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Apuntes del Evangelio

  •   Domingo Marzo 07 de 2016
  •   Apuntes del Evangelio
  •    Luis Javier Palacio Palacio, S.J.

De Jesús solamente tenemos escenas sueltas que no dan para armar una biografía. Pero no es necesario armarla, pues los evangelios son teología o historia teologizada y no historia a secas. Según el relato de Juan, después de dos días en Sicar, parte Jesús a Galilea; la región que según Marcos, fue la que menos acogida le dio a Jesús y donde sin embargo tiene su mayor actividad y será lugar de la experiencia pascual. Ya la expresión sobre los profetas no reconocidos en su tierra, que Marcos ubica en Nazaret, augura dificultades. Juan extiende ese juicio negativo a toda Galilea, como encuadre de todo el ministerio allí realizado. También en Lucas y Mateo hay estos juicios en estilo de lamentaciones. En el evangelio de Juan lo que interesa en Galilea es lo que ha hecho en Jerusalén durante la fiesta de Pascua (la purificación del Templo principalmente). Juan marca a Caná de Galilea (a unos trece kilómetros al norte de Nazaret) como el lugar de la fiesta matrimonial en dónde hizo del agua vino y la patria de Natanael. Allí llega el «funcionario de la corte» a pedir la curación de su hijo, relato que presenta notables semejanzas con el del centurión de Cafarnaúm narrado por Mateo y Lucas. La notas comunes son: el enfermo se encuentra en Cafarnaúm; en ambos casos el hombre que se dirige a Jesús está al servicio del señor del territorio, del rey Herodes Antipas, sólo que en un caso se le designa como «centurión», mientras que aquí se le califica de un modo general como «funcionario» o como un hombre que se encuentra al servicio del rey , como empleado del mismo. En uno y otro caso el enfermo es especialmente cercano al centurión: una vez se trata de un criado y, otra, de un hijo. En ambos relatos se alude a una enfermedad grave, de la que se teme un desenlace fatal. La iniciativa parte siempre del hombre notable. Finalmente, en una y otra historia, el centro teológico del acontecimiento es la fe de quien busca a Jesús, aunque con diversos acentos. En Mateo, Jesús exalta la fe del centurión: «Os lo aseguro: en Israel, en nadie encontré tanta fe»; el centurión (tenido por pecador público por los judíos) es ya un hombre que tiene fe. En Juan, primero hay una crítica de Jesús a la fe taumatúrgica: «Si no veis señales y prodigios, no creéis», a la cual responde el funcionario con nueva insistencia «¡Señor, baja antes de que mi niño muera!» En el evangelio de Juan los hechos “especiales” de Jesús son llamados siempre signos y es la fe la que permite leerlos adecuadamente. Por eso a menudo se presentan los equívocos. Una explicación meramente causal en cualquier sentido es incompleta: el signo produce la fe o la fe produce el signo. Se dan en una relación recíproca de crecimiento explicativo. Algo similar sucede con la evolutiva lectura que se hace del maná en el desierto, desde «pan insípido», pasando por «torta aplastada con miel» hasta «pan de los ángeles». En Juan concluye en el «pan de vida». En Juan la narración de esta curación está condensada con un propósito didáctico. El final, como en las moralejas de las fábulas, marca la intención de la narración: «Creyó él y toda su familia.» Lógicamente ya desde que fue en busca de Jesús había creído, pero no debió hacerlo con igual sentido que al final. La fe en Jesús es un proceso siempre inacabado porque no es asentir a una serie de proposiciones teológicas. La fe implica ser capaz de ver lo que nos sucede con los ojos de Jesús y esto ni se da ni se puede dar en un instante, aunque como el fuego requiera de una chispa de ignición. Quizás una buena muestra de lo anterior es que Juan alarga el camino de regreso del funcionario. Una distancia que se recorre en unas horas, entre Caná y Cafarnaún , se alarga a un día. Igualmente se enfatiza la gravedad de la enfermedad del niño «estaba ya para morir» lo que magnifica el efecto final de conversión de toda la casa (familia). El término usado para casa (OIKOS) incluye esclavos, esclavas, parientes, servidumbre. Si en última instancia el funcionario creyó por lo que sucedió a su hijo, tenía aún pendiente asimilar la sentencia de Jesús: «Si no veis señales y prodigios no creéis». Es decir, superar una fe milagrera que tan fácil como se enciende igualmente se apaga. También la muerte de su hijo pudo haber sido un signo importante para madurar la fe. Tal es la experiencia en la visita de pésame que hace Jesús a Marta en el mismo evangelio de Juan. Va del lamento de Marta: «Si hubieras estado aquí, mi hermano no habría muerto» hasta su profesión de fe: «Sí, Señor, yo creo que tú eres el Mesías, el que tenía que venir al mundo» pasando por una mejor comprensión de lo que significa la resurrección: «Yo soy la resurrección y la vida; el que cree en mí, aunque muera, vivirá». Lázaro es el gozne sobre el que gira la superación del concepto “biológico” de la muerte y la resurrección; una formulación ya bastante elaborada de la experiencia pascual, lejana de la reanimación de un cadáver. La fe no es directamente proporcional a la grandeza y vigorosidad del relato de curación. La “chispa” puede ser un mero fogonazo que rápidamente se extinga; lo sutil y silencioso como la levadura en la masa, o el grano de trigo que crece solo, puede producir mayor fruto. El mismo evangelio de Juan, en la escena sobre Tomás y los demás discípulos anota: «¡Bienaventurados los que no vieron y creyeron!» La primitiva catequesis cristiana tuvo que competir con muchos otros relatos religiosos en los que los milagros eran abundantes, situación que no difiere mucho de la que tenemos hoy con curanderos, adivinos, brujos y sectas exaltadas, y que afortunadamente la crítica y la exégesis bíblica han depurado, encontrando un sentido aún más profundo en los relatos. La ciencia ha triunfado en muchos aspectos desconocidos para los textos bíblicos. Enfrentar las Escrituras con la ciencia hoy sería tan equivocado como enfrentar los milagros de Jesús a los de Esculapio, Zeus o cualquier personaje de entonces. Pero esto no deja a la fe sin espacio, por el contrario le abre espacios nuevos aún inexplorados.

En célebre frase de Luis Pasteur: «La poca ciencia acerca a Dios, la mucha también». La mediocridad es tan problemática en las ciencias como en la exégesis, que termina luchando con molinos de viento. «Tu hijo vive» en boca de Jesús, repetida igual frase por los criados y luego como señal de la hora del encuentro con Jesús (tres veces en el relato) es una confirmación del evangelio de Juan como evangelio de la vida, pero una vida que trasciende la biológica. Una fe milagrera, que arrebate al hombre su responsabilidad o le evite las decisiones difíciles, no sólo sería una fe poco bíblica y sicológicamente falsa. Daña por igual al Dios bíblico y la responsabilidad y libertad humanas.