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Apuntes del Evangelio

  •   Domingo Marzo 28 de 2016
  •   Apuntes del Evangelio
  •    Luis Javier Palacio Palacio, S.J.

Podríamos decir que los relatos de resurrección —tumba vacía y apariciones — son el relato más extenso de milagros que tenemos en el Nuevo Testamento y el “paradigma de milagros”, es decir, el milagro por excelencia con el cual podemos entender mejor los otros relatos de milagros en los evangelios. Miremos brevemente las características de los milagros en la resurrección: a) responden a la necesidad de los discípulos desanimados y las mujeres compasivas con el cuerpo de Jesús; b) les confronta a todos la fe entre el temor y la alegría, la sorpresa y la lógica humana; c) tienen unas palabras de aliento y consuelo; d) todos incluyen el envío de los testigos a difundir la buena noticia; e) buscan que el lector replique en otros el comportamiento de Jesús. El milagro ha sido popularmente entendido como transgresión de las leyes de la naturaleza y ha tenido que entrar en debate con las ciencias modernas. En el campo bíblico es el nombre religioso que recibe un evento significativo que cambia la persona. Pablo lo expresa cuando dice: «Si los muertos no resucitan, “comamos y bebamos, que mañana moriremos» (1 Co 15:32). Sin la resurrección colapsa tanto la fe como la moral. Tiene pues un significado benéfico y religioso . Si el milagro se mueve en el campo de lo imposible, no es del imposible físico sino del imposible humano, es decir, de extender lo humano más allá de lo que nuestra naturaleza permite alcanzar. El compartir de los panes en los relatos de repartición de panes es ir más allá de lo que el egoísmo humano permite; el integrar el ciego Bartimeo al grupo de seguidores de Jesús es ir más allá de lo que el Levítico permitía; así lo fue el dejarse tocar y hablar con la hemorroísa. Quien es capaz de ver lo extraordinario en lo ordinario, atribuido a los místicos, entra en la esfera del milagro continuo que puede llamarse Providencia . Aquí la presencia de Dios no es ocasional sino permanente, pues una presencia ocasional de Dios en el milagro, implicaría una ausencia ordinaria de Dios en la vida. Con la resurrección, la comunidad de los creyentes empieza a entenderse a sí como cuerpo del resucitado. También ellos estaban llamados a la resurrección como colofón de sus vidas. El gran milagro se esperaba pero a la vez se vivía desde ahora. La imagen de Dios no es la del relojero de los deístas sino la del cantante de una melodía que no cesa de escucharse. En las curaciones de Jesús mediante la expulsión de demonios, se enfatiza que el sentido es que el reinado de Dios ha llegado, porque responden a necesidades extremas. Tienen un significado religioso, por eso el mismo Jesús teme a la mala interpretación de sus milagros, tanto como teme la mala interpretación de su mesianismo. La aparición a Pablo muestra que no está limitada a los 40 días previos a la ascensión (en Lucas) durante los cuales Jesús tendría una presencia “corporal” en la tierra. Para Pablo, tal encuentro con Cristo puede ocurrir a cualquiera en cualquier tiempo; es la experiencia pascual. Por ejemplo, quienes estaban con Pablo ni oyen la voz, ni notan la luz, en el relato de los Hechos de los Apóstoles. Pero la experiencia personal no llega nunca a la certeza, siempre deja espacio a la fe. Jesús no se aparece ni a Caifás ni a Herodes, sino callada y modestamente a los suyos que lo habían acompañado en la tierra. Las apariciones están específicamente relacionadas con aquellos y aquellas comisionadas para evangelizar a los evangelizadores y a otros y la fe misma que van a mostrar es un milagro (en latín miraculum = digno de admiración). La misma lógica de la encarnación es una lógica de incertidumbre, pues la divinidad se abaja (kénosis) para tomar la naturaleza humana con toda su ambigüedad. La mujeres que van al sepulcro van con temor, como temor sentían en el Antiguo Testamento ante la presencia de Yahvéh; pero lo que inspira el temor en las mujeres es la presencia de Dios, no su ausencia. El milagro de la resurrección que se manifiesta primeramente no en lo que es, sino en lo que no es, en que el cuerpo que fueron a ungir no estaba allí. La historia popular del robo del cadáver también estaba allí, como una alternativa para una mentalidad racional. Las mujeres tienen la experiencia de quien les da paz, les ruega no temer y las envía a anunciar a los discípulos que vayan a Galilea. Como dice el poeta Tennyson: «Hay más fe en la duda honesta, que en la mitad de los credos». Las experiencias de las mujeres en la tumba vacía y en el abrazo de los pies les bastan para seguir fieles a Jesús. Una idea que recorre el Antiguo (Biblia Hebrea) y el Nuevo Testamento (Biblia Griega) es que el amor de Dios por la humanidad es constantemente ofrecido aunque no sea siempre recibido. Esta parece ser la naturaleza inmutable del Dios judío y cristiano. Lo que la resurrección fundamenta no es que el poder de Dios sea mayor sino que la debilidad de Dios por el ser humano permanece más allá de la misma resistencia humana. Que nos lleva más allá de lo que somos y este es el mayor milagro. Como dice el rabinismo judaico: «El colmo de la locura es fundamentar la fe en el milagro; pero el colmo de la sabiduría es saber que el milagro es posible». Según el relato, la guardia romana puesta en el sepulcro huye (ante la presencia del ángel y el sepulcro abierto) a comunicar la noticia y justificarse. Había que dar una explicación de alguna manera de aquel suceso. Hay una reunión de los miembros del sanedrín y se apela al dinero. Dinero que en la vida pública de Jesús es denunciado cuando se usa para la injusticia (Lázaro y el rico epulón, granjero insensato) o como excusa (joven rico que se marcha triste), o para oponerse a una distribución equitativa (obreros de última hora), o para entregar a Jesús (Judas y las treinta monedas). Ahora, después de muerto Jesús, vuelve a aparecer el dinero que valida cualquier versión. Alguna explicación había de darse a la gente para evitar que siguiera viva la memoria de Jesús. Los miembros del sanedrín se comprometían a apaciguar al procurador si la noticia llegaba a él. Si a ellos no les interesaba el asunto, menos había de preocuparle aquel enojoso asunto a Pilato. La «noticia se divulgó entre los judíos hasta el día de hoy». Según Justino, la versión no solamente corrió por Palestina sino por toda la Diáspora. La objeciones a la resurrección no terminan hasta hoy, no tanto porque haya diferentes teorías que tratan de darle racionalidad a lo que los relatos de la tumba vacía y las apariciones contienen, sino porque el salto en la fe a que nos invitan supone un cambio tan radical en nuestra vida que parece mejor dejar la resurrección de lado, en nuestra vida y a menudo incluso en nuestra fe. «Si Cristo no resucitó, vana es nuestra predicación, vana nuestra fe» (1 Co 15:14).