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Apuntes del Evangelio

  •   Domingo Abril 10 de 2016
  •   Apuntes del Evangelio
  •    Luis Javier Palacio Palacio, S.J.

La mayoría de los comentaristas están hoy de acuerdo, con muy buenas razones, que el evangelio de Juan termina con las palabras: «Otras muchas señales les hizo además Jesús en presencia de sus discípulos, que no están escritas en este libro» (Jn 20:30) y luego se le añadió como apéndice el capítulo 21 que habla de la aparición en Galilea. Razones habría suficientes para esta conclusión. Juan se ocupa básicamente de Jesús en Jerusalén y sus alrededores y de las manifestaciones del resucitado allí. Pero históricamente es más creíble que el surgimiento del grupo de discípulos (iglesia) nace en Galilea donde Jesús había empezado su vida pública. Allí sucede la experiencia pascual. Es imposible saber cuánto tiempo pudo transcurrir desde la muerte de Jesús, con la huida de los discípulos de Jerusalén, hasta la experiencia pascual. Algunos autores conjeturan que hubo meses, otros hablan de años. El hecho de que a Juan se le añada una aparición en Galilea, daría legitimidad a la misión que desde allí se expande a Jerusalén y luego (con la muerte de Estaban) a Antioquía, Samaría y todas las demás iglesias conocidas en el Mediterráneo. Todos los manuscritos contienen este apéndice, el cual a su vez deja abierta la trasmisión de nuevas experiencias cuando afirma: «Hay además otras muchas cosas que hizo Jesús, las cuales, si se escribieran una por una, creo que ni en todo el mundo cabrían los libros que habrían de escribirse» (Jn 21:25). Aquí aparece el personaje cifrado, que ha dado para muchos comentarios y posibles respuestas de su identidad, designado como «el discípulo a quien amaba Jesús» que algunos han identificado con Juan. Es interesante anotar, dentro de la lógica de este evangelio, que no alude la “discípulo que amaba a Jesús” sino al que “era amado por Jesús”. Es que en Juan el amor es siempre descendente, de arriba hacia abajo, al contrario del amor llamado filía de los griegos que era el amor a lo que nos supera: las ideas, la verdad, los dioses. Esto aparece claro en expresiones de Juan como: «quien no ama a su hermano a quien ve, no puede amar a Dios, a quien no ve» (1 Jn 4:20) y en otra expresión más elocuente aún: «Carísimos, si de esta manera nos amó Dios, también nosotros debemos amarnos unos a otros» (1 Jn 4:11). En esta última, la lógica conclusión habría sido que si Dios nos amó entonces debemos pagar a Dios con igual amor, pero la conclusión es diferente, es amar a los demás. Es un vuelco evangélico del primer mandato del decálogo judío de amar a Dios con todo el corazón, con toda el alma. En el diálogo con Pedro y la triple pregunta sobre el amor, aparece la anterior tensión en su doble presentación. Primero como amor de Pedro por Jesús (a la manera griega) aunque las dos primeras veces utiliza el término propio del amor cristiano (ágape) y la tercera el término griego (filía). Sin embargo, en los tres casos la conclusión es similar: «Apacienta mis corderos», «apacienta mis ovejuelas», «apacienta mis ovejuelas». Sabemos que en Juan apacentar lleva la responsabilidad hasta dar la vida por las ovejas. El amor confesado a Jesús, pues, no lleva sino al amor a otros. El evangelio de Juan no dice ni una palabra sobre la huida de los discípulos a Galilea sino que pone al grupo en Jerusalén y encerrados por temor a los judíos. En el evangelio de Marcos claramente abandonan a Jesús y huyen a Galilea. Pero en el relato de hoy, al menos Pedro y el “discípulo amado” aparecen de nuevo en Galilea en su antiguo oficio. Por eso dice Pedro: «Voy a pescar» y otros discípulos lo acompañan. Se menciona a Simón Pedro, Tomás apellidado el Mellizo, Natanael de Caná de Galilea; a los que se suman los dos hijos de Zebedeo, que fuera de aquí no aparecen en el cuarto evangelio, y otros dos discípulos innominados. Los otros discípulos le acompañan. En el relato de Juan se unen varias tradiciones como la de la pesca abundante que Lucas ubica en la vida pública de Jesús, al final de la cual dice a Simón que lo va a hacer “pescador de hombres vivos ”. Otra tradición que se une es la de los relatos de repartición de panes y peces que son seis en total en los evangelios. Su carácter eucarístico es evidente. La manera de presentarse Jesús es común en los relatos del resucitado. De buena mañana está en la orilla, pero no lo reconocen de inmediato. Es similar al relato de Emaús y el encuentro con un extraño. La pregunta que les hacer es similar a la de cualquiera que mendiga una comida: «Muchachos, ¿no tenéis algo que comer?» Pero tampoco luego de la captura abundante reconocen al resucitado. Probablemente en otras ocasiones tuvieron pescas abundantes sin que le dieran ningún significado especial. Es entonces el “discípulo amado”, que es descrito con una sensibilidad especial, quien lo reconoce diciendo: «¡Es el Señor!», lo que causa que también Pedro reaccione. Hay en el evangelio de Juan algo evidente en contraste con los sinópticos. Es algo que aparece también en el relato de la tumba vacía y la carrera que hasta ella hacen Pedro y el “discípulo amado”. Es la tensión o aparente rivalidad entre Pedro y el “discípulo amado”. Para algunos, refleja la tensión entre los creyentes procedentes del judaísmo, representados por Pedro y los creyentes procedentes de la gentilidad representados por el “discípulo amado”. Pedro habría sido discípulo del Bautista. Esto aparece claro en las cartas de Pablo y en los Hechos de los Apóstoles. Sobre todo en Antioquía es clara la diferencia entre Pedro y Pablo y el vehemente reclamo de Pablo. En los sinópticos Pedro es el primer llamado; en Juan es Andrés y en la iglesia Ortodoxa cumple Andrés la función que cumple Pedro en la iglesia Latina. Otra interpretación, que armoniza bien a los dos, habla de dos estilos de seguimiento de Jesús. Uno más fiel a la tradición y al aspecto legal del seguimiento de Jesús y otro más libre en donde el amor define el seguimiento. El mandamiento del amor pretende una síntesis de los dos: «Un mandamiento nuevo os doy: que os améis los unos a los otros como Yo os he amado, que os améis mutuamente» (Jn 13:34). En este relato de la aparición del resucitado también se produce una cierta competición, por cuanto Pedro entra inmediatamente en acción, se ciñe la túnica exterior, que se había quitado para faenar, y se arroja al agua a fin de alcanzar lo más rápidamente posible a Jesús. Hay cierta similitud con el deseo de Pedro de caminar sobre las aguas pero el mismo evangelio advierte que la barca ya no estaba lejos de tierra, por lo que las aguas se podían vadear andando por ser poco profundas. En tierra ya están como comida pescado y pan. Nuevamente tenemos imágenes eucarísticas. Los discípulos tienen necesidad de alimentos pero han de consumirlos experimentando la presencia del resucitado en medio de ellos. Jesús resucitado aparece aquí como el anfitrión, igual que en la repartición de los panes. «Venid y almorzad». La actitud de los discípulos es de confusión, como es propio de la experiencia religiosa. No preguntan, pero ahora están seguros que es el Señor. Todo empieza en Galilea.