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Aporte Ecológico a la homilía del domingo

  •   Domingo Junio 26 de 2016
  •   Aporte ecológico a la Homilía del Domingo
  •    Alejandro Londoño Posada, S.J.

Tomemos la primera parte del Evangelio de hoy donde se nos habla de la caminata que emprende Jesús y apliquémosla a nuestras caminatas.

Cualquier día encontramos en los terminales de buses o aeropuertos, centenares de pasajeros con sus maletas, dispuestos a emprender viajes o paseos. Algunos, por una necesidad urgente, otros por negocio y muchos para visitar parientes o amigos. En el caso de Jesús, va a Jerusalén, pero su camino pasa por donde los samaritanos.

Recordemos algunos paseos ordinarios. En más de una ocasión, hemos observado gente que se sube a un bus y en trayectos de más de 5 horas, ni se le ocurre correr la cortina de la ventana para contemplar el paisaje. Por el contrario, es tan reconfortante ver familias interesadas en provechar los viajes para educar a los hijos en cuanto al disfrutar de la Creación de Dios y gozar de la naturaleza.

Algunas veces, la gente va consumiendo alimentos “chatarra” y arroja después los papeles y envolturas a la carretera. En otros casos, habrá gente tan conformista, que no protesta y permite que proyecten películas violentas o pornográficas, así vayan acompañados de sus hijos.

Con solo ojear cualquier periódico o revista nos encontramos con infinidad de propuestas turísticas. En países pobres como los nuestros, abunda la propaganda de excursiones al extranjero. Se disfraza la invitación acompañándola con la preposición ECO: Eco-turismo, Eco-excursiones, Eco-cruceros. Irónico eso de apelar a lo económico de tales viajes. Se está abusando de una pariente que lleva el mismo prefijo: eco-nomía (buena administración de la casa).

Lo ideal sería que los turistas gozaran con la vista de nuevos paisajes, montañas, ríos, árboles. Da grima, pero no es así. Gran parte de los viajeros ven, algunos son capaces hasta de mirar. Pero muy pocos son capaces de admirar. Por eso da pena pensar con qué facilidad hablamos de contemplar la naturaleza, cuando ni siquiera la miramos y menos aún la admiramos.

Decía Anthony de Mello: “Quien ve un árbol y sólo ve un árbol, no ve un árbol. Quien ve un árbol y ve un milagro, ese sí ve un árbol”. Esta frase es aplicable a los verdaderos viajes de turismo.

Se podría tomar también el segundo aspecto del evangelio: la invitación a caminar con Jesús sin condiciones, sin ninguna clase de privilegios. Más aún, con prontitud con el fin de responder a la misericordia de Dios y practicarla con los demás.

La caminata de los apóstoles les permitió en contacto con dos culturas, la judía y la samaritana. Nuestros viajes y paseos nos permiten entrar en contacto con realidades sociales y culturales que faciliten que la persona “adquiera aquella experiencia interior que lo conduce de la insensibilidad y la indiferencia al conocimiento mutuo y a la simpatía, de modo que no vea en los otros antagonistas, sino hermanos” (Francisco Zuluaga, S.J., Turismo Social, SPEC, pag. 14).