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Aporte Ecológico a la homilía del domingo

  •   Domingo Junio 05 de 2016
  •   Aporte ecológico a la Homilía del Domingo
  •    Alejandro Londoño Posada, S.J.

Hoy celebramos el primer domingo de junio, Día del Medio Ambiente y este cae el día 5, Día del Campesino. En el evangelio se nos habla de Naín, una población pequeña, campesina. Se nos narra el dolor de una viuda cuando llevaban a enterrar s su hijo único.

Es una buena oportunidad para pensar en el dolor y en la alegría, momentos que vivió esta viuda antes y después de que Jesús le dijo “No llores más” (Lucas 7, 13). Qué bueno pedir para que nuestro país pueda decir por fin a nuestros campesinos: “No lloren más” .

La paz es de las palabras más breves de nuestro vocabulario, pero en Colombia llevamos 50 años sin poderla pronunciar. Y las principales víctimas de esta falta de Paz, son los campesinos. Ellos nos están contando ahora cómo los han despojado de sus tierras, por la ambición y codicia de quienes sólo han pensado en ejercer el verbo poseer, considerando todo como propio en un sentido estricto.
Nos dirán, por el contario, cómo en último término el propietario es Dios, quien dejó a los hombres la tierra como usufructo, pero no como propiedad absoluta.

Cuántos campesinos nos podrían mostrar a los actuales propietarios de sus parcelas, bien sean guerrilleros, paramilitares o hacendados aparentemente sanos y con títulos de propiedad “legítimos”, como a unos dioses, dueños absolutos de lo que era de ellos y de lo que cultivaban.

En realidad encontramos que muchas de estas tierras no están cultivadas o sólo se emplean para cultivos extensivos o para ganadería, para lo cual han tenido que acabar con fueron bellos ecosistemas, cuidados antes por campesinos.

Esta realidad hace gritar al campesino, algo así como hacía la viuda de la casa en que se alojaba Elías: “Déjame en paz, hombre de Dios. ¿Viniste a mi casa para que Dios se fijara en mis pecados y por ellos hiciera morir a mi Hijo?” (I Reyes, 17, 3).

Quiera Dios que recuperemos la paz, para que nuestros “Naínes” - nuestros poblados campesinos - puedan sentir que sus habitantes quedan asombrados y empiecen con más fuerza a alabar a Dios que resucitó sus esperanza, como nos narra Lucas al final del evangelio que los hicieron los habitantes de aquel Naín de Galilea.