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Apuntes del Evangelio

  •   Domingo Abril 07 de 2016
  •   Apuntes del Evangelio
  •    Luis Javier Palacio Palacio, S.J.

La cosmología tradicional judía se mueve entre los términos cielo, tierra y creación (mejor creado). El pueblo judío ocupaba el puesto central en el cosmos. La concepción del cosmos correspondía a lo que se llama el “sistema de Ptolomeo” según el cual la tierra, rodeada por concéntricas, incorpóreas e inteligentes esferas era el centro del universo. Así fue asociada a la teología y a la mística las cuales usaron terminología cósmica. Lo espiritual era celestial, lo material era terrenal, el espíritu subía a las altas esferas. Las ciencias, a partir de Copérnico y Galileo volvieron insostenible esta imagen. Ahora la cosmología bíblica se lee como lenguaje moral y religioso. En el relato del Génesis, Dios crea todo: cielo y tierra; pero se reserva el cielo para sí mismo y da la tierra a los hombres. El único que subió al cielo, según el Antiguo Testamento, es Elías. En el segundo Templo (luego del destierro a Babilonia) el cielo se entendió también como la morada de los justos fallecidos y se identificó en los midrashim con el Edén, el Paraíso. En el judaísmo contemporáneo, igual que en el pensamiento cristiano, el cielo se refiere a un estado espiritual y no a un lugar específico. En este contexto, podemos entender el lenguaje del evangelio de hoy. Juan contrasta el cielo y la tierra como el origen de dos seres igualmente contrastados: Jesús y el hombre con dos testimonios en conflicto. Jesús vio y oyó algo en el cielo que es lo veraz. Ver y oír resumen las dos formas de acceder a lo divino en la época. Los griegos enfatizaban el ver en su religión mientras que los judíos enfatizaban el oír. El dios griego era de la imagen, el Dios judía de la palabra. Lo de la tierra sería verdad incompleta y solo aceptando lo de arriba se llega a ella . Igualmente de arriba viene lo eterno, de la tierra lo perecedero. Pero detrás de este lenguaje, en un contraste que parecería insuperable, lo que el evangelio va a mostrar es que todo lo celestial ha irrumpido en la tierra; que precisamente ese lenguaje revela lo que parece ocultar. El verbo, la palabra, el logos se hizo carne y el cielo no está arriba, ni más allá ni más acá de la tierra, ni más allá ni más acá de lo creado sino en la tierra y en lo creado. El cielo es la dimensión trascendental de lo creado; lo espiritual es su dimensión propia, no existe la materia pura (o la pura materia) y el espíritu no se eleva sino que se trasciende en el otro (no hacía arriba sino hacia los lados y hacia abajo). La expresión de Juan, arrancando del más puro monoteísmo judío, expresa la síntesis de arriba y abajo, del cielo y la tierra: «El que no ama a su hermano, a quien ve, no es posible que ame a Dios, a quien no ve» ( 1 Jn 4:20). En el diálogo de Jesús con Natanael, en el cual el lenguaje de Jesús le resulta incomprensible por contradictorio con la experiencia diaria (renacer, nacer de lo alto, nacer del espíritu), basta creer para entender las realidades del cielo. No necesita ser arrebata en carro de fuego como Elías. Pero aún más, con la fe accede a una concepción temporal en la cual lo que es, lo real, es signo de lo que viene de lo que nos espera de manera que lo presente se vuelve trascendente. Así dice a Marta: «Todo el que vive y cree en mí no morirá para siempre» (Jn 11:26); explicando el pan de vida: «El que cree, tiene la vida eterna» (Jn 6:47). Algo similar dice Pablo respecto a la resurrección. Hablando a los creyentes vivos: «Si fuisteis, pues, resucitados con Cristo, buscad las cosas de arriba» (Col 3:1). En la escatología —que es el lenguaje esperanzador sobre el futuro, pues el terrorífico es el apocalíptico— de Juan toda la revelación se patentiza en la cruz, en donde coinciden: entrega del Espíritu, muerte, resurrección, glorificación y exaltación. El futuro ya ha comenzado para quien vive en el amor (ágape). Este amor, que fue traducido en la Vulgata por caridad, es la forma como el cielo ya está presente en la tierra. No puede resultar más irónico que exprese Juan la exaltación de Jesús y su vuelta al Padre con una imagen tan escandalosa como la cruz, no solamente por ser el tormento para asesinos y blasfemos sino por la poca altura. El cielo a unos pocos centímetros de la tierra. En Lucas, con otras imágenes, igualmente metafóricas: «Se elevó, y una nube le ocultó a sus ojos» (Hech 1:9). Pero igualmente es corregida esta visión con la exhortación de que no miren hacia arriba porque el Señor sigue viniendo, es decir, sigue encarnándose. En el diálogo con la Samaritana, el agua del pozo, la ausencia de cubo, el cántaro y la sed, encuentran un sentido trascendente en el agua viva que origina manantiales eternos sin que se vuelva a sentir la sed. Algo tan rutinario como el abrevar diario podemos volverlo una lección profunda de vida. Otro tanto sucede con el discurso del pan y el deseo del pueblo de hacerlo rey; imagen que lleva hasta presentarse a sí mismo como el pan de vida y al escándalo judío de comer su carne y beber su sangre. Esta última era absolutamente intocable para los judíos, que en la prohibición a Noé equivalía comer vivo al animal. Así, las alegorías o imágenes con las que Juan expresa el abajamiento (kénosis) de Jesús tienen una fuerza particular. Se hace todo lo que el hombre necesita en la vida corriente, pero con sentido trascendente: pastor que da la vida por las ovejas, camino que todos pueden recorrer, verdad que buscan los israelitas en las Escrituras, vida que se alimenta de pan (de cebada aclara dos veces Juan en su relato), carne que se compartía en los sacrificios de comunión, sangre que se regaba en el altar y en el Kapporet (en la fiesta del Yom-Kippur o de la expiación), grano de trigo que muere para producir fruto, vida que se gana cuando se pierde, palabra que se pronuncia con facilidad pero lleva a vida eterna, amor (ágape) que lleva hasta dar la vida. Más que venir del cielo podríamos decir que Jesús se trajo el cielo consigo y lo plantó en la tierra. Ciertamente el hombre en Juan puede ser totalmente terreno, igual que en Pablo puede ser totalmente carnal. Pero éste, que es meramente su origen biológico no lo condena a seguirlo siendo, pues no es irreconciliable con el Espíritu sino su condición de posibilidad. El lenguaje de Juan, que se ha identificado con el lenguaje gnóstico, no es sin embargo dualista de espíritu bueno y materia mala; si así fuera no tendría sentido su afirmación fundamental de que el verbo (logos) se hizo carne. Así, en Jesús se conjuntan el conocimiento del Padre y la realidad del ser humano. En los sinópticos se expresa como: nadie conoce al Hijo sino el Padre, y nadie conoce al Padre sino el Hijo y aquel a quien el Hijo quiera revelárselo. En Juan a todos quiere revelárselo. Al oyente le queda el desafío de aceptarlo o no, es decir, de si debe o no creer. Para hacerlo no puede prescindir del testigo ni de su testimonio; de Jesús y su vida. El gran enigma con que la fe se enfrenta una y otra vez desde los días mismos de Jesús es y será siempre el que “el mundo” no acepte su testimonio. Con Jesús queda Dios en el juego de la fe del creyente y a la intemperie en el mundo como signo supremo de la realidad de su encarnación. Una metáfora diciente.