Ni siquiera la subsistencia se le garantizaba pues nadie le daba así fuera la comida de los cerdos. Apartado de Dios —la imagen de Dios revela la imagen del hombre y viceversa— no recibe ni siquiera la compasión de los demás. Pero por acá empieza su proceso de conversión. «Recapacita en su interior» y por razones prácticas cae en cuenta que trabajadores de menor rango en casa de su padre tienen comida abundante, mientras que él tiene que pasar un hambre terrible. Por eso desea volver a casa, para su propio beneficio material. Pero es el comienzo de lo inesperado, de la sorpresa, pues también se cuela el sentido trascendente de su falta: «Padre, pequé contra el cielo y contra ti» . Buscando satisfacer su ego (aparente libertad), ha terminado malhiriéndolo. Ahora ni siquiera se siente hijo . Si al comienzo lo empujaba el hambre, en la reflexión aparece luego la mala conciencia. Se dan tres estadios de ésta: a) reconoce su responsabilidad en el mal uso de su libertad; b) reconoce la filiación deshonrada (no merezco llamarme hijo); c) petición de un puesto de trabajo. Su ligereza (pecado) le ha proporcionado su propio castigo. No echa la culpa a otros. Por el lado del padre también se da un proceso, pero no de arrepentimiento por haber dado largas a su hijo sino de conversión a un amor mayor. Lo ve desde lejos y corre a él, no para reclamarle sino para abrazarlo y besarlo, no lo deja caer de hinojos, ni siquiera narrar sus descarríos. Corre a su encuentro, cosa nada corriente e indigna para un adulto oriental. No pide cuentas, no pone condiciones, no fija período alguno de prueba. No pronuncia palabras de perdón sino que lo expresa con gestos. Le devuelve contra toda esperanza su filiación, mediante una orden dada, no al hijo, sino a los criados. El padre interrumpe la confesión del hijo y sella su acogida con la orden a los criados de ofrecer al recién llegado vestido, un anillo y calzado y de preparar un festín en su honor (todo ello símbolos muy importantes en las costumbres de la época: el vestido de honor le corresponde al primogénito de la casa, el anillo es signo de poder, y el calzado distingue a la persona libre frente al esclavo).

El relato del hijo mayor tiene su exposición y crisis, así como un diálogo con final abierto. Estaba lejos en el campo y se extraña de la fiesta. Aquí también el padre sale en busca del hijo mayor para invitarlo. La declaración del hijo es antitética con la de su hermano menor. Mientras que éste se disculpa, el mayor se queja al padre enumerándole su buen proceder y obediencia. Contrasta que nunca ha recibido un cabrito (en lugar del «ternero cebado») y se refiere despectivamente o con sarcasmo a su hermano: «Ese hijo tuyo» que se ha gastado la fortuna del padre con prostitutas, cosa que no ha dicha el texto anteriormente, parece ser una sospecha malintencionada del hijo mayor. El padre no entra en ese debate de méritos sino que reafirma el valor del hijo mayor juntamente con el menor, invitándolo a alegrarse con el retorno. Como en las parábolas de la oveja perdida y de la dracma, la alegría del encuentro ha de ser compartida. No solo amerita celebrar una fiesta extraordinaria, sino que ha de ser compartida. El padre deja abierta a todos, la participación en la fiesta. El caso del hijo pródigo muestra lo que es la conversión y su posible proceso. El caso del hermano mayor muestra la seguridad y mérito como si no se pudiera mejorar siempre; reclama basado en las obras del justo que precisamente han de estar el servicio del caído. Pero el amor del padre no sigue este razonamiento, que era el común en el judaísmo: Yahvéh premia al justo y castiga al pecador. Se dice que en la diáspora vivían cuatro millones de judíos, mientras que en la patria, en Palestina, medio millón. Así que lo narrado podía ser entendido fácilmente por los oyentes y habría muchos casos similares.