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Aporte Ecológico a la homilía del domingo

  •   Domingo Diciembre 25 de 2016
  •   Aporte ecológico a la Homilía del Domingo
  •    Alejandro Londoño Posada, S.J.

En un pesebre de Francia, en la ciudad de Provenza se observa un pastor un tanto raro. Tiene las manos vacías y el rostro lleno de asombro. Por eso la gente lo llama “El Asombrado”. Cuentan que en la primera nochebuena, los demás pastores de Belén se disgustaron con él, porque no llevaba ningún regalo al niño Dios, y le dijeron: -¿Qué, no te da pena? ¿Quieres ver al niño Dios y no le regalas nada?

El Asombrado no les hacía caso; sólo miraba y miraba embelesado al niño Dios. Como los demás pastores seguían molestándolo, la virgen María tomó su defensa: - No es cierto que el Asombrado haya llegado aquí con las manos vacías; él trae al niño Dios el regalo más valioso: es su asombro por el increíble amor de Dios. Eso es lo que lo tiene abismado.

Y la virgen María concluyó: El mundo seguirá siendo maravilloso mientras haya personas que sean capaces, al igual que este pastor, de asombrarse”.

Es lo que nos falta con frecuencia a nosotros en Navidad: asombrarnos. Primero ante la Creación y después ante el misterio de la Encarnación. Adornamos el pesebre con seres de la naturaleza: arbolitos, lagos, patos, con el burro y el buey. Pero la pregunta, saliéndonos del salón del pesebre es: ¿Salimos a contemplar la Naturaleza?

Qué bueno sería, cuando salgamos al campo, que no sólo veamos los árboles y demás obras de la naturaleza, sino que los miremos, más aún que los admiremos. Da tanto gusto organizar una caminata ecológica con personas que tienen esa capacidad de admirar la obra de Dios.

Lo mismo diríamos de las horas que pasamos mirando diferentes pesebres familiares o parroquiales. ¿Es sólo por curiosidad para ver qué hicieron los responsables de hacerlo? ¿O son momentos de oración, de gratitud a Dios por darnos Jesús como salvador?

San León Magno, nos invita a centrarnos en la alegría y esperanza que inspiran estos momentos: “Nuestro Salvador, amadísimos hermanos, ha nacido hoy; alegrémonos. No puede haber, en efecto, lugar para la tristeza, cuando nace aquella vida que viene a destruir el temor de la muerte y a darnos la esperanza de una eternidad dichosa” (“La Natividad del Señor”, 13. Padres Latinos 54, p.190).

El gran San Bernardo acude a la bella comparación de un saco lleno de regalos, para describirnos los frutos de este misterio: Dios Padre “ha enviado a la tierra algo así como un saco lleno de misericordia; un saco, diría, que se romperá en la pasión, para que se derrame aquí el precio de nuestro rescate, que él contiene; un saco que si bien es pequeño, está totalmente lleno. En efecto, un niño se nos dado, pero en este niño habita toda la plenitud de la divinidad” (Sermón 1, en la Epifanía, 12, Padres Latinos 133, 142).

Ahora, lo importante es que nosotros también merezcamos ese simpático y espiritual apelativo de admirados, cuando vivamos estos momentos en la Navidad o cuando rezamos los misterios gozosos del rosario.