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Pistas para la homilía

  •   Domingo Mayo 29 de 2016
  •   Pistas para la Homilía del Domingo
  •    Jorge Humberto Peláez Piedrahita, S.J.

Fiesta del Cuerpo y Sangre de Cristo.

El rico simbolismo del pan.

Lecturas:

  • Libro del Génesis 14, 18-20
  • I Carta de san Pablo a los Corintios 11, 23-26
  • Lucas 9, 11b-17

Hoy celebra la liturgia la fiesta del Cuerpo y Sangre de Cristo; entre los fieles tradicionales, se la conoce por su nombre en latín: fiesta del Corpus. Esta celebración es una invitación para reflexionar sobre el maravilloso regalo que nos hizo el Señor, pocas horas antes de empezar la pesadilla de su pasión. El pan eucarístico, que guardamos con devoción en nuestras iglesias y capillas, es un modo de presencia del Señor en medio de la comunidad.

Para comenzar nuestra meditación dominical, los invito a fijar la atención en un producto básico, que está en la dieta diaria de los pueblos de la tierra. Me refiero al humilde pan, elemento esencial para conservar la vida. Cuando los medios de comunicación nos muestran las desgarradoras escenas de los campos de refugiados, contemplamos las manos extendidas de estas víctimas inocentes de la guerra, que buscan con desesperación un pedazo de pan. Carecer de un trozo de pan y de un poco de agua es estar condenado a morir. No pensemos que estas escenas sólo se dan en el próximo oriente, con las migraciones forzadas por la violencia en Siria. En nuestro país, en la Guajira, los niños se mueren de desnutrición porque los corruptos se robaron el dinero de los contratos de alimentación. Es cruel el contraste entre la cultura del descarte, fuertemente criticada por el Papa Francisco, y el drama del hambre en el mundo. Iniciamos, pues, nuestra meditación en esta fiesta del Cuerpo y Sangre de Cristo, recordando que el humilde pan es esencial para la conservación de la vida.

Demos un paso adelante. Compartir el pan es una de las expresiones más nobles de la solidaridad; es preocuparse por el otro. En el relato evangélico de la multiplicación de los panes, que acabamos de escuchar, el texto nos relata la acción milagrosa de Jesús, que multiplicó cinco panes y dos pescados, y así pudo alimentar a una multitud hambrienta. El mundo sería diferente si fuéramos sensibles ante el dolor humano, y pusiéramos los medios a nuestro alcance para aliviarlo. Vemos, así, que el pan no solo es un elemento básico para la conservación de la vida, sino que compartirlo es expresión de solidaridad y humanidad.

En tercer lugar, el pan tiene un significado de encuentro. La familia y los amigos nos sentamos alrededor de la mesa para celebrar los momentos especiales de la vida: nacimientos, bodas, cumpleaños, alianzas y negocios. En estos encuentros, la palabra juega un papel importantísimo. Es lamentable que la mesa del comedor esté perdiendo su sentido como lugar de encuentro de la familia. Se come a las carreras, mientras se tienen los ojos puestos en la pantalla del teléfono celular, pues somos incapaces de despegarnos de las redes sociales, que nos tienen atrapados.

Hay una cuarta significación del pan, y es el papel que ha desempeñado en la vida religiosa de los pueblos. En relato del libro del Génesis que acabamos de escuchar, aparece Melquisedec, rey de Salem, quien era sacerdote de Dios altísimo, que presenta unas ofrendas de pan y vino.

Hace pocos días regresé de China, donde tuve la oportunidad de visitar templos budistas. Allí observé, con profundo respeto, cómo los budistas devotos quemaban incienso, hacían sus oraciones y llevaban alimentos que depositaban sobre los altares en los que honran a Buda. Vemos así que el pan también tiene una significación religiosa como ofrenda sobre el altar.

Todos estos significados del pan (como alimento, expresión de solidaridad, lugar de encuentro y ofrenda religiosa) convergen en la celebración eucarística, descrita por el Concilio Vaticano II como “cumbre y fuente de la vida cristiana”. El Señor nos invita a sentarnos a su mesa para escuchar su Palabra y alimentarnos con el Pan de Vida y el Cáliz de Salvación. Cuando participamos en la eucaristía alimentamos nuestra vida interior; sin ese pan espiritual desfallecemos. Es el espacio para escuchar juntos la Palabra de Dios, celebrar nuestra fe en un Padre común, alabar al Señor y pedir su gracia. Al participar en la eucaristía celebramos el memorial de la Pascua del Señor. Hoy nos lo recuerdan las elocuentes palabras de Pablo en su I Carta a los Corintios: “Cada vez que ustedes comen de este pan y beben de esta cáliz, proclaman la muerte del Señor, hasta que vuelva”. Finalmente, la eucaristía debe impactar la convivencia social, generando una dinámica de solidaridad. Debemos compartir con los demás, en particular con los más pobres, lo que somos y tenemos.

Que esta fiesta del Cuerpo y Sangre de Cristo nos sirva para ver con ojos diferentes la misa dominical. No se trata de cumplir con un precepto, sino que participamos en un encuentro de honda significación, que nos fortalece interiormente y construye comunidad.