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Aporte Ecológico a la homilía del domingo

  •   Domingo Abril 24 de 2016
  •   Aporte ecológico a la Homilía del Domingo
  •    Alejandro Londoño Posada, S.J.

En la primera lectura se presenta el viaje misionero de Pablo y Bernabé “para animar a los discípulos y recomendarles que se mantuvieran firmes en la fe. Porque, como les decían, es necesario pasar por muchas tribulaciones para entrar al Reino de Dios” (Hechos 14,22).

En la Nueva Jerusalén del Apocalipsis no habrá llanto, ni muerte, ni luto, ni dolor. Allí será el premio por los trabajos y fatigas. Será el premio por cumplir el nuevo mandamiento de amarse unos a otros como yo Él los ha amado.

El evangelio de Juan, al final, explicita más ese mandato: ”La señal por las que todos reconocerán que son mis discípulos, será el amor que tengan unos por otros “ (Juan 13, 35).

Valdría entonces la pena pensar un poco en el trabajo de otros hermanos, estos por desgracia no bien reconocidos, como deseaba Jesús. Son nuestros hermanos campesinos que han dedicado su tiempo y sus sudores para ofrecernos el trigo con que fabricamos las hostias y los racimos de uvas, de las vides que siembran y cosechan para darnos el vino de consagrar. Más aún, mirándolo desde otro aspecto, nos dan lo mejor de los alimento de nuestras mesas.

Mientras no volvamos a valorar el trabajo de estas personas, no lograremos la paz del país. No es lo mismo trabajar una parcela propia y buscar el alimento para la familia con la recolección e intercambio de los frutos cosechados, con esfuerzo y con paz, que lo que por desgracia estamos constatando en la vida actual del campo.

Es triste ver y oír a grandes políticos y empresarios llamar “comunistas” a tantos campesinos que fueron despojados de sus tierras por la guerrilla y sobre todo por los paramilitares y que ahora desean se les devuelva ésta para tener con qué alimentar a sus hijos.

Conviene también pensar este domingo en esas grandes haciendas de monocultivos, en los cuales los campesinos no pasan de ser unos asalariados que viven, incluso a veces, en las peligrosas cuencas de los ríos, cuyas crecientes hemos visto cómo no solo los amenazan, sino que los sepultan.

Triste también contemplar los campos dedicados al cultivo de coca con las consecuencias doblemente desastrosas: daño en los ecosistemas y envenenamiento de los niños y jóvenes en las ciudades.

Igualmente triste ver al campo destrozado por la minería extractiva, que nunca ha favorecido a los habitantes de estos lugares, pues donde predomina, siguen reinando la pobreza, el licor y la prostitución. Y también, triste pensar en la destrucción de los bosques y la contaminación de las aguas.

Pidámosle al Señor nos conceda ver de nuevo muchas extensiones del campo habitadas por sencillos campesinos que cultivan con amor la tierra.