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Apuntes del Evangelio

  •   Domingo Marzo 11 de 2016
  •   Apuntes del Evangelio
  •    Luis Javier Palacio Palacio, S.J.

Sin tener un pensamiento tan refinado como el de los griegos, los judíos tenían preocupación por el origen (génesis) y lo resolvieron con los relatos del primer libro de la Torah. Allí describen, en cuatro ciclos a) la creación y origen de la humanidad; b) el relato de Abrahán; c) el relato de Jacob (Israel); d) el relato de José. Allí está la base para todo el posterior desarrollo de la Biblia hebrea. Para los judíos el Génesis era de origen divino y dado a Moisés en el Sinaí . Esto hace crisis en la exégesis judía hacia el siglo XVII e igualmente en la cristiana. El Génesis es una historia de Israel, filtrada a través del lento de autores israelitas hacia el siglo X antes de Cristo. De ahí que al presentar en algunos evangelios, especialmente en Mateo, un Jesús aceptable para los judíos, lo hagan con la óptica de que responde a la historia del pueblo judío. El evangelio de Juan lo presenta mejor en contraste con el judaísmo, pues los contradictores de Jesús, que en otros evangelios son los fariseos y maestros de la ley, en Juan son los judíos. Usa, sin embargo, la palabra Israel para referirse positivamente a quienes son abiertos de corazón al mensaje evangélico entre el pueblo judío. Incluso en la entrada a Jerusalén, para la fiesta de Sukoth (tiendas, palmas) la gente: «Tomaron ramos de palmeras y salieron a su encuentro gritando: ¡Hosanna! Bendito el que viene en nombre del Señor, y el Rey de Israel» (Jn 12:13) a lo que replica Pilatos con el letrero en la cruz: «Jesús de Nazaret, Rey de los judíos» (Jn 12:13). La confrontación de Jesús con los judíos se da por contraponer el pan de vida al maná de Moisés, comer su carne y beber su sangre (algo abominable para los judíos), adorar en espíritu y en verdad (contrario al Templo), su origen de Galilea (Nazaret) frente al origen desconocido del Mesías, el amor como mandamiento frente a las 613 prescripciones judías, el papel de Andrés frente al de Pedro (más judaizante) en los sinópticos, el discípulo ideal como el “discípulo amado” que renace del agua y del espíritu, la muerte de Jesús como entrega voluntaria frente a una “traición” de Judas, su actividad centrada en Jerusalén frente a la Galilea de los sinópticos y en fin, la universalidad de Jesús en contraste con el nacionalismo de Jerusalén y los judíos . A Jesús lo quieren matar en Judea por varias razones insinuadas en el evangelio: por la purificación del atrio del Templo, por curar en sábado, por resucitar a Lázaro. Por eso aparece un breve refugio en Galilea, en donde sus mismos hermanos que «no creían en él» (Jn 7:5) lo animan a ir a Jerusalén para la fiesta. Aunque el término es genérico, parece lo más probable que es la fiesta de las tiendas (Sukoth) hacia el otoño y muere ciertamente en la fiesta de Pascua en primavera. Así, Jesús estaría en Jerusalén alrededor de unos seis meses, lo que litúrgicamente se reduce a siete días en Semana Santa. Las disputas que los sinópticos presentan en Galilea y en el camino, Juan las agrupa básicamente en Jerusalén, en su Templo, y en los alrededores como Betania. La gente se extraña de que queriéndolo matar, enseña abiertamente en el Templo (su atrio). Llegan a creer que los dirigentes como letrados, rabinos, fariseos y sumos sacerdotes hayan venido a convencerse de que Jesús fuese en verdad el Mesías. La duda era que de Jesús sabían de dónde venía, es decir de Nazaret, y el Mesías no tendría origen conocido. Aquí juega la imagen del Antiguo Testamento de personajes como Melquisedec, sin origen ni genealogía conocida. En Mateo y Lucas, el origen había sido resuelto acudiendo al midrash de la anunciación y la concepción virginal. Pero indudablemente estos relatos cuentan para los creyentes y no para los judíos aunque las genealogías complementarias acudan al linaje de Abrahán (en Mateo) o de Adán (en Lucas), pero ninguna de las dos concluye en Jesús sino en José (Mateo) o arranca de José (Lucas). La filiación divina se refuerza en lo sinópticos en el bautismo pero en Juan es Hijo del Padre a lo largo de todo el evangelio sin que se preocupe de linajes ni geografías. Así, Jesús no acude a ningún pergamino judío, ni a la patria chica de David que era Belén, sino que grita o exclama: «Yo no he venido de mí mismo, pero el que me ha enviado es veraz, aunque vosotros no le conocéis. Yo le conozco, porque procedo de El, y El me ha enviado». Esta concepción de Dios como Padre de Jesús, igual que los creyentes como hijos recorre todo el evangelio de Juan. Mesías no significaba propiamente enviado (apóstol) sino “ungido”. Pablo, para los gentiles evita la palabra Mesías por su carga judía poco significativa y aún equívoca, y utiliza Kyrios (Señor). El valor de Jesús en el evangelio de Juan no se debe pues a que venga de la casa de David, como tampoco en Pablo para quien viene de la casa de David «según la carne» pero dicho conocimiento no nos aprovecha para la salvación, ni en el caso de Jesús ni en de los creyentes: «De manera que desde ahora a nadie conocemos según la carne; y aun a Cristo, si le conocimos según la carne, pero ahora ya no así» (2 Co 5:16). También en los sinópticos conocer el pueblo de Jesús, su madre, sus hermanos y sus hermanas es más bien un obstáculo que una ayuda para creer en él; no es profeta en su propia tierra. En el cenáculo Jesús resume para sus discípulos su vida pública como una escena de una obra más larga y duradera: «Salí del Padre y vine al mundo; nuevamente dejo el mundo, y voy al Padre» (Jn 16:28). Esta salida es lo que rigurosamente se llama éx-tasis y de alguna manera también resume la vida del creyente como una salida hacia los demás por la cual vuelve al Padre que da la vida eterna; es la trascendencia entendida no como elevarse sobre sí mismo sino como salir de sí mismo. En cierta forma, en el evangelio de Juan está Jesús siempre con el Padre, pertenece al mundo de Dios, ama como ama el Padre, nunca lo abandona la gloria que se manifiesta de forma especial en la cruz. En el resumen abreviado de todo el evangelio de Juan que es el prólogo, ya se nos ha dicho que la palabra estaba en el comienzo de la creación, que se encarnó para darnos el poder de ser llamados también hijos de Dios, no nacidos de voluntad carnal, que del judaísmo (Moisés) no recibimos más que la ley pero la gracia y la verdad de Jesucristo. Lo que los judíos esperaban del Mesías, determinadas acciones y señales, no fueron desde luego operadas por Jesús; sus signos eran de otra índole. El origen de Jesús, como clave griega o judía para comprenderlo adecuadamente, quedó desvalorizado, pues su origen no era biológico, ni geográfico, ni judío, ni gentil. Su origen estaba en la fe o la confianza misma que Jesús tenía en el Padre y que ponía al alcance de los creyentes. Al pie de la cruz en el genérico “mujer” para María, y el genérico “discípulo amado” se perfilaba un origen superior para el creyente. El origen mismo de Jesús, primogénito de muchos hermanos, nuestro origen.