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Apuntes del Evangelio

  •   Domingo Marzo 31 de 2016
  •   Apuntes del Evangelio
  •    Luis Javier Palacio Palacio, S.J.

Aunque las mujeres son las primeras en dar testimonio de la resurrección y la tumba vacía, los discípulos (varones) no se muestran dispuestos a aceptar su testimonio. En parte se refleja el pensamiento judío, patriarcal y machista en este punto. Las reacciones ante el resucitado de los varones son predominantemente de miedo, duda o desconfianza. Incluso cuando les muestra las manos y pies (más explícito en el evangelio de Juna con el caso de Tomás) no quedan convencidos del todo. Lucas, más bondadoso con los apóstoles da una razón que suena un poco irónica o contradictoria: «No creyendo aún ellos, en fuerza del gozo y de la admiración». Es similar el poco crédito que dan a las mujeres. Jesús les aclara que no es una aparición de un fantasma y muestra las manos y los pies. Señalaría como en el caso de Tomás, las huellas de la pasión, aunque allí habla de manos y costado . Entonces aparece de nuevo la comida (¿Eucaristía?) en una forma mucho más simplificada que en el relato de Emaús. Ahora se reduce a un trozo de pez asado, detalle que enlaza el relato con Galilea. Los galileos tenían pez en su dieta (el lago estaba allí) mientras que en Jerusalén poco o nada se consumía el pescado. En Jerusalén está descrita esta aparición. El detalle en común con Emaús es que ahora se trata de una comida con el Resucitado, como lo será el significado de la Eucaristía: presencia del resucitado en medio de la comunidad. Al relato empieza con el testimonio de Emaús lo que nos puede llevar a suponer que habían oído cómo entendían ahora la Escrituras que explicarían por qué el Mesías debía padecer para entrar en su gloria. Los compañeros, en Jerusalén, deben de entender lo que previamente los de Emaús han entendido. En el evangelio de hoy la explicación sigue a la comida en vez de precederla como en Emaús. Jesús retoma el pasado de su vida pública y les da la misión de dar testimonio en lo venidero. Pero el relato de Lucas no termina como los de Mateo y Juan en la resurrección de Jesús y el envío a la misión. Ahora se sigue el tiempo de la Iglesia y la esperanza del retorno del Hijo de Dios en gloria. Por eso Lucas nos ofrece en los Hechos los Apóstoles la vida de la Iglesia naciente, especialmente alrededor de Pedro (apóstol de los judíos) y Pablo (apóstol de los gentiles). Así, la predicación del evangelio a las naciones en nombre de Jesús ocupará lo que tenemos por revelado respecto a la Iglesia; una historia que ya no es la de Jesús como en los evangelios, sino la de la difusión y establecimiento de las comunidades creyentes. El Mesías resucitado ha sido reconocido por los discípulos (hombres y mujeres) pero ha sido rechazado por muchos en Jerusalén. Las palabras finales del evangelio de Lucas serán la introducción a los Hechos de los Apóstoles. El mensaje de la conversión será igual en ambos libros.

Estrictamente hablando los relatos de resurrección (tumba vacía y apariciones) no son pruebas irrefutables para que la persona adhiera a Jesús. Tanto su vida terrena como su resurrección apuntan al doble misterio de Dios y del hombre que no se aclara sino en la fe. Como dice el Vaticano II: «En realidad, el misterio del hombre sólo se esclarece en el misterio del Verbo encarnado» (Gaudium et Spes # 22). La eliminación del misterio (sacramento) en cualquiera de los dos los empequeñece y termina destruyéndolos. Las apariciones del resucitado ilustran el carácter vulnerable de lo que Jesús pide en su vida pública y evocan la curiosidad sin eliminar el desafío de la decisión: se rechaza o se acepta. El evangelio de Juan los presenta en similares términos: el que cree ya está salvado y el que no cree condenado, o mejor, se condena a sí mismo. También en Marcos el grupo de los once es censurado por Jesús por su incredulidad. En Lucas lo confunden con un espíritu como en el relato del lago lo confunden con un fantasma. Pero los espíritus «no tienen carne y huesos, como veis que yo tengo». Si la resurrección fuera del alma, en el sentido que luego le dará a la fe cristiana según la antropología griega, serían inútiles estas señales de corporeidad. El alma deja el cuerpo , que es su cárcel al que lo había atado la caída del mundo de los ideas. Pero en la antropología hebrea y en el concepto cristiano de la resurrección el cuerpo es parte imprescindible. ¿Cómo? No lo sabemos, pero seremos transformados, dice Pablo en cuerpo espiritual (soma pneumatikon). Para los griegos esto no tenía sentido como nos dice el relato de la predicación de Pablo en Atenas. «Cuando oyeron lo de la resurrección de los muertos, unos se echaron a reír, otros dijeron: Te oiremos sobre esto otra vez» (Hech 17:32).

La instrucción de Jesús a sus discípulos alude a la ley (Torah), los profetas y los salmos, las tres partes corrientes en que dividían los judíos las escrituras (Pentateuco, Nevim y Ketuvim). Es el intento de mostrar a Jesús como aceptable para los judíos por estar en concordancia con lo que decían sus escrituras. En realidad el acoplamiento no es tan sencillo como lo muestran luego los apologistas antijudíos (especialmente Justino). Pablo le dará un enfoque muy distinto a la relectura cristiana de la Biblia Hebrea, aunque siempre reconocerá la “primacía” privilegiadas de Israel por ser el pueblo de la promesa. Igualmente reconocerá la primacía de honor de la iglesia de Jerusalén (judaizante) por ser allí donde empezó la iglesia. Pero su carácter de apóstol no le vendrá de Jerusalén sino de su experiencia del resucitado.

La experiencia de Pablo, narrada en lenguaje novelado tres veces en os Hechos de los Apóstoles, y expresada por el propio Pablo en lenguaje de conversión, no es otra cosa que la experiencia del resucitado en su vida personal. No es exclusivo de Pablo sino revelado EN Pablo (no A Pablo) para que la dé a conocer a los gentiles. Así, la vida cristiana en Pablo aparece o se desencadena con la repetición en los creyentes de la experiencia pascual narrada en las apariciones. Todo el que tiene la experiencia pascual se vuelve testigo del evangelio. Es la manera como se resume el bautismo y la Eucaristía, los dos sacramentos iniciales de la comunidad cristiana: «Con El, pues, hemos sido sepultados por el bautismo en su muerte, para que como El resucitó de entre los muertos por la gloria del Padre, así también nosotros caminemos en novedad de vida» (Rm 6:4). Transmitiendo una fórmula eucarística dice: «El cáliz de bendición que bendecimos, ¿no es la comunión de la sangre de Cristo? Y el pan que partimos, ¿no es la comunión del cuerpo de Cristo?» (1 Co 10:16) que en el lenguaje propio de Pablo correspondería a la sangre la muerte y al cuerpo de Cristo la comunidad cristiana. Tal atrevimiento es posible gracias a la resurrección, porque ya la muerte no tiene la última palabra ni para Jesús ni para sus seguidores.