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El mensaje del domingo

  •   Domingo Diciembre 25 de 2016
  •   El mensaje del Domingo
  •    Gabriel Jaime Pérez Montoya, S.J.

En el PDF encontrara las homilías para los domingos 25 de diciembre de 2016, 1 de enero de 2017 y 8 de enero de 2017

Por aquel tiempo, el emperador Augusto ordenó que se hiciera un censo de todo el mundo. Este primer censo fue hecho siendo Quirino gobernador de Siria. Todos tenían que ir a inscribirse a su propio pueblo. Por esto, José salió del pueblo de Nazaret, de la región de Galilea, y se fue a Belén, en Judea, donde había nacido el rey David, porque José era descendiente de David. Fue allá a inscribirse, junto con María, su esposa, que se encontraba encinta. Y sucedió que mientras estaban en Belén, le llegó a María el tiempo de dar a luz.

Y allí nació su hijo primogénito, y lo envolvió en pañales y lo acostó en el establo, porque no había alojamiento para ellos en el mesón. Cerca de Belén había unos pastores que pasaban la noche en el campo cuidando sus ovejas. De pronto se les apareció un ángel del Señor, y la gloria del Señor brilló alrededor de ellos; y tuvieron mucho miedo. Pero el ángel les dijo: "No tengan miedo, porque les traigo una buena noticia, que será motivo de gran alegría para todos: Hoy les ha nacido en el pueblo de David un salvador, que es el Mesías, el Señor. Como señal, encontrarán ustedes al niño envuelto en pañales y acostado en un establo." En aquel momento aparecieron, junto al ángel, muchos otros ángeles del cielo, que alababan a Dios y decían: "¡Gloria a Dios en las alturas! ¡Paz en la tierra a los hombres que gozan de su favor!" (Lucas 2, 1-14).

La liturgia propone para esta fiesta cuatro misas, cada una con diferentes lecturas: para el 24 de diciembre la Vespertina de la Vigilia, y para el 25 la de Medianoche, la de la Aurora y la del Día. En mi siguiente reflexión me referiré sólo a las lecturas señaladas para la de Medianoche, que suele celebrarse desde el 24 en la tarde: Isaías (9, 1-3.5-6), Carta del apóstol san Pablo a Tito (2, 11-14) y Evangelio según san Lucas 2, 1-14.

1. La relación de la fiesta de la Navidad con el símbolo de la luz

La Biblia no señala la fecha exacta del nacimiento de Jesucristo y durante los primeros tres siglos de la era cristiana la Iglesia no dedicó un tiempo especial a la celebración de la Navidad. Sólo desde el siglo IV, cuando el cristianismo fue establecido como religión oficial en el imperio romano a partir de la conversión del emperador Constantino, se empezó a celebrar una festividad cristiana con liturgia especial la noche del 24 y durante el día 25 del último mes del año para proclamar al niño Jesús nacido en el pesebre de Belén como la Luz del mundo, en lugar de la fiesta pagana que se dedicaba al “nacimiento del sol invicto” con motivo del solsticio de invierno.

Este es el sentido que desde nuestra fe le damos los cristianos al anuncio profético del llamado “tercer Isaías”: “El pueblo que caminaba en tinieblas vio una luz grande; habitaban tierras de sombras y una luz les brilló”. Lo que esta profecía proclamaba refiriéndose al regreso de los israelitas de su destierro en Babilonia en el año 538 antes de Cristo, nosotros lo aplicamos a la manifestación visible de Dios hecho hombre como nuestro Salvador, iniciada con el acontecimiento de la Navidad hace poco más de dos mil años, y que hace posible la justicia y la paz en la medida en que acojamos su buena noticia.

2. “Y esta es la señal: … un niño envuelto en pañales y acostado en un pesebre”

La primera vez que aparece en el texto del Evangelio según San Lucas el término “buena noticia” -que es lo que precisamente significa la palabra “evangelio”-, se refiere al nacimiento de Jesús. Se trata de un anuncio gozoso que no sólo se expresa con una alabanza a Dios, sino que implica además una bendición para todos los seres humanos que lo reciban con fe, y por ello tiene en la fiesta de la Navidad un significado especial el himno litúrgico del inicio de la celebración eucarística: Gloria a Dios en el cielo y paz en la tierra a los hombres que ama el Señor.

Hay además en el relato evangélico de Lucas un detalle muy significativo: la señal por la que puede verificarse la realización de esa buena noticia es un niño envuelto en pañales y acostado en un establo. En otras palabras: al Dios que ha venido a salvarnos no hay que buscarlo en las alturas inaccesibles -no obstante la exclamación Gloria a Dios en el cielo-, sino en la realidad cercana de lo humano, porque Él mismo ha asumido nuestra propia naturaleza para redimirla. Y no se le encuentra en medio del lujo y la fastuosidad de los palacios, sino en la pobreza, humildad y sencillez de un pesebre.

En este fin del año, y mientras nos preparamos para recibir dentro de una semana el año nuevo, démosle un sentido auténticamente cristiano a la celebración del Nacimiento del Niño Jesús. Así como para su santísima madre la virgen María, la sencilla campesina de Nazaret, y para su padre nutricio, el humilde carpintero san José, no hubo alojamiento -como nos lo cuenta el relato bíblico- y tuvo el Hijo de Dios que nacer en una pesebrera, también hoy para muchas hermanas y muchos hermanos nuestros no hay un lugar donde puedan vivir dignamente y tienen que arreglárselas con sus familias -en especial con sus niños y niñas- en condiciones de pobreza absoluta. En ellos se manifiesta actualmente la presencia de Jesús, el mismo de quien al final de los tiempos escucharemos estas palabras: Todo lo que ustedes hicieron por uno de estos hermanos míos más humildes, por mí mismo lo hicieron” (Mateo 25, 40).

3. “Una vida sobria, honrada y religiosa, aguardando la dicha que esperamos”

La celebración de la Navidad no debe quedarse para nosotros en una mera contemplación. Debe llevarnos también al compromiso de una existencia vivida de acuerdo con el plan salvador de Dios, que implica una conducta coherente con nuestra fe en Él. Esto es lo que nos dice san Pablo en la segunda lectura, tomada de su Carta a Tito, uno de sus colaboradores en la proclamación de la buena noticia para todos los hombres.

Por eso mismo, si nos unimos para dar gloria a Dios en el cielo y desear la paz para toda la humanidad, llevemos esta manifestación a la práctica, como dice el Apóstol, a través de nuestras buenas obras. Sólo así seremos el pueblo purificado al que él apóstol se refiere y nos dispondremos para la aparición gloriosa del gran Dios y Salvador nuestro: Jesucristo. Es decir, para nuestro encuentro definitivo con él en la eternidad. Que así sea.