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Pistas para la homilía

  •   Domingo Mayo 22 de 2016
  •   Pistas para la Homilía del Domingo
  •    Jorge Humberto Peláez Piedrahita, S.J.

• Lecturas:
- Libro de los Proverbios 8, 22-31
- Carta de san Pablo a los Romanos 5, 1-15
- Juan 16, 12-15

• Hoy celebra la liturgia la fiesta de la Santísima Trinidad, misterio central de la Revelación. Esta iniciativa de Dios de dar a conocer su plan de salvación a través de los acontecimientos de un pueblo particular, el pueblo de Israel, se inicia con el llamado que Dios hace a Abrahán, a quien reconocemos como nuestro padre en la fe. Dios lo escoge a él y a sus descendientes como destinatarios de una promesa y establece una alianza o relación particularísima que se sintetiza en las expresiones: “Yo seré tu Dios y tú serás mi pueblo”. En los libros del Antiguo Testamento se nos relata cómo fue manifestándose Dios a este pueblo de dura cerviz.

• Con Abrahán se empieza a escribir un capítulo absolutamente original en la historia espiritual de la humanidad. Hasta ese momento, los pueblos reconocían la existencia de unos poderes superiores a los que adoraban, y cuya benevolencia querían asegurar mediante la celebración de ritos y sacrificios. En la mayoría de los casos, estas divinidades se asociaban con los fenómenos de la naturaleza. La alianza singularísima que Yahvé establece con Abrahán marca una ruptura, pues el Dios de la Alianza es único, trascendente, personal. No es una fuerza ciega o el azar, sino un Dios que crea por amor y hace al hombre a su imagen y semejanza.

• Cuando llega la plenitud de los tiempos, el Hijo Eterno de Dios se hace hombre. Aparece, entonces, en una aldea perdida del oriente, Jesús, que será el revelador del Padre. A través de sus enseñanzas, y de su vida, pasión, muerte y resurrección, nos dirá que Dios, en su realidad más profunda e insondable, es Padre, Hijo y Espíritu Santo. La fiesta de este domingo nos invita a hacer un alto en el camino para meditar sobre el significado de lo que nos ha revelado Jesús.

• Este pedagogo insuperable nos explica mediante parábolas como la del hijo pródigo, la vid y los sarmientos, etc., que Dios es padre amoroso, nos comunica su vida divina, y quiere que seamos sus hijos y coherederos con Cristo. En medio de su aparente sencillez, las parábolas de Jesús nos descubren un horizonte insospechado. Cada vez que las meditamos descubrimos vetas nuevas de espiritualidad.

• Jesús es el revelador del Padre. Las palabras que Él nos comunica son las que el Padre le ha confiado. Nadie ha visto al Padre, pero quien ha visto y escuchado al Hijo, ha visto y escuchado al Padre. Y antes de regresar al Padre, Jesús resucitado anuncia a sus discípulos el gran regalo de la Pascua: el Espíritu Santo descenderá sobre la comunidad de los discípulos, y acompañará a su Iglesia hasta el fin de los tiempos. A través de sus dones, el Espíritu Santo nos confirma en la fe, nos anima, nos consuela, nos orienta. Pentecostés es, pues, la plenitud de este proceso de auto-manifestación de Dios a la humanidad. Allí se manifiesta en su esplendor ese Dios que es Padre, Hijo y Espíritu Santo. Así culmina este largo camino que se inició con el llamado que Dios hizo a Abrahán.

• Si nosotros ponemos en práctica las enseñanzas de Jesús, ese Dios que es Padre, Hijo y Espíritu Santo habitará en nosotros. En lo más profundo de nuestro yo podremos hablarle, manifestarle nuestras tristezas y alegrías, pedirle su gracia. Así nuestra pobre y limitada existencia se convierte en morada de la divinidad. De ahí la profundidad del Salmo 8 que acabamos de recitar: “Cuando contemplo el cielo, obra de tus manos, la luna y las estrellas que has creado, me pregunto: ¿Qué es el hombre para que de él te acuerdes, ese pobre ser humano para que de él te preocupes? Sin embargo, lo hiciste un poco inferior a los ángeles, lo coronaste de gloria y dignidad; le diste el mando sobre las obras de tus manos, y todo lo sometiste bajo sus pies”.

• La Santísima Trinidad marca el ritmo de nuestra existencia como creyentes desde entramos a formar parte de la comunidad de fe y fuimos bautizados “en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo”. Cuando hacemos la señal de la cruz al comenzar el día y antes de dormir, estamos expresando nuestra fe en ese Dios trinitario. Y el camino que nos conduce al misterio más profundo de Dios es Jesucristo; mientras más lo conozcamos y lo amemos, más penetraremos en el misterio insondable de Dios.

• Que esta fiesta de la Santísima Trinidad nos ayude a descubrir la riqueza de una espiritualidad trinitaria. Que tengamos el recogimiento necesario para poder encontrarnos, en el silencio interior, con ese Dios trinitario que habita en lo más profundo de nuestro ser. La Plenitud de Ser, de la Verdad y del Amor ha querido habitar en nosotros, frágiles vasijas de barro.