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Pistas para la homilía

  •   Domingo Junio 05 de 2016
  •   Pistas para la Homilía del Domingo
  •    Jorge Humberto Peláez Piedrahita, S.J.

Seamos ministros de la misericordia de Dios

-Lecturas:

- I Libro de los Reyes 17, 17-24
- Carta de san Pablo a los Gálatas 1, 11-19
- Lucas 7, 11-19

La liturgia de este domingo propone a nuestra consideración la resurrección de dos jóvenes cuya muerte había causado un profundo dolor a sus madres. Podemos imaginar el revuelo que estos dos hechos suscitaron entre los vecinos y familiares, y las interpretaciones más diversas. Al leer estos relatos, siglos después, debemos evitar hacer una relectura sensacionalista; exploremos su profundo significado teológico. Estos dos hechos extraordinarios son manifestación de la misericordia de Dios, que actúa a través de Elías (primera lectura) y Jesús (evangelio). El Papa Francisco no cesa de recordarnos que el nombre de Dios es misericordia, y que la plenitud de su amor misericordioso se manifestó en Jesús, que pasó haciendo el bien. Y nosotros, sus seguidores, debemos continuar este ministerio de la miserocirdia con todos los que sufren.

Para profundizar en el significado teológico de estos dos milagros de resurrección, los invito a avanzar en tres momentos: 1) ver atentamente; 2) hacer una lectura de los acontecimientos; 3) actuar en la medida de nuestras posibilidades.

Empecemos, pues, por ver atentamente lo que sucede a nuestro alrededor:

- Muchas personas viven encerradas dentro de las murallas de su propio yo. Sólo piensan en su beneficio personal. Exigen que les respeten sus derechos, pero no tienen interés en cumplir con sus deberes con los demás, con el medio ambiente y con la marcha general de la sociedad. Cuando tienen un problema, pretenden que todos dejen lo que tienen que hacer para acudir a ayudarlos y ponerse a su disposición. Estas personas, cuyas vidas están centradas en el yo, arrastran unas vidas estériles.

- La vida cambia de perspectiva cuando abrimos los ojos y descubrimos a los que viven junto nosotros, cada uno llevando a sus espaldas una mochila de ilusiones y preocupaciones. El drama de estas dos madres que han perdido a sus hijos representa el dolor de millones de seres humanos que viven en condiciones aterradoras de pobreza, violencia y exclusión social.

Demos un paso adelante y hagamos una lectura teológica sobre el significado de los hechos de dolor que nos rodean, y que diariamente están presentes en los medios de comunicación. No podemos acostumbrarnos al dolor humano; es posible que nuestra conciencia se vaya anestesiando a medida que leemos, una y otra vez, las noticas de secuestros, violaciones y asesinatos de mujeres, etc. Sería lamentable que estas tragedias se convirtieran en una estadística más. El dolor de estas dos madres de los relatos bíblicos es único. Su tristeza es infinita. Sus lamentos fueron escuchados por dos seres de gran sensibilidad, Elías y Jesús.

¿Cómo modificar la inhumana indiferencia de la sociedad ante el dolor de los más vulnerables? El camino más adecuado es la educación. Esto significa que no podemos educar a los niños y a los jóvenes dentro de una burbuja que los aísle del mundo exterior. La sensibilidad social debe cultivarse desde los primeros años, de manera que las nuevas generaciones comprendan que hay millones de niños que carecen de las más elementales condiciones de humanidad. Los niños y jóvenes deben aprender a compartir. Por eso, en los colegios y universidades hay que favorecer el conocimiento de las condiciones de pobreza y exclusión de millones de seres humanos. Los escenarios son innumerables; lo que se necesita es creatividad y voluntad; existen las posibilidades del voluntariado, la alfabetización, las prácticas sociales, los campamentos – misión, los trabajos de campo, etc.

En esta meditación dominical sobre la situación vivida por dos madres que recuperaron a sus hijos que les habían sido arrebatados por la muerte, hemos tomado conciencia de lo que implica ver atentamente lo que sucede a nuestro alrededor, saliendo de las murallas de nuestro egoísmo, y después nos hemos preguntado por su significado: el dolor humano no puede ser leído como simples números dentro de unas estadísticas sobre la pobreza y la violencia. El drama de cada ser humano es único. Debemos sensibilizarnos. Por eso se nos presenta el reto de ayudar a formar la conciencia moral de los niños y los jóvenes. Esta formación de la sensibilidad social no se logra mediante discursos teóricos sino mediante experiencias que permitan entrar en contacto directo con la Colombia real.

Para terminar nuestra meditación dominical, tenemos que reconocer que no es suficiente con ver atentamente lo que sucede a nuestro alrededor y preguntarnos por su significado. Debemos dar un paso adelante para actuar en la medida de nuestras posibilidades. Siempre es posible hacer algo para aliviar el dolor de nuestros hermanos. Siempre es posible una sonrisa, una palabra de aliento, un gesto de solidaridad. Hay muchas formas de aliviar el dolor humano. Ciertamente no tenemos el poder de Elías o de Jesús para resucitar muertos. Pero sí podemos devolver la esperanza a quienes la han perdido. Recordemos que hemos sido hechos a imagen y semejante de Dios-misericordia y debemos actuar en consecuencia.