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Apuntes del Evangelio

  •   Domingo Marzo 29 de 2016
  •   Apuntes del Evangelio
  •    Luis Javier Palacio Palacio, S.J.

En los relatos de resurrección del evangelio de Juan, la primera aparición es a María Magdalena fuera de la tumba, la segunda a los discípulos, excepto Tomás. Es la ocasión para que Tomás ponga como condición para creer que pueda experimentar las huellas de la pasión en las manos y el costado. Con la Magdalena el relato es bastante diciente en sus detalles. Primero habla con dos ángeles (mensajeros) que le preguntan la razón de su llanto. En Lucas se habla de dos hombres dentro; en Marcos un joven sentado dentro: en Mateo un ángel sentado fuera. Son las variaciones de la tradición oral. En ninguno de los relatos con los varones aparece el llanto. Lo que busca María es el cadáver y dice lo que corría como versión popular: se lo han llevado. Mientras que la vista de la tumba vacía produce fe en el discípulo (Pedro) en la Magdalena la lleva a pensar en un robo en la tumba. Es una interesante nota que corrige la supuesta ingenuidad femenina. Al reconocerlo, utiliza un término cariñoso para rabí como es raboni. Luego, el contacto con Jesús es equívoco como con los varones, pues lo toma por el hortelano. Sólo lo reconoce cuando la llama por su nombre: ¡María! La Magdalena no reconoce a Jesús por su físico sino por la voz; por llamarla. Muy en concordancia con el prólogo de Juan que nos habla de que es la palabra (el verbo, logos) el que se hizo carne. Omite los relatos de Lucas y Mateo sobre la anunciación y el nacimiento. Igualmente en la parábola del reinado de Dios como un rebaño, el evangelio de Juan anota que el pastor conoce a las ovejas y las llama por su nombre. Según Juan, la Magdalena habría estado al pie de la cruz junto con la madre de Jesús, la hermana de su madre, María la esposa de Cleofás y el “discípulo amado”. Sería testigo presencial de la muerte y luego de la resurrección. De ningún otro discípulo se da este doble testimonio. Juan no da, como en otros evangelios, razón de la presencia de la Magdalena para embalsamar o ungir el cadáver de Jesús. Va a lamentarse en la tumba. María es también llamada por Jesús ¡mujer!, el mismo apelativo que usa para su madre en la cruz y es enviada a informar a los hermanos que va al Padre común suyo y de los creyentes. Es una versión contrastante con la de Lucas de la ascensión como una levitación a los cuarenta días de pascua. Esta no sería más que su partida visible del mundo y el fin oficial de sus apariciones antes de la misión definitiva por la efusión del Espíritu en Pentecostés. Pero el sentido teológico de la ascensión, la glorificación, la resurrección, la vuelta al Padre se dan en Juan en la muerte misma y la entrega del Espíritu. Para Juan es claro que la elevación de Jesús como final del mensaje de salvación, entraña la crucifixión, la resurrección y la ascensión. La encarnación como bajada del Padre, se concluye con el ascenso al Padre por lo cual el resucitado en Juan ya no es un ser de este mundo. De hecho es el significado de la prohibición a la Magdalena de retenerlo y el hecho de que Tomás nunca mete su dedo en las llagas. Según Blas Pascal, a Jesús, luego de la resurrección, no se deja identificar por nosotros más que en las llagas de la pasión. Tanto María como Tomás, parecerían no poderse representar al resucitado más que en categorías carnales; ambos son convertidos por la experiencia con el resucitado. En Juan, todo cuanto los discípulos necesitan saber, Jesús se los ha revelado en el largo discurso de despedida en la cena final. Si los varones son los transmisores y depositarios del mensaje, las mujeres cumplen en Juan la misión de la maternidad espiritual. Varias de ellas juegan importantes papeles en este evangelio como la samaritana quien anuncia al pueblo que ha encontrado el profeta mesías en su diálogo en el brocal del pozo de Jacob, como María Magdalena que “evangeliza a los evangelizadores” y como la mujer sorprendida en adulterio que pone en aprietos a jóvenes y viejos sobre quien «se crea sin pecado»; además, Marta en el diálogo con Jesús sobre la resurrección, es la primera persona que hace una plena confesión de la identidad de Jesús: «Marta le contesta: Sí, Señor, yo he creído que tú eras el Mesías, el Hijo de Dios, el que tenía que venir al mundo» (Jn 11:27). La escena final junto a la cruz, es todavía más explícita cuando la madre de Jesús es llamada con el genérico mujer y el “discípulo amado” con el genérico “hijo”. Una nueva familia ha nacido que supera lo biológico o étnico judío. El encuentro entre Jesús y María Magdalena puede responder a la polémica sobre la leyenda de que el hortelano o encargado del campo donde fue enterrado Jesús, hubiera retirado su cadáver. Al fin y al cabo había sido condenado como un blasfemo (aunque tocar un cadáver era incurrir en impureza ritual). Sabemos, por otras fuentes diferentes al evangelio, que hubo una posterior polémica judía con diversos relatos sobre el tema de cómo el cadáver de Jesús había llegado a desaparecer efectivamente. Pero esto es secundario a la intención culminante de la narración que es el encuentro y reconocimiento, como un verdadero suceso, entre Jesús y la Magdalena, quien ya jugaría un papel importante en la comunidad . A la fe pascual se llega, según la concepción de Juan, sólo a través del encuentro personal con el resucitado (experiencia pascual). Los dos ángeles vestidos de blanco tienen una función introductoria, como de porteros, en el encuentro de la Magdalena con Jesús. No tiene sentido entenderlos como custodiando el sepulcro a la manera de los puestos a la entrada del Paraíso en el relato del Génesis. Están sentados dentro de la cámara sepulcral, a la cabecera y a los pies más bien para testimoniar la ausencia del cuerpo. La razón que da la Magdalena para su llanto sí que nos daría tema de reflexión: «Porque se han llevado (o han quitado) a mi Señor, y no sé dónde lo han colocado». Sin el encuentro personal con el resucitado, que Pablo resaltará de manera excepcional como fuente de su misión a los gentiles, podemos pasar la vida sin ubicar donde han colocado al Señor o buscándolo donde ya no está. Quizás a lo largo de la vida hemos creído encontrarlo en variados lugares, desde las experiencias de desamparo en la niñez, a las formulaciones dogmáticas en la catequesis. Con el desarrollo de la educación, las ciencias, el mundo moderno, no sabemos dónde lo han puesto los filósofos y teólogos o donde lo podemos poner nosotros. Los relatos de resurrección, en sus dos versiones de la tumba vacía y de las apariciones, nos dicen que en el único lugar en donde siempre ha estado es en el encuentro personal con el resucitado. Algo que señala ya el mismo bautismo: inmersos en la pasión y muerte de Jesús para ser como él resucitados. Algo que gustamos en el presente y esperamos su plenitud en el futuro. Ahora lo podemos ver en el hortelano sin confundirlo con él; porque está vivo, está en todas partes donde florece la vida; la nuestra y la de los demás.