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Apuntes del Evangelio

  •   Domingo Marzo 12 de 2016
  •   Apuntes del Evangelio
  •    Luis Javier Palacio Palacio, S.J.

En general, desde que Platón formuló su mayéutica, que establecía el conocer como recordar, nos toca acudir a lo ya conocido para definir lo desconocido. Igual pasa a los oyentes de Jesús que buscan definirlo con base en Elías, Jeremías, Juan el Bautista, Mesías o alguno de los profetas. El defecto de este modelo de conocimiento es que lo novedoso, lo inaudito no es suficientemente respetado. Del Mesías en realidad había muchas visiones distintas, según apreciaran la historia pasada de Israel: como un restaurador del culto en el Templo (un Mesías levítico); como un restaurador del Estado de Israel (un Mesías davídico); como un gran líder (un Mesías daniélico, por el libro de Daniel, o hijo del hombre); como fidelidad a la Torah judía (un Mesías jurídico o fariseo) y algunas otras imágenes secundarias. Por ejemplo, en la Pascua se esperaba el retorno de Elías para que les aclarara la interpretación de las Escrituras. Era como un Mesías maestro de la ley. De ahí que mientras para unos el Mesías aparecería en el alero del Templo, sin saberse su origen (como Melquisedec) para otros tenía que venir de Belén o tierra de David. Para los que esperaban el hijo del hombre vendría como un nuevo Judas Macabeo para liberarlos de los romanos. En ninguna de las imágenes entraba que el Mesías llegara por concepción virginal, que será una de las novedades cristianas en Mateo y Lucas. Cuando los cristianos llamamos a Jesús el Mesías, le damos un sentido muy diferente a todas estas concepciones judías. El apóstol Pablo prefiere, en la predicación a los gentiles, no usar el término Mesías para no dar ocasión a reacciones adversas o a mal entendidos. En el evangelio de Juan se evitan todos esos debates, por ser muy propios de los judíos y se presenta un Jesús bastante novedoso y en contraste con esas expectativas. Cuando Jesús hace la afirmación: «Yo soy el pan de vida» (Jn 6:35) lo hace para contrastar el maná comido en el desierto (idealización de Moisés). Jesús no era el nuevo Moisés sino el contraste de Moisés pues daba vida eterna y no vida biológica y perecedera. El agua de la roca en el episodio de Moisés para calmar la sed del pueblo, es el agua como manantial que salta a la vida eterna del diálogo de Jesús con la samaritana. Aquí no se necesita roca, ni cubo, ni poleas, ni pozo de Jacob: «El que beba del agua que yo le diere no tendrá jamás sed» (Jn 4:14). Igualmente puede pensarse en “comer mi carne” como las perdices que comieron en el desierto. La designación de Jesús como profeta aparece como un intento por incorporarlo a unas categorías conocidas pero que en definitiva no cumplen su cometido. La singularidad de Jesús no entra en ninguna de las categorías habituales, como se pone claramente de manifiesto en esta discusión. Juan evita —no resuelve— el debate con los judíos. Son los oyentes del mensaje quienes han de juzgar cómo se encuentran frente a Jesús y por quién quieren tenerle, decidiendo si lo aceptan o no. La paradoja frente a los judíos es que es perfectamente posible considerar a Jesús como el profeta, el Mesías e incluso como el Hijo de Dios sin creer realmente en él; en cambio, se puede creer en Jesús sin atribuirle esos títulos. Todos los títulos —a Jesús se le dan más de cien en el Nuevo Testamento—son, en definitiva, simples tentativas de aproximación al misterio que representa la persona de Jesús. En los mismos sinópticos aparece la pregunta que todo creyente ha de responder: ¿Tú, quien dices que soy yo? Las objeciones, como las que aducen los judíos, se derivan en buena parte de la dogmática mesiánica del judaísmo o de la controversia judeo-cristiana, que luego se trasladará a los concilios . Una de las objeciones corrientes al mesianismo de Jesús se basaba en su origen galiláico, más concretamente en el oscuro Nazaret («¿Es que de Nazaret puede salir algo bueno?»). Sin embargo en Galilea surgieron los centros más importantes del movimiento libertario mesiánico-zelota y de allí salieron una y otra vez personajes con pretensiones mesiánicas. Galilea fue golpeada por el poder romano más que Judea, pues era más reacia a la dominación. Posiblemente el fracaso de la guerra judía fue para los rabinos farisaicos un motivo más de su profunda desconfianza frente a los candidatos mesiánicos de Galilea. Para el Mesías davídico se esperaba que fuera de su linaje o descendencia y que naciera en Belén; para esto aplicaban lo dicho por Miqueas: «Pero tú, Belén de Efratá, pequeño entre los clanes de Judá, de ti me saldrá quien señoreará en Israel». En contraste con esto, el evangelio de Juan no supone ni el nacimiento de Jesús en Belén ni su origen davídico. Su legitimidad no hay que demostrarla por los criterios de las expectativas mesiánicas del judaísmo. No se puede negar que debió ser un tema de discusión con los judíos y entre los cristianos mismos. Existe una diferencia entre Mateo y Lucas, de una parte, y Juan y Marcos, de otra, porque en concreto Marcos tampoco dice nada de un nacimiento de Jesús en Belén.

El resultado de la discusión es que entre la multitud del pueblo se llega a una escisión, a una división por causa de Jesús que llega hasta a los sumos sacerdotes, a los fariseos y al pueblo. Después de Pascua el problema se agrava porque a los signos mesiánicos a menudo confusos y hasta contradictorios del judaísmo, se añade el escándalo de la muerte en cruz. La fe en Jesús era y es una confesión, que jamás resulta evidente ni frente al judaísmo ni frente a un mero razonamiento mental. Habiendo surgido la Iglesia primitiva dentro del judaísmo y como una secta judía, no encontraba acomodo en sus categorías. La independización se hacía inevitable y así se dio, empezando por la expulsión de la sinagoga. Las enseñanzas de Jesús habían tenido, a pesar de todo, impacto. El testimonio de los criados o alguaciles a los sumos sacerdotes es claro: «Jamás hombre alguno habló como habla éste». En el evangelio de Juan se enfatiza la “palabra” (logos, verbo) desde el prólogo mismo cuando es la palabra la que se encarna. Jesús no dispones de ningún otro poder, y por eso mismo no forma parte de los candidatos mesiánicos zelotas, que actuaban con medios violentos y terroristas y que acabaron declarando la guerra a Roma en la guerra de los judíos, con su fin emblemático en Masada. A Jesús se le incrimina por sus signos, acciones y palabras pero nunca encontramos incriminación de que hubiera practicado la violencia. Pero los alguaciles pudieron dejarse embaucar por Jesús, a quien veían como peligro. Ningún miembro del consejo cree en Jesús y de hecho el primer creyente de peso del que tenemos noticia es Pablo, con todos sus pergaminos del judaísmo farisaico. La Torah (ley) no terminó llevándolos a Jesús sino alejándolos de él.