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El mensaje del domingo

  •   Domingo Noviembre 27 de 2016
  •   El mensaje del Domingo
  •    Gabriel Jaime Pérez Montoya, S.J.

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: «Cuando venga el Hijo del hombre, pasará como en tiempo de Noé. Antes del diluvio, la gente comía y bebía y se casaba, hasta el día en que Noé entró en el arca; y cuando menos lo esperaban llegó el diluvio y se los llevó a todos; lo mismo sucederá cuando venga el Hijo del hombre: Dos hombres estarán en el campo: a uno se lo llevarán y a otro lo dejarán; dos mujeres estarán moliendo: a una se la llevarán y a la otra la dejarán.

Por tanto, estad en vela, porque no sabéis qué día vendrá vuestro Señor. Comprended que si supiera el dueño de casa a qué hora de la noche viene el ladrón, estaría en vela y no dejaría abrir un boquete en su casa. Por eso, estad también vosotros preparados, porque a la hora que menos penséis viene el Hijo del hombre.» (Mateo 24, 37-44).

1. El tiempo litúrgico del Adviento

Este domingo comienza el tiempo litúrgico del Adviento -término procedente del vocablo latino Adventus que quiere decir advenimiento-, en el que nos preparamos para conmemorar la venida de Dios a la tierra en la persona de Jesús de Nazaret desde su nacimiento hace poco más de veinte siglos.
Para quienes creemos en Jesucristo, su acción salvadora sigue aconteciendo en nosotros en la medida en que nos disponemos a recibirla porque nos reconocemos necesitados de Él. Por eso se nos invita en este tiempo del Adviento a prepararnos para que Jesús venga a nosotros en la Navidad, acogiéndolo en nuestros hogares, en nuestros lugares de trabajo, y sobre todo en nuestros corazones, en el interior de cada uno y cada una de nosotros, de modo que su presencia espiritual nos transforme y nos renueve.

Asimismo, el tiempo litúrgico del Adviento nos remite a la venida gloriosa del Señor al final de los tiempos, que se cumplirá para cada uno de nosotros cuando pasemos de esta vida a la eterna. Por eso en el Adviento se nos invita a estar preparados para ese encuentro definitivo con el Señor, y a expresar, desde nuestra fe en Él, la esperanza en un porvenir de felicidad plena y eterna que Él mismo ha hecho posible para todos.

2. La Corona del Adviento, un símbolo que expresa la esperanza vigilante

La tradición cristiana ha conservado desde hace mucho tiempo un símbolo para esta época, llamado la “Corona del Adviento”: un círculo de ramas verdes del que surgen varias velas: cuatro que se van encendiendo cada uno de los cuatro domingos inmediatamente anteriores a la fiesta litúrgica de la Navidad, y una quinta de color blanco que representa a Jesús y se enciende en la noche del 24 de diciembre. Hay variaciones en este símbolo, pero lo esencial es el significado de una tradición secular que podemos seguir en nuestros hogares para expresar el espíritu propio del Adviento, que se centra en la esperanza.

3. Las lecturas de este I Domingo de Adviento nos invitan a una esperanza activa

Un personaje bíblico significativo del Adviento es el profeta Isaías, quien vivió en Jerusalén entre los años 765 y 700 a. C., cuya predicación corresponde a los primeros 39 capítulos del libro del Antiguo Testamento que lleva su nombre. (Los demás, del 40 al 66, son de otros autores posteriores de la misma escuela profética, llamados el segundo y el tercer Isaías). En la primera lectura bíblica de este primer domingo del Aviento (Isaías 2, 1-5), empleando simbólicamente la imagen del monte Sión en Jerusalén -nombre que significa “lugar de paz”-, el profeta anuncia un porvenir en el que la humanidad caminará a la luz del Señor por senderos de justicia y de convivencia pacífica. Los creyentes en Jesucristo reconocemos que en Él se ha iniciado la posibilidad del cumplimiento de esta promesa, que se hará realidad en la medida en que sigamos sus enseñanzas. Si hoy continúa la violencia en múltiples formas, esto se debe a que tales enseñanzas no han sido atendidas.

- En el Evangelio (Mateo 24, 37-44), Jesús anuncia su propio advenimiento definitivo llamándose a sí mismo “el Hijo del hombre”, término que aparece en el libro de Daniel, otro profeta bíblico que vivió en tiempos del rey Nabucodonosor durante el destierro de los judíos en Babilonia -602 a 538 a.C.-, aunque el libro fue escrito a mediados del siglo II a.C. y en el que se relata así la profecía de Daniel: “Vi que venía entre las nubes alguien parecido a un hijo de hombre (…), y le fue dado el poder, la gloria y el reino, y gente de todas las naciones y lenguas le servían (…) y su reino jamás será destruido” (7, 13-14). Recurre Jesús asimismo a otras imágenes, como la de quien cuida en la noche su casa para que no sea asaltada, invitándonos a permanecer vigilantes de modo que, cuando llegue el día de nuestro encuentro definitivo con Él, estemos debidamente preparados. Para ello se remite a la imagen bíblica del arca de Noé en tiempos del diluvio, según el relato que aparece en el libro del Génesis del Antiguo Testamento, mediante el cual se nos invita a reconocer la acción salvadora de Dios que hace posible una nueva creación para quienes permanecen fieles a él, representados en la figura de Noé y su familia.

Y también la palabra de Dios a través del apóstol San Pablo, en la segunda lectura de hoy tomada de su carta a los primeros cristianos de Roma (Romanos 13, 11-14), nos invita a estar bien despiertos, para que el encuentro definitivo con el Señor en la eternidad no nos sorprenda desprevenidos. La imagen del contraste entre la noche y el día, entre las tinieblas y la luz, indica cómo debe ser esta preparación: desechando de nuestra vida la oscuridad del egoísmo que es el origen de todo pecado, para caminar en la luz del amor y de la gracia de Dios, con la dignidad propia de nuestra condición de hijos suyos, a imagen y semejanza de su Hijo Jesucristo.