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Aporte Ecológico a la Homilía del domingo

  •   Domingo Octubre 14 de 2012
  •   Aporte ecológico a la Homilía del Domingo
  •    Alejandro Londoño Posada, S.J.

El libro de la Sabiduría está situado en los umbrales del tiempo de Jesús y en plena época de difusión de la lengua y cultura griega. Interesante porque nos hace pensar en el encuentro de dos culturas ya un poco decadentes. Estamos lejos de la edad de oro de Grecia y también de la judía de David y Salomón.

En el libro de la Sabiduría, antes del texto elegido para este domingo, ya había aparecido la decadencia griega con frases como “Vinimos al mundo por obras del azar, y después será como si no hubiéramos existido. Humo es el aire que respiramos y el pensamiento una chispa del latido de nuestro corazón” (Sab 2,2). Si se sacara una fotocopia de todo ese capítulo segundo, un ignorante de la Biblia, pensaría que se trata de un existencialista ateo, estilo Sartre.

Si, en cambio, fotocopiamos el capítulo 13, esa misma persona creería encontrarse con un gran apologeta del siglo pasado: “Totalmente estúpidos son todos los hombres que no han conocido a Dios, los que por los bienes visibles no han descubierto al que existe, ni por la consideración de sus obras han conocido al que las hizo…pues en la grandeza y hermosura de las creaturas se deja ver, por analogía, su Creador” (vers. 1 y 5). O también podría pensar en un ecologista admirado, contemplando las obras del Señor (13,7).

El texto de hoy nos presenta otro panorama. Leámoslo: “Supliqué a Dios, y me concedió la prudencia; le pedí espíritu de sabiduría y me lo dio… en su comparación tuve en nada la riqueza. Ni la piedra más preciosa me pareció igual a ella, porque a su lado, todo el oro es un puñado de arena y la plata vale tanto como el barro” (Sab 7, 7 y 9).

¿Suscribirían estas últimas frases las empresas legales o ilegales que están destruyendo ecosistemas riquísimos de nuestro país por sacar oro y dólares del suelo? Tal vez no. Ni su prudencia ni su espíritu de sabiduría superan el consumismo, la ganancia fácil, el negocio lucrativo, el espíritu anti-ecológico. Y esta tendencia al dinero por encima de todo los empuja a ser destructores del medio ambiente, explotadores de las riquezas naturales e, inclusive, amigos de la corrupción.

Qué bueno que ellos y también nosotros conociéramos la Palabra de Dios, que como dice la carta a los hebreos, “es viva y eficaz” y penetra “hasta lo más íntimo de nuestro ser y se convierte en juez de nuestros pensamientos y nuestras ideas” (Hebreos 4, 13).

Cuántas personas hoy quizás se preguntan como el joven rico: ¿Maestro bueno, qué debo hacer para alcanzar la vida eterna? Y retomando el ejemplo anterior de la minería, ni siquiera puedan responder que no han robado, ni mentido, ni matado… porque han preferido el oro a todo lo demás, como sería la salud de los bosques y los ríos. Y sobre todo la salud de las comunidades pobres o indígenas.

La invitación de Jesús, en este campo de la Ecología le sentiríamos dura y tajante: Dejar de explotar sin criterios que miren al bien común, los suelos y los ríos. Dejar de cultivar con tantos químicos e insecticidas contaminantes. Dejar de consumir productos llenos preservativos y de sustancias nocivas, por el sólo hecho de que alagan al paladar. Dejar de usar tanto plástico y tanto icopor para todo.
La semana pasada el calendario litúrgico nos presentó a san Francisco de Asís, patrono universal de la Ecología. Y nos propuso repetir como antífona del salmo 16: Espero gozar de la dicha del Señor en el país de la vida.

No es exagerado pensar hoy en que se dan verdaderas vocaciones cristianas de hombres y mujeres para que luchen por un mundo diferente, por un mundo ecológicamente sano, por un mundo de acuerdo con el Proyecto de Jesús.