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Pistas para la homilía

  •   Domingo Septiembre 04 de 2016
  •   Pistas para la Homilía del Domingo
  •    Jorge Humberto Peláez Piedrahita, S.J.

Conquistas y límites del conocimiento humano

Lecturas:
o Libro de la Sabiduría 9, 13-18
o Carta de san Pablo a Filemón 9b-10. 12-17
o Lucas 14, 25-33

El domingo anterior meditamos sobre la humildad, un tema que no es taquillero, pero que tiene a su favor conectarnos con la realidad, ya que la persona que posee esta virtud conoce sus fortalezas y debilidades, sus cualidades y límites.

Pues bien, el libro de la Sabiduría, que acabamos de escuchar, nos invita a seguir profundizando en la misma dirección, ya que aporta estimulantes reflexiones sobre los límites del conocimiento. En él leemos: “Los pensamientos de los mortales son inseguros y sus razonamientos pueden equivocarse, porque su cuerpo corruptible hace pesada el alma y el barro de que estamos hechos entorpece el entendimiento”.

Estas expresiones que evidencian los límites del conocimiento humano seguramente incomodarán a muchos científicos embriagados con las conquistas de la ciencia. Ciertamente, son impresionantes los avances en cuanto a la comprensión de los orígenes de la vida y del universo, como también en el campo de la biomedicina. Pero la alegría justificada por los logros obtenidos no debe desconectarnos de la realidad y perder el sentido de los límites, pues la amenaza de las armas de destrucción masiva (atómicas y biológicas), las pandemias y el fortalecimiento de las bacterias por el uso indiscriminado de los antibióticos, nos dicen que no se puede cantar victoria. Por eso los científicos, después de brindar por una nueva conquista, deberían añadir: “Solo sé que nada sé”, como diría Sócrates.

El autor del libro de la Sabiduría continúa con su reflexión sobre los límites de la ciencia y del conocimiento: “Con dificultad conocemos lo que hay sobre la tierra y a duras penas encontramos lo que está a nuestro alcance: ¿Quién podrá descubrir lo que hay en el cielo? ¿Quién conocerá tus designios, si tú no le das sabiduría, enviando tu santo espíritu desde lo alto?”

Hay preguntas que los científicos pueden resolver a través de la observación de los fenómenos naturales y utilizando potentes herramientas para el análisis de miles de variables. En el lenguaje académico de las Universidades ya son corrientes expresiones como big data y analytics, que describen herramientas que permiten que la enorme cantidad de datos que manejan las organizaciones se convierta en insumos para la toma de decisiones.

Pero hay otro tipo de interrogantes que, definitivamente, superan las posibilidades que ofrecen los laboratorios y el análisis de las bases de datos. Esta limitación del conocimiento humano la captó, hace muchos siglos, el autor del libro de la Sabiduría. Por eso pide esa sabiduría que proviene de Dios, que nos permite resolver los enigmas sobre el sentido de la vida, el misterio del más allá, la búsqueda insaciable de la verdad y del amor que está escrita en lo más profundo del ser humano. Por eso el autor sagrado exclama: “Solo con esa sabiduría los hombres lograron enderezar sus caminos y conocer lo que te agrada”.

Cuando llega la plenitud de los tiempos, la Palabra eterna de Dios se hace hombre. Jesucristo es quien nos revela el misterio de Dios en su perfecta unidad y trinidad. Él es el camino, la verdad y la vida. En Pentecostés, el Espíritu Santo nos permite comprender el sentido de la muerte y resurrección del Señor.

Como conclusión de estas reflexiones sobre el libro de la Sabiduría, debemos apoyar con entusiasmo las conquistas de la ciencia, pero sin caer en triunfalismos. ¡Sería tan ridículo como el atleta que participa en una maratón de 42 kilómetros, que piensa que ya ganó la medalla de oro porque va bien en los primeros 100 metros!

En el texto evangélico que acabamos de escuchar, Jesús presenta las condiciones para poder ser un auténtico discípulo suyo: “Si alguno quiere seguirme y no me prefiere a su padre y a su madre, a su esposa y a sus hijos, a sus hermanos y a sus hermanas, más aún, a sí mismo, no puede ser mi discípulo”. “Cualquiera de ustedes que no renuncie a todos sus bienes, no puede ser mi discípulo”.

Estas son palabras duras, desconcertantes. ¿Cuál es su alcance? Exactamente, ¿qué nos pide el Señor? Sería contradictorio con toda la tradición bíblica interpretarlas como una sub-valoración de los vínculos familiares, creados por el mismo Dios y santificados por el sacramento del matrimonio. Este texto nos está diciendo que en la agenda del creyente no pueden existir varios proyectos paralelos: no es que la familia y las relaciones afectivas vayan por un lado, y que Dios vaya por el otro, y cumplamos con Él dedicándole un poco de tiempo el domingo y alguna que otra oración atropellada cuando afrontamos una emergencia.

El proyecto de vida del creyente es único y consiste en buscar y hallar a Dios en todas las cosas, como lo dice san Ignacio de Loyola. Tenemos que buscar y hallar a Dios en nuestras relaciones familiares, en el trabajo y en nuestras acciones como ciudadanos. Cada día debemos esforzarnos en ser coherentes entre la fe que profesamos y lo que hacemos, porque se presentan mil factores que nos distraen de nuestro objetivo último, donde encontraremos la plenitud de nuestro ser. Es conflictos que se presentan en la convivencia social.

Los medios de comunicación han enfocado sus reflectores sobre los aspectos jurídicos y políticos del pos-acuerdo. Estamos en mora de reflexionar con seriedad sobre los aspectos éticos y educativos del pos-acuerdo, sin los cuales será imposible construir una paz duradera.

Desde la lógica humana es difícil comprender el perdón otorgado al rey David que había abusado de su poder y había escandalizado a su pueblo. Igualmente, es difícil comprender el perdón otorgado a esta mujer, que seguramente había destruido la estabilidad de muchos hogares. Pero la lógica del perdón de Dios es diferente. Su misericordia es infinita con el pecador que se arrepiente sinceramente.