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El mensaje del domingo

  •   Domingo Diciembre 18 de 2016
  •   El mensaje del Domingo
  •    Gabriel Jaime Pérez Montoya, S.J.

El nacimiento de Jesucristo fue de esta manera: María, su madre, estaba desposada con José y, antes de vivir juntos, resultó que ella esperaba un hijo por obra del Espíritu Santo. José, su esposo, que era justo y no quería denunciarla, decidió repudiarla en secreto. Pero, apenas había tomado esta resolución, se le apareció en sueños un ángel del Señor que le dijo: -«José, hijo de David, no tengas reparo en llevarte a María, tu mujer, porque la criatura que hay en ella viene del Espíritu Santo. Dará a luz un hijo, y tú le pondrás por nombre Jesús, porque él salvará a su pueblo de los pecados.»

Todo esto sucedió para que se cumpliese lo que había dicho el Señor por el Profeta: «la Virgen concebirá y dará a luz un hijo y le pondrá por nombre Emmanuel, que significa "Dios-con-nosotros".» Cuando José se despertó, hizo lo que le había mandado el ángel del Señor y se llevó a casa a su mujer (Mateo 1, 18-24).

Las acciones de Dios son misterios que la razón y el lenguaje humanos no alcanzan a abarcar y que sólo podemos acoger desde la fe. Uno de ellos es el misterio de la Encarnación o humanización de Dios en el seno virginal de María santísima.

1. La señal profética anunciada por Isaías: “Dios-con-nosotros”

El Evangelio de hoy evoca una profecía proclamada 700 años antes de Cristo y que anunciaba el nacimiento futuro de un hijo que sería concebido por una virgen. Esta profecía aparece en la primera lectura, tomada del libro de Isaías (7, 10-14). El hijo anunciado es llamado Emmanu-El (que en hebreo significa Dios con nosotros). El término El es la denominación bíblica más antigua de Dios. El Emmanu-El es Dios en persona que vendría en la persona de Jesús, haciéndose igual a los seres humanos en todo, menos en el pecado (Hebreos 4,15).

El mismo Evangelio, al referirse al hijo que iba a nacer de María, presenta al ángel o mensajero de Dios diciéndole a José: le pondrás por nombre Jesús, porque él salvará a su pueblo de los pecados. En hebreo el nombre Yahoshua (Jesús) significa precisamente “Yahvé salva”. Y esto es justamente lo que vino a hacer en la tierra el Dios-con-nosotros.

2. La visión de José: una invitación a la fe, más allá de lo visible

El relato del Evangelio según san Mateo está escrito en la perspectiva de José, y tal como también lo hace el de san Lucas, escrito en la perspectiva de María, nos presenta la encarnación de Dios hecho hombre como un acontecimiento realizado por obra del Espíritu Santo. Y lo que quiere decir Mateo a través del anuncio del ángel a José es que en la vida de aquel humilde carpintero de Nazaret se inició un proceso que lo llevó a reconocer y acoger desde la fe el misterio de la acción de Dios.

El Papa Francisco en una de sus homilías se refirió así a este pasaje del Evangelio: “José quería mucho a su prometida, y ella se había ido al encuentro de su prima (Isabel) para ayudarle, y cuando regresa se ven los primeros signos de la maternidad. José sufre, ve a las mujeres de la aldea que murmuran en el mercado. Y sufriendo se dice a sí mismo acerca de María: «Esta mujer es buena, yo la conozco. Es una mujer de Dios. Pero ¿qué me ha hecho? ¡No es posible! Pero yo tengo que acusarla y ella será lapidada. Le dirán a ella todo tipo de cosas. Yo no puedo poner este peso sobre ella, sobre algo que no conozco, porque ella es incapaz de la infidelidad». José decide entonces cargar el problema sobre sus hombros (...) para proteger a su esposa” (La historia somos nosotros, Casa de santa Marta, Roma -Vaticano-, 18 de diciembre de 2014).

José se nos muestra así como modelo del hombre justo que, sin entender lo que acontece, se pone desde la fe en las manos de Dios, rechazando la tentación de juzgar y condenar a su prometida. A una actitud similar somos invitados también nosotros, no sólo para no juzgar y condenar a priori a los demás, sino además para aceptar desde la fe el misterio de la virginidad de María, que va más allá de la afirmación de un fenómeno biológico, dado que el acontecimiento de la Encarnación no proviene del querer humano, sino de la voluntad divina. Este es el sentido de la evocación que hace Mateo del anuncio profético de Isaías -“El Señor, por su cuenta, les dará una señal: la Virgen concebirá y dará a luz un hijo…”-, y que corresponde a su vez a lo que afirmaría más tarde el Evangelio según san Juan: “a quienes lo recibieron y creyeron en él, les concedió el privilegio de llegar a ser hijos de Dios. Y son hijos de Dios, no por la naturaleza ni los deseos humanos, sino porque Dios los ha engendrado” (Juan 1, 12-13).

3. La Encarnación: un proceso que culmina en la Resurrección

El apóstol san Pablo, en su carta a los cristianos de Roma (Romanos 1, 1-7), indica el contenido central de lo que él denomina el Evangelio -la Buena Noticia- de Dios: “su Hijo Jesucristo, Nuestro Señor, quien nació como hombre de la descendencia de David, pero a partir de su resurrección fue constituido Hijo de Dios con plenos poderes, según el Espíritu santificador”. Dice la nota de la traducción de la Biblia titulada Dios habla hoy, que “Pablo distingue en Jesucristo dos aspectos: como hombre (literalmente según la carne), era descendiente del rey David y cumplía con las expectativas proféticas de los textos bíblicos respecto del Mesías (Mateo 1, 1; Lucas 3, 23-32); pero después de su pasión y muerte redentora en la cruz, a partir de su resurrección empezó para Él un nuevo modo de ser y de actuar: se convirtió en fuente de santificación para los hombres, mediante el Espíritu Santo, y comenzó a ejercer los plenos poderes de Hijo de Dios (Hechos de los Apóstoles 2, 32-33)”.

Esto quiere decir que el misterio de la Encarnación es el inicio de un proceso por el cual Dios se fue revelando en la humanidad de Jesucristo hasta llegar a la manifestación plena de esta revelación en el acontecimiento de su Resurrección gloriosa, que haría posible el envío del Espíritu Santo a todos los que íbamos a creer en su Evangelio para hacernos también con Él hijos de Dios y partícipes de su vida nueva.

Renovemos, pues, en este último domingo del Adviento, nuestra fe en Jesucristo como el Dios-con-nosotros precisamente porque ha querido compartir nuestra humanidad para hacernos partícipes de su gloria y de su divinidad, y pidámosle, por intercesión de María santísima y de san José, que aumente en nosotros esa misma fe, poniéndonos en sus manos especialmente en lo momentos oscuros y difíciles de nuestra vida.-