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Apuntes del Evangelio

  •   Domingo Marzo 17 de 2016
  •   Apuntes del Evangelio
  •    Luis Javier Palacio Palacio, S.J.

En el evangelio de Juan ocupa un papel muy importante el concepto de vida eterna, que indudablemente está unido al de resurrección de Jesús y a su efecto en los creyentes. Pero también hay que señalar que a menudo se ha mezclado, tanto en su explicación (teología y catequesis) como en la pastoral con un concepto muy tentador de la cultura griega como es la inmortalidad del alma. Esta es un concepto extraño en la Biblia y nos viene de la filosofía griega. En el pensamiento más primitivo de los judíos, lo que existía luego de la muerte era el shoel que era una existencia en las sombras para todos por igual. Los platónicos y neoplatónicos postularon el “alma” como núcleo de la personalidad que precedía al cuerpo; pero en la creencia farisea tendría que reunirse en la resurrección con el mismo cuerpo para la existencia de la persona. Los saduceos se oponían a tal idea por ser ajena a la Torah. Los relatos de la resurrección de Cristo, con la tumba vacía, las vendas ordenadas en el sepulcro, son una negación de la muerte como un alma que escapa de un cuerpo. Para tal tipo de muerte sería mejor signo encontrar un cadáver y no una tumba vacía. Pablo nos dice: «Si los muertos no resucitan, “comamos y bebamos, que mañana moriremos» (1 Co 15:32). Sócrates, con quien muchos Padres de la Iglesia compararon a Jesús, muere feliz porque su alma vuelve al mundo de la ideas. Su alma “inmortal” sale del cuerpo como la serpiente que cambia de piel. La muerte no lo llevaba a la tumba sino a que su alma inmortal pudiera escapar del cuerpo. Era una idea gnóstica, no cristiana . La resurrección y no la inmortalidad, es la respuesta cristiana a la vida después de la muerte y también antes de ella. La tumba vacía es la proclamación de la resurrección de la carne o del cuerpo. Para los griegos el alma era inmortal por naturaleza y la resurrección sería una desgracia, pues sería volver a la misma cárcel. Cuerpo y cárcel se dicen de manera similar en griego: soma y sema. Para el creyente la resurrección requiere de un acto de Dios (signo de gracia) mientras que la inmortalidad es algo que ni el pecado podría arrebatarnos. No creemos que el alma deje el cuerpo e inicie un viaje a un “mejor lugar” sino que Cristo viene a nosotros (no estamos capacitados para ir a ninguna parte por nuestra propia muerte) y nos da nueva vida, o vida eterna. La resurrección también nos habla de la continuidad de nuestra identidad, pues si luego de la muerte se destruyera nuestra identidad (alma desencarnada) no tiene sentido hablar de mérito, ni salvación, ni condena, ni juicio. Por eso Pablo habla de resurrección como transformación (no como restauración) de nuestros cuerpos, lo que marca la diferencia entre la resurrección de Lázaro, o de la hija de Jairo, que serían reanimación de un cadáver, y la resurrección de Jesús. Este, en los relatos de resurrección es similar (come, habla, tiene estigmas) y es diferente (traspasa paredes, se eleva al cielo, aparece y desaparece) pero no es un fantasma. La resurrección es la victoria sobre la muerte, pero la resurrección de Lázaro solamente fue posponer su misma muerte. Esto se percibe en la descripción de ambas resurrecciones. Lázaro resucita con los sudarios de los muertos sobre su cuerpo, aún está constreñido por los lazos de la muerte; Jesús en cambio ha abandonado y dejado bien dispuesto el sudario y los lienzos porque ya no forman parte de su cuerpo. La resurrección es tenida por los exegetas como el milagro por excelencia, al que apuntarían todos los demás relatos de milagros en el Nuevo Testamento. Es el milagro de re-crear que no encuentra paralelo sino en la milagro de la primera creación (Génesis) con la Palabra (Dahvar). La confusión entre inmortalidad y resurrección puede terminar ofuscando la resurrección de Jesús así como nuestra propia resurrección. Pablo utiliza la palabra inmortalidad (a-thanatos en griego) pero con un sentido distinto similar al de Juan: «Todo el que vive y cree en mí no morirá para siempre» (Jn 11:26). También utiliza la imagen del grano que cae en tierra el cual arroja luz por un lado, pues produce fruto como el grano de trigo en el evangelio de Juan, pero oscurece aplicado a la resurrección, ya que la semilla se hace planta por un proceso natural sin interferencia externa, mientras que no es propio de la naturaleza mortal de un cuerpo vestirse de inmortalidad; si el alma fuera inmortal lo sería antes de la vida, durante ella y por toda la eternidad. Sería parte de la “naturaleza” y no “gracia” de salvación. Pero por el bautismo sabemos que la resurrección es lo que esperamos al ser sumergidos en la pasión y muerte de Jesús. Lázaro, el hijo de la viuda de Naín, la hija de Jairo son relatos de curaciones y no ejemplos de resurrección. De ésta, conocemos la de Jesús y esperamos la nuestra. Una idea tan novedosa y extraña para judíos y gentiles provoca la reacción de ambos: «Escándalo para los judíos, locura para los gentiles» (1 Co 1:23). Nuevamente el equívoco judío (que bien puede ser el de muchos otros) surge de la comparación con Abraham y los profetas, quienes murieron biológicamente. Jesús ha de tener un demonio, es su razonamiento. Un hombre, que asegura poder dar vida eterna con su palabra, no puede ser, en modo alguno, una persona «normal». En una compleja tradición judía se hablaba de Henoc y Elías como quienes no habrían muerto sino arrebatados al cielo. Sería una vida terrena prolongada en un no-espacio. Pero la resurrección cristiana tampoco armoniza con estas ideas. La resurrección no espera un final de esta vida para hacerse patente, pues Jesús mismo es la resurrección, es decir, ya en esta vida se manifiesta como resucitado; pero no es una pretensión suya sino la manifestación del Padre en su vida, el Padre da vida eterna o vida verdadera y de igual manera la da el hijo; o mejor, la da precisamente a través del Hijo. Entre el Dios Padre de Jesús y el Yahvéh judío puede haber continuidad para Jesús pero no para los judíos. En el evangelio se atribuye a desconocimiento real de las Escrituras, pero esto debe mejor corresponder a las dificultades de los cristianos para diferenciarse de una secta judía. Pensaban de manera muy distinta en la resurrección, sobre todo a partir del libro de Daniel y la lucha de los macabeos. Yahvéh era padre de Israel (del pueblo) no de un individuo. Ahora Jesús se decía Hijo (primogénito) como transparencia de ese Padre y no proclamarse como tal era ser verdaderamente «mentiroso». Para los judíos era al contrario. Jesús no compite ni con Abrahán ni con los profetas, simplemente lleva a su culmen la intención reveladora de Dios. En Jesús se manifiesta, más allá de quien sea le judío o qué sea un pueblo, quien es el hombre y qué es la humanidad para un Dios como Padre de todos; para todos quiere vida eterna que ya se manifieste en esta vida y por supuesto también en la otra vida.