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Apuntes del Evangelio

  •   Domingo Marzo 30 de 2016
  •   Apuntes del Evangelio
  •    Luis Javier Palacio Palacio, S.J.

El evangelio de Lucas es el evangelio de la misericordia y el perdón. Pero con esto no se ha dicho todo, pues también la misericordia y el perdón presentan su drama en este evangelio, pues permiten al ser humano ir más allá de sus propias capacidades, o mejor a pesar de sus propias capacidades. Los ciegos discípulos del camino de Emaús explican a Jesús acerca de su muerte y su esperanza frustrada; en los Hechos de los Apóstoles los guardias custodian una prisión de la cual ya han escapado los prisioneros. El propósito de Dios triunfa finalmente pero no sin conflicto, drama y tensión en los relatos en los cuales los actores se encuentran perplejos. En el Magnificat se anuncia que los las presunciones de los potentados fracasarán y los humillados serán levantados. Al suceder en contra de los cálculos humanos, una nota de la acción de Dios es a menudo la ironía. Los discípulos van en el camino tratando de explicar a Jesús sobre Jesús mismo. Incluso tachan a Jesús de ignorante sobre lo que ha sucedido en Jerusalén, algo tan notorio para el común de la gente. Al final hay una reprimenda de Jesús por torpes y tardos de corazón. La cena final con la repartición del pan luego de la acción de gracias con las palabras «esto es mi cuerpo, que es entregado por vosotros» (Lc 22:19) y la acción final con los discípulos de Emaús, suceden al declinar el día y reclinados para comer. Pero en la última cena sabían que era el Señor, en Emaús lo saben cuándo ya todo ha sucedido y miran atrás lo que les ha dicho en el camino. La Eucaristía —cena con Jesús resucitado— es el lugar apropiado para reconocerlo en su nueva presencia. También el reconocimiento de Jesús como mesías lo ubica Lucas en el ambiente de la repartición de panes. En los relatos post pascuales de Lucas, la tumba vacía y el mensaje de los ángeles produce solamente desconfianza e incredulidad. El relato de Emaús marca otra presencia del resucitado más clara para los discípulos. En la lógica judía es creíble porque estaría concorde con las Escrituras que hablan de sufrimiento. Los solos relatos de aparición no resuelven todas las dudas de los discípulos; se les une la tumba vacía y una escena más reconocible para la comunidad como es la Eucaristía. Ya está unida al relato de la posterior aparición en Jerusalén narrada en el mismo evangelio de Lucas. Las solas Escrituras tampoco dan cuenta de la muerte de Jesús. Tal es la manifestación de desánimo: «Nosotros esperábamos que él iba a ser quien libertara a Israel», e iban, anota, con un semblante triste. Todavía pensaban en forma nacionalista sin incluir a los gentiles; igual sentimiento aparece en el Benedictus de Zacarías. Los discípulos de Emaús hablan de la tumba vacía y del relato de las mujeres pero anotan «pero a él no le vieron» pues no dan crédito a que lo hubieran vista bajo otras formas como la de hortelano. La nueva presencia escapaba a la Escrituras hebreas (Antiguo Testamento). En la tradición judía, en la que se enfrentaban a las diferentes interpretaciones de las Escrituras corría la leyenda de que algún día vendría Elías y les revelaría su verdadero sentido. Era Elías pues otra especie de mesías para el judaísmo. Aún hoy en día conservan hermosas tradiciones como la “silla de Elías” en la Pascua y la “puerta de Elías” en la comida del Shabbath (sábado). En el relato de Emaús se da un desarrollo de la ceguera a la visión, de la incomprensión a la luz, con el punto culminante en la Eucaristía. La ceguera se expresa como «sus ojos estaban coma imposibilitados para reconocerlo» en un caminante más. En el evangelio de Lucas, igual que en los Hechos de los Apóstoles que se le atribuyen, hay una tensión o ironía entre la acción divina y las expectativas humanas. Se encuentra en los relatos de la conversión de Saulo, en la prisión de Pedro y en este relato de Emaús. La razón del sufrimiento no la pone en la resurrección sino en la gloria. Es una nueva ironía. El sufrimiento de Jesús no lo lleva a la derrota que sería la expectativa humana, a la creencia lógica de que Dios ha sido derrotado. La escena de Emaús nos muestra unos discípulos con las dificultades para aceptar el final de Jesús comunes a cualquier creyente. Hay un comienzo de comprensión en algo que escapa a la lógica humana y que el relato señala como «dentro de nosotros ardía nuestro corazón», algo que Blas Pascal anotaba cuando decía que el corazón tiene sus razones que la razón no conoce. El “corazón ardiendo” fue el comienzo del reconocimiento. Al comer con ellos, vuelve una escena que les era familiar, tanto de la última cena como de la repartición de panes a la multitud. Da la bendición, parte el pan y lo da a sus compañeros. La memoria de Jesús presidiendo la comida y partiendo el pan es la continuidad de la amistad con Jesús; amistad que no ha terminado con su muerte. En los Hechos de los Apóstoles la Eucaristía se llama “fracción del pan” al menos cuatro veces. Evidentemente no son solamente momentos para satisfacer el hambre. Señalan la convivialidad de la comunidad (koinonia) y comunión con el Resucitado. Si las explicaciones en el camino las vemos como parte de la celebración final, tendríamos el camino como la “liturgia de la Palabra” y el reclinarse en la comida como la “liturgia Eucarística”. En las palabras de Pedro las comidas al lado de Jesús, en su vida pública, adquieren un nuevo significado: «A Jesús, Dios lo resucitó al tercer día y le concedió hacerse públicamente visible, no a todo el pueblo, sino a los testigos señalados de antemano por Dios, a nosotros que comimos y bebimos con él» (Hech 10:40). En las palabras de Pedro, invitando a la conversión, se dibuja la imagen del Jesús de Nazaret anterior a pascua. Era poderosa en obras y palabras. En los Hechos de los Apóstoles hay un resumen más diciente: pasó haciendo el bien y sanando a los que estaban dominados por el demonio. Para algunos judíos que habían seguido y aclamado a Jesús que hubiera de acabar su vida en la cruz sufriendo miserablemente, que hubiera de morir como un criminal, arrojado fuera de la ciudad, era cosa que contradecía todas las expectativas mesiánicas de los judíos. ¿Cómo iba a salvar a Israel de las manos de sus enemigos, si él mismo sucumbió a sus manos? Esta parece ser la ironía más grande. La predicación apostólica sobre Jesús de Nazaret comienza con la acción de Jesús y habla de su entrega a la muerte, pero luego siguen la lógica de Dios aunque sea locura humana. «Sepa, por tanto, con absoluta seguridad toda la casa de Israel que Dios ha hecho Señor y Cristo (Mesías) a este Jesús a quien vosotros crucificasteis» (Hech 2:36). El colofón de la predicación sobre Cristo es el anuncio de que ha resucitado: «Si Cristo no ha resucitado, vana es vuestra fe; aún estáis en vuestros pecados» (1Co 15:17). Los dos discípulos han oído el mensaje de las mujeres; han visto el sepulcro vacío; pero todo esto no basta para convencerlos. A él no le han visto. Les falta la experiencia personal que les haga “arder el corazón” que tanto enfatiza Pablo. La fe requiere entrar en otra lógica, comprensión para el actuar de Dios y un corazón abierto a su mensaje. La fe pascual exige también la conversión con la que empieza la predicación de Jesús. Si entró en la gloria por la pasión no otro camino nos queda a los creyentes.