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Aporte Ecológico a la homilía del domingo

  •   Domingo Agosto 07 de 2016
  •   Aporte ecológico a la Homilía del Domingo
  •    Alejandro Londoño Posada, S.J.

El cuidado de la Creación forma parte del Amor a Dios y a los hermanos, que necesitan, como dice el evangelio de hoy, nuestra limosna, la cual no siempre es dinero. Es la ayuda, el apoyo en los momentos de necesidad. Así se puede afirmar que nuestro corazón no está en el dinero, en las ganancias, sino en el amor a los hermanos.

Y hablamos no sólo de los indígenas y de los campesinos, víctima de la avaricia de la megaminería y de todo tipo de extractivismo, sino ya de toda la humanidad amenazada por el cambio climático, el calentamiento global, la contaminación, etc.

Hace unos años hablar de Ecología era un hobby de algunos amigos de la Naturaleza o de unos místicos contemplativos de la Creación. En la primera categoría se contaba un puñado de personas amigas de las flores, los árboles, los bosques o las caminatas por estos lugares.

En la segunda, los místicos, aquellos para los cuales era un camino muy especial de ir a Dios. Aquí podríamos nombrar a San Francisco de Asís, Juan de la Cruz, la Madre Laura Montoya, canonizada por su entrega a los indios y también por su mística ecológica.

Pasemos ahora la parte final del evangelio sobre quién es el amo fiel, el servidor dichoso. Hoy son las personas que se preocupan por el cambio social. No son los magnates interesados en el acaparamiento de aguas, de acuíferos, ríos, lagos y aguas subterráneas, los grandes millonarios se preparan para sacar provecho de la apropiación del agua en las próximas décadas.

Si alguien duda de esta aplicación del evangelio, compre en cualquier tienda de un barrio popular un frasco de agua y descubra aquello de “embotellada por Coca Cola”. Esa tienda puede estar colocada cerca de una límpida quebrada que baja de nuestras montañas, pero a pesar de esto nos empeñamos en mandarle plata a USA!

Si Jesús nos envió para llevar la paz, con razón debemos despertar a este letargo ambiental y levantarnos a luchar por las comunidades amenazadas. Y en un primer lugar por aquellas por donde está pasando la locomotora minera.

Y esa paz, debemos como cristianos transmitirla a todos nuestros hermanos no sólo con abrazos en las Misas, sino con luchas por la salud de los ecosistemas. Por exigir que el plebiscito por la paz se convierta en verdadera reforma agraria, donde el campesino no sea un “arrimado”, sino un pequeño propietario que pueda hacer producir la tierra y darnos a nosotros como limosna de los frutos de su labor.