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Apuntes del Evangelio

  •   Domingo Marzo 10 de 2016
  •   Apuntes del Evangelio
  •    Luis Javier Palacio Palacio, S.J.

Lo que identifica los cuatro sustantivos del título es la palabra como elemento común. El Yahvéh de los judíos, el Dios como idea universal, Jesús con sus enseñanzas y el hombre con sus preguntas se encuentran, entienden, desentienden obedecen y desobedecen la palabra. En el evangelio de Juan todo empieza con la palabra que se encarna en un momento pero que estaba desde el principio e ilumina a todo hombre. No hay característica más noble del hombre que la palabra y es en donde Dios se revela en las Escrituras. Incluso el trueno (qol en hebreo) es entendido no como amenaza de la naturaleza sino como voz (qōl) de Dios, el orar y pensar como un diálogo consigo mismo (palabra interior), en el relato del Génesis crea Yahvéh con la palabra; se crea un pueblo con las palabras de la alianza (decálogo = diez palabras); guía al pueblo con las palabras de los profetas; la palabra se vuelve escritos (probablemente en la época de Salomón); en el Horeb se revela Yahvéh a Elías en el susurro de la palabra y no en la tempestad o el terremoto; las palabras de juicio de los profetas son exhortaciones a la conversión para que el juicio no se cumpla; Jesús se vuelve palabra viva y en sus enseñanzas no utiliza la expresión «palabra de Dios», para volver a la raíz misma de la palabra como hecho, como cosa; en cambio acude al «yo os digo» como substitución o actualización de la ley (Torah); serán los Hechos de los Apóstoles los que hagan de «palabra de Dios» un sinónimo de predicación apostólica; a las palabras de Jesús siguen las curaciones; «basta una palabra tuya para que mi criado se cure» (Mt 8:8) dice el centurión; las palabras en la cruz y la cruz misma permiten intuir el sentido del lenguaje figurado que usa Jesús en su vida pública. Pero mientras para el judaísmo la multifacética palabra de Yahvéh permanecía tal cual sin que pudiera modificarse una iota, en el cristianismo la palabra de Jesús nos llega por testigos, por medios humanos, con lo que la misma palabra queda desmitologizada. En el evangelio de Juan quien da testimonio es el Bautista y no hay voz del cielo como en los sinópticos y lo atestigua como Hijo y cordero de Dios. Un discurso procedente directamente del cielo fracasa por la incapacidad de los oyentes por lo cual Dios se revela por los enviados humanos: Bautista, palabra encarnada (Jesús) y testigos de Cristo guiados por el Espíritu (discípulos). El mensaje sigue siendo divino pero la palabra es humana. En la vocación de Pablo resulta claro por el contenido de la voz que oye, que ésta es la de Cristo; y así todo el Nuevo Testamento nos invita a hacer la experiencia de Dios que se vuelve Palabra de Dios cuando se la discierne y puede motivar en otros hacer también la experiencia de Dios en sus vidas. Así, la palabra es final de una experiencia de Dios (tanto en el Antiguo como en el Nuevo Testamento) y comienzo de una nueva experiencia. El ciclo se perpetúa mientras haya evangelización. En la parábola del sembrador aparece la serie de identidades: Reino de Dios = Semilla = Palabra de Dios = Acción creadora de Dios = Dios Creador, con lo que volvemos al comienzo, a un Dios que lucha sin descanso para crear seres humanos parecidos a Jesús. La adhesión al reino de Dios o familia de Jesús estriba igualmente en la palabra, pues: «Mi madre y mis hermanos son aquellos que oyen la Palabra de Dios y la cumplen» (Lc 8:21). Una palabra que no se circunscribe a la oral o escrita sino incluso a la impronunciable. Así dice Pablo: «El mismo Espíritu aboga por nosotros con gemidos inefables» (Rm 8:26). El Vaticano II reconoce como Dios habla en la conciencia de todos, incluso de los no creyentes. Para los creyentes, Jesús como palabra es la que debe resonar en sus conciencias. El evangelio de hoy entra en el debate judío sobre la validez de las palabras de Jesús, según sus costumbres y derecho. «Tú das testimonio sobre ti mismo; tu testimonio no es válido» lo cual apunta a que en el propio testimonio puede haber intereses personales, como a menudo sucede con la falsedad en las palabras. Juan conoce estas costumbres y derecho pero no apela a ellos. Lo que hace Jesús está testificado por el Padre que de alguna manera los judíos hubieran podido conocer en lo mejor de sus tradiciones y Escrituras. Pero también el testimonio humano del Bautista cuenta, siendo un personaje tan querido para los judíos. Jesús, sin embargo, no lo considera indispensable, aunque sirve «para que seáis salvos», como testigo de la luz, aunque sólo la precediera. Pero el Bautista fue un fenómeno momentáneo, que no llegó a calar en el pueblo, solamente en unos pocos. Hay un testigo superior al del Bautista que son las obras del Padre . La afirmación de Nicodemo es bastante clara al respecto: «Nadie puede hacer las señales que tú haces, si Dios no está con él» (Jn 3:2).

Hay igualmente una crítica del uso de las Escrituras por parte de los judíos. Les reprocha no haber descubierto el rostro de Dios (no era visible) ni percibido su voz (aunque muchos intentos habían hecho) ni logrado que la palabra estuviera «residiendo en vosotros» de modo permanente. Es una especie de inventario de las relaciones de Dios con el pueblo judío, con base en la Escrituras, con un balance final más bien desalentador. Mientras que para Jesús (y seguramente la comunidad de Juan) un adecuado estudio de las Escrituras mostraría que la llegada de Jesús no reñía con ellas, e incluso que les daba perfecto cumplimiento (aunque de forma novedosa) para los judíos Jesús era un quebrantador de las Escrituras. Pero el balance lo pueden hacer los judíos mismos si se atienen a Moisés. Evidentemente la comunidad cristiana estaba en una difícil encrucijada con los judíos entre mostrar al cristianismo en concordancia con el judaísmo o romper con el judaísmo y la sinagoga . Para un judío era honor supremo investigar las Escrituras. Mateo es el evangelista que más busca armonizar el cristianismo con el Antiguo Testamento y el judaísmo. Pero las continuidades son tan claras como las discontinuidades. Pablo iguala a las dos comunidades como quien parte de cero, pues la salvación viene por gracia y no por fidelidad a la tradición judía. «Porque acerca de Jesús escribió Moisés», es la interpretación cristiana de las Escrituras hebreas. Hoy exige muchas matizaciones, sobre todo porque Pablo nos muestra otra posibilidad más ecuménica (y evangélica) de re-lectura del Antiguo Testamento: todos estamos llamados a la salvación.