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Apuntes del Evangelio

  •   Domingo Marzo 16 de 2016
  •   Apuntes del Evangelio
  •    Luis Javier Palacio Palacio, S.J.

La frase bíblica «la verdad os hará libres» abre la imaginación y la esperanza de cualquier ser humano, pues junta dos ideales perennes como son la libertad y la verdad. Podríamos decir que la búsqueda de la verdad ha sido uno de los motores de la evolución de Occidente, pero simultáneamente la razón de muchos conflictos: entre religiones (judíos, musulmanes, “herejes”, sectas), con la ciencia (Galileo, Darwin, Marx, Freud), con los sistemas políticos (investiduras, galicanismo, ultramontanismo, democracia, modernismo, socialismo, liberalismo) y con ciertas ciencias modernas especialmente en el campo biológico (fecundación asistida, fecundación in vitro, madres subrogadas, clonación). «La verdad os hará libres» es sentencia proverbial que parece ya formar parte del mejor patrimonio de la humanidad. Pero ¿qué es lo que aquí significa esa frase? Y, sobre todo ¿cuál es aquí el concepto de «verdad»? Se trata aquí de aquella verdad que proporciona al hombre el sentido último acerca de sí mismo. Por esto se impone reflexionar sobre el concepto bíblico de verdad, que infortunadamente se confunde con lo que podríamos llamar el “concepto griego” de la verdad, que apuntan y se aplican a objetivos diferentes y necesitan complementarse. En la Biblia no existe propiamente concepto de verdad sino de “veracidad” (hemet en hebreo) y no significa verdad científica o teológica sino honestidad, sinceridad, lealtad e integridad. Referida a acciones las califica de rectas y justas. Es pues un concepto práctico y no lógico. La verdad de Yahvéh es que siempre es fiel y sus palabras confiables. La verdad es uno de sus 13 atributos y una de sus grandes virtudes, de manera que quien habla la verdad habita en el tabernáculo o en la montaña santa. En el cambiante mundo de la naturaleza y del hombre, la verdad es la que triunfará al final. Aarón se inclinaba a decir “mentiras piadosas” si con ello establecía o restablecía la paz. La Biblia no conoce pues el sentido de Hemet en sentido lógico, con el sentido de “verdad necesaria”, “verdad eterna”, “verdad revelada”, que desarrolló luego la filosofía y la teología, especialmente en la Edad Media. El hebreo, más vital que reflexivo, más práctico que especulativo, no entendía a Yahvéh como verdad a la manera griega, sino como absoluta fidelidad; como un Dios que dice lo que hace y hace lo que dice, aunque a veces no hace lo que dice, porque se conmueve con el ser humano (misericordia). El Dios judío es el Dios de la audición (de la palabra) y el Dios griego es Dios de la contemplación (theoria). El griego busca ver a Dios, el judío busca escuchar a Dios. La verdad es su fidelidad, lo que quiere decir que la verdad no es estática, que pertenece más al futuro que al presente; por eso el hebreo, y con él el cristiano, a diferencia del griego que dice de algo “que es”, dice "así sea", es decir, AMEN, así ha de ser, así será. Lo contrario de la verdad es para el hebreo la decepción; lo contrario de ella es para el griego la desilusión. Hoy, las redes sociales, la farándula, el face-book, los tweets y en general, las relaciones humanas personales y grupales están llenas de “verdades griegas” (de mostrar las cosas como son con descarnado realismo) llevando más a la destrucción que a la construcción de confianza y esperanza. Podemos decir que hoy la verdad nos ha hecho esclavos y desconfiados de los demás. Mientras en todas las ciencias de la naturaleza (física, química, matemáticas, biología) necesitamos saber cómo son las cosas (verdad griega), en las relaciones humanas necesitamos saber cómo las quiere Dios que sean (verdad judía). En frase de Máximo el Confesor: «El Antiguo Testamento es la sombra, el Nuevo la imagen y la verdad es el futuro». Cuando decimos que Jesús es la verdad, estamos diciendo que es una verdad abierta que aún no se devela totalmente. En el Nuevo Testamento, la noción de verdad está presente especialmente en Pablo y Juan. En Pablo —quien usa la palabra griega a-letheia— tiene el sentido de "verdad de Dios" o sea de fidelidad a sus promesas. Substituye la expresión judía "la verdad de la ley" por "la verdad del evangelio". Así, la verdad no es una afirmación sino un acto de conversión. Llegar al conocimiento de la verdad es adherirse a la pasión y muerte de Jesús y no aceptar unas formulaciones dogmáticas. Del Antiguo Testamento, dice Juan en el prólogo, nos llega la ley —dada por Moisés— pero la verdad nos viene por Jesucristo. Por eso en Juan el mal (el demonio) es el “padre de la mentira”, que no nos muestra ni camino ni vida, sino confusión y muerte. Pero en Juan no termina el proceso ni siquiera con la muerte (glorificación) de Jesús pues Jesús anuncia a sus discípulos la venida del Paráclito, el Espíritu de la verdad (Jn 14:17) que nos aleja de una verdad “a la griega” y nos acerca a la verdad como proceso, como búsqueda, como devenir, como camino que se hace con la propia fe y con la comunidad. Es un espíritu que trae a la memoria la vida de Jesús, que ilumina su sentido y esclarece el nuestro. Tal verdad es fuerza en la vida del creyente que lo conduce a la libertad. Por eso en Juan la verdad no es algo que se descubre sino algo que se construye: "hacer la verdad", "caminar en la verdad", “adorar en espíritu y verdad", “colaborar con la verdad” que pueden sintetizarse en “caminar en el amor”, que en Juan tiene una formulación muy concreta: «Nadie tiene mayor amor que éste: dar uno la propia vida por sus amigos» (Jn 15:13). El evangelio de Juan nos presenta la verdad en una trilogía reveladora de su sentido: «Yo soy el camino, la verdad y la vida» (Jn 14:5), casi como la trinidad de la verdad. Los tres están íntimamente unidos, aunque a lo largo de la historia hasta hayamos quitado la vida para mantener nuestra “verdad”. Incluso, en las grandes tradiciones religiosas, el cristianismo europeo ha sido más de la verdad que de las otras dos (camino y vida), las religiones orientales más de del camino que de las otras dos, y las religiones primitivas enfatizaron más la vida que las otras dos. Todas reflejan carencias, o mejor, espacio para la conversión. Unida la verdad a la libertad, significa que la verdad se ordena a la ética, a la vida y el amor. Pablo da a la libertad una solución singular, pues no somos libres sino haciéndonos esclavos de otro Señor, que precisamente es camino, verdad y vida. La libertad, surgida de la verdad griega, nos hace capaces, como lo demuestra toda la tecnología contemporánea, pero no nos hace libres en sentido bíblico; nos hace «libres de» pero no «libres para». Expresado en una forma más radical se trata de la liberación del hombre de sí mismo. La carta los hebreos lo expresa así: «Cristo, en los días de su vida mortal, presentó, con gritos y lágrimas, oraciones y súplicas al que podía salvarlo de la muerte, y fue escuchado en atención a su piedad reverencial» (Hb 5:7) y sabemos que murió en la cruz. Luego fue salvado pero de otra muerte, de sí mismo. El camino de la cruz era el camino de la vida y abría a la verdad que nos viene por el Espíritu. La libertad, que nos han vendido como tal, sigue siendo una libertad incompleta pues no es un estado adquirido de forma definitiva para el creyente, sino un tránsito constante en su búsqueda, aplicando la verdad griega, pero abiertos a la verdad judía, a la que nos invita Jesús con «la verdad os hará libres».