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Apuntes del Evangelio

  •   Domingo Marzo 15 de 2016
  •   Apuntes del Evangelio
  •    Luis Javier Palacio Palacio, S.J.

Yahvéh, para el judaísmo era alguien revelado, especialmente en la Torah (ley) pero a la vez el aún desconocido, que se revelaba inesperadamente en los profetas (Torah viva) y en los impredecibles acontecimientos de la historia. En el cristianismo, estos dos aspectos tienen aún un mayor realce. Cuando se codifica a Dios en dogmas o cánones, se ponen parámetros a lo revelado, pero no se agota la revelación. En Jesús se revela la plenitud del ser humano; pero a la vez, en su muerte, entrega el Espíritu que «os guiará a la verdad plena» (Jn 16:13); es decir, que la verdad, perteneciendo a la historia también la trasciende o se escapa a ella. Es común a muchas filosofías, teologías y espiritualidades, definir a Dios como el que es siempre mayor . El evangelio de hoy nos presenta lo que los discípulos saben de Jesús y esperan que vaya a suceder, en contraste con lo que Jesús dice, que les suena misterioso. Como en todo el evangelio de Juan, hay muchos equívocos. La expresión «irse», partir, es equívoca, pues señala tanto la muerte de Jesús, su ausencia completa del mundo, pero a la vez la vuelta al Padre. Buscarlo, en los términos actuales será infructuoso, como sucede en los relatos de la resurrección, pues es el mismo (resurrección de la carne con las heridas de la pasión) pero diferentes (atraviesa paredes, se esfuma) aunque tampoco es un fantasma. La aseveración: «Moriréis en vuestro pecado», no se refiere a los hechos puntuales pecaminosos sino al pecado en Juan que es la incredulidad que ya de hecho condena a una vida sin sentido. Es común en Juan que la muerte y la vida estén asociados a la incredulidad la primera y al amor la segunda, así como en Pablo se unen al pecado y la gracia; pero igualmente que el oyente piense en la vida biológica. «A donde yo voy no podéis venir vosotros» tiene la ambigüedad de la muerte física en la cruz y la casa de mi Padre a donde quiere verlos a todos reunidos. Pero para la incredulidad no hay consumación alguna de la comunión con Jesús, como la que se da ciertamente para los que creen. Los oyentes, pensando en un plano meramente biológico conjeturan que Jesús puede tener deseos suicidas. La respuesta de Jesús es un contraste entre abajo y arriba pues «Vosotros sois de aquí abajo; yo soy de allá arriba. Vosotros sois de este mundo, yo no soy de este mundo», pero precisamente los de abajo, de este mundo, son los llamados a llegar arriba, a no ser de este mundo, como lo confirma la larga despedida de Jesús en el mismo evangelio: «No pido que los tomes del mundo, sino que los guardes del mal» (Jn 17:15). En última instancia, para quienes tuvieran una captación de la divinidad más reflexiva y pensante, lo que tenían que aceptar era el «yo soy» realizado plenamente en Jesús; pero Jesús reconoce que aún en esta vida sería incompleta la idea sin su ascensión a la cruz. En ella se manifestaría más plenamente el «yo soy» , que para los discípulos implicaba ya ciertas pistas de su contenido: yo soy la luz, yo soy la verdad, yo soy el camino, yo soy el buen pastor, yo soy la puerta, yo soy la vida. Para entender el «yo soy» típico del evangelio de Juan, se ha recurrido al nombre de YHVH en el Antiguo Testamento, que da origen a su nombre o tetragrámaton. Es la revelación a Moisés en el libro del Exodo en el monte Sinaí. Pero hoy esta exégesis es bastante debatida, pues la misma traducción va desde el “yo soy”, hasta el “yo seré”, pasando por el “so estoy siendo”. «Yo soy el que está ahí» es el pensamiento hebreo, está ahí con otros y para otros, porque Dios más que pre-existente es pro-existente. Pero aún más, porque en todo el episodio hay dos definiciones más de Yahvéh que apuntan a una traducción muy diferente, como es “yo soy la misericordia”. No se trata, por tanto, de designar a Dios como el ser absoluto , ni como el existente sin más; sino que la afirmación apunta a la proximidad y presencia auxiliadora de Dios en medio de su pueblo. Moisés debe confiar en la ayuda de Dios, mas no ha de pensar que puede disponer de Dios. Moisés quiebra las rígidas tablas de la ley y en la segunda revelación la definición de Yahvéh es: «Yo concedo mi gracia (hen) a quien quiero y tengo misericordia (rahamim) de quien quiero» (Ex 33:19). En una tercera revelación Dios desciende a una nube y grita: «El Señor, el Dios compasivo (rahum) y clemente (hannun), paciente, rico en bondad (hesed) y lealtad (hemet» (Ex 34,6). Es precisamente en ese sentido como debe entenderse la expresión de Juan «yo soy» como revelación de Jesús. La persona misma de Jesús es ahora el sitio de la presencia divina, el lugar en que el hombre puede encontrar a Dios en el mundo. En el discurso de despedida se muestra que la manera de encontrarlo es mediante el amor y que éste se da en al amor al hermano, como lo expresa en una de sus cartas: «Quien no ama a su hermano a quien ve, no puede amar a Dios, a quien no ve» (1 Jn 4:20). Quien escapa a esa proximidad salvadora, escapa igualmente a la verdadera vida y cae en la muerte. Con la alusión a la muerte, queda definitivamente claro dónde hay que buscar y encontrar, según Juan, el lugar de la presencia salvífica de Dios: en Cristo crucificado. Es la teología de Juan sobre la cruz, en la que se da simultáneamente la muerte, la resurrección, la glorificación o exaltación y la entrega del Espíritu. Que todo esto sea de difícil concepción o aceptación para los oyentes, queda claro con la pregunta que hacen a Jesús: «¿Quién eres tú?». A esta pregunta ya no hay propiamente una respuesta ulterior pues es tanto como la de los sinópticos: «Tú; ¿quién dices que soy yo?» que debe ir más allá de lo que dicen de Jesús, pues toca a quien responde en su vida misma. Jesús, como nuevo lugar de la presencia de Dios, en el que Dios sale al encuentro del hombre dándole la salvación y la vida, no es un problema que pueda resolverse con algún dato externo y complementario; aquí se trata de la fe o de la incredulidad, de la vida o de la muerte: «¿Para qué sigo hablando con vosotros?»; todo lo que tenía que decir sobre sí mismo ya lo ha dicho Jesús y lo avalará con su muerte. En el prólogo del evangelio de Juan el «yo soy» se había presentado como la Palabra que se hizo carne y puso su morada entre nosotros y estaba a disposición de todo hombre que viene a este mundo. Pero lo doloroso de la existencia humana es que prefiere las tinieblas a la luz. Si la cruz no disipa esas tinieblas para el hombre, no solamente no se conoce a Dios, como se reveló en Jesús, sino que desaparece también toda posibilidad de novedad en el contacto con Dios. Sin la pasión y muerte no hay tampoco novedad del Espíritu que nos guie a la verdad plena.