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Apuntes del Evangelio

  •   Domingo Enero 23 de 2017
  •   Apuntes del Evangelio
  •    Luis Javier Palacio Palacio, S.J.

La simbólica del mal es uno de los desafíos grandes que tiene el ser humano en todos los campos. Los judíos la reciben en Babilonia durante el destierro y a nivel popular nunca es armonizada con la idea de un Dios único, justo y misericordioso. El concepto del mundo como campo de batalla entre fuerzas opuestas del bien y el mal igualmente se trasladó a los “cielos” entre ángeles obedientes y ángeles caídos(1). Los caídos asumen varios nombres con las jerarquías (copia de los reinos humanos) del Falso Dionisio el Areopagita, como “grandes líderes” del mal: satán, diablo, belcebul, íncubos, súcubos, azazel, lilit, belial, mastema, lucifer, anti-Cristo y muchos más. Cada situación creó su demonio y cada pasión tuvo el suyo(2) . Así como se llegó a un buen nivel de monoteísmo, nunca se unificó la idea de mal. En el Nuevo Testamento, a pesar de su lenguaje dispar al respecto, hay elementos unificadores como Marcos cuando hace surgir todo el mal del corazón humano y Pablo quien traslada la batalla a las pasiones o ambiciones humanas por el tener, el poder y el placer. Son los mejores intentos de armonización con el monoteísmo de la fe judía y cristiana. Precisamente el evangelio se cuida de utilizar la palabra exorcismo para las expulsiones de demonios, pues harían de Jesús un judío popular y supersticioso. La demonología medieval, que aún afecta a muchos, tiene más cercanía con el realismo mágico de García Márquez que con el mensaje del evangelio. El evangelio de hoy desacredita una lucha de titanes del bien y el mal en el reinado de Dios pues así no hay reinado alguno. Como dice Luis Augusto Castro: «Si para luchar contra el mal debemos eliminar a los demás, es mejor no luchar contra el mal, porque el remedio es más grave que la enfermedad(3)». Más adelante dice que nos vienen a los labios más fácil los salmos imprecatorios que gritan venganza que las palabra de perdón de Jesús. Aun si aceptamos que Jesús habla “como si” la lucha fuera entre su poder y el de satán, su manera de combatirlo no tiene nada que ver con el proceso lamentable de la simbólica del mal en la historia humana: de una figura o símbolo del mal se pasa a encarnarlo en seres concretos; luego toda la persona termina infectada, pasa a ser el mal mismo; el mal se elimina eliminando físicamente o por otros medios a la persona. Así sucedía con los endemoniados (enfermos mentales) y otros enfermos (leprosos, ciegos, mudos) en la época de Jesús.

La acusación de que Jesús actúa por obra de belcebul o por el “príncipe de los demonios” viene luego de que ha sido acusado de estar loco o fuera de sí. Las acusaciones de que Jesús está loco, que es poseído por belcebul y que tiene un espíritu impuro forman un solo bloque. Era víctima de la simbólica del mal, irónicamente quien para los creyentes es quien puede superar el mal. La respuesta de Jesús es en términos de satán, sin detenerse en la poca significación de tales nombres para el mal. El endemoniado de Gerasa tenía una “legión” de demonios al parecer sin jerarquía alguna a no ser que legión aluda realmente al batallón romano acantonado en Siria. Belcebul es una palabra hebrea BAALZEBUL que significa “señor de la casa” y tiene sentido que se asocie con la parábola del hombre fuerte que guarda su casa que viene a continuación. Tenía a veces una variación BAALZEBUB con el sentido de “señor de las moscas”, palabra con la que se designaba al dios de Ecrón (2 Re 1:2). Los nombres judíos para el demonio no eran más que la macartización de lo extranjero. Satán era el nombre del vicegobernador persa. Jesús llama satanás a Pedro por no querer aceptar la pasión: «Quítate allá, Satán, porque no sientes según Dios, sino según los hombres» (Mc 8:33) con lo que satán baja de categoría apenas similar al pensamiento de un hombre confundido. Igual pudo llamar satán a Santiago y Juan cuando querían los primeros puestos en el reino de Dios. Dado el ideal judío de la teocracia frustrada por los reyes de Israel (no oyeron a los profetas) pero sobre todo por las invasiones, el pensamiento dualista (fuerzas del bien y el mal) fue un recurso fácil en la época intertestamentaria. Esto es claro en la literatura apocalíptica que “estaba de moda” en la época de Jesús. El mundo era visto preeminentemente bajo la esfera de satanás (antes persas, babilonios y griegos; hoy, romanos) y no de Yahvéh (el deseo o sueño judío). Aliados a los invasores estaban las legiones de demonios (Zeus llegó a tener su estatua en el Templo) y malos espíritus que eran los responsables del mal, la corrupción, las enfermedades y la muerte que en realidad nunca habían estado ausentes de Israel. Los aliados de satán eran los griegos, el imperio romano al que el mismo Jesús estaba supeditado y por el que se sentían cultural, política y religiosamente oprimidos. Lucas explica con el comodín fácil de satanás el mundo complejo de Judas cuando explica su actuación con: «Entró Satanás en Judas, llamado Iscariote, que era del número de los Doce» (Lc 22:3). Juan con el momento en que Judas recibe el pan humedecido en las salsas de Pascua. Lo que no perdían los judíos era la esperanza de que Yahvéh interviniera prontamente para crear un nuevo orden mundial que se designaba ya en la literatura de entonces como “reino de Dios”. Aparece en la literatura entre 200 años antes de Cristo y 100 años después de Cristo. Pero el reinado de Dios que Jesús predica y manda predicar a sus seguidores, si bien era mundial, no tenía el carácter nacionalista judío ni las características de imposición por un poder mayor que el romano(4). Que en medio de este debate sobre satán ponga Marcos el pecado contra el Espíritu nos da luces para tratar de entenderlo como la unificación (equivalente al monoteísmo) del mal. Sin la ayuda del Espíritu nos toca cargar con nuestro mal para siempre. Sería el pecado por excelencia, ese que Pablo nombra en singular: hamartía; que Juan ubica en el juicio que toda persona debe hacer ante Jesús y que Lucas dice que es la respuesta universal a toda oración. Es la fuerza que actúa en nosotros pero que nunca es totalmente nuestra porque es novedosa, portadora de regeneración o renacimiento, de carismas nuevos, de sorpresas para sí mismo y para los demás. En Pablo es el Espíritu del Resucitado que tiene su ideal místico en: «Ya no vivo yo, es Cristo quien vive en mí» (Gal 2:20). Pecar contra el Espíritu es vivir muertos en vida creyendo que vivimos a plenitud sin pasar de mero animal racional que a menudo parece más irracional que los mismos animales, como nos lo muestra el pecado ecológico y la violencia peor que la romana de entonces. El Espíritu es uno y es el del Resucitado.

Notas

  1. El pecado de los ángeles es tan metafísico que los Padres de la Iglesia casi que tienen cada uno su opinión igual de metafísica. En la Biblia es predominantemente erótica entre las hijas de los hombres y los Nefilím.
  2. Con el romanticismo renacen (siglo XVIII) los elfos, brujas, gnomos, duendes, fantasmas, trolles, ninfas, sátiros todos con tintes nacionales y culturales.
  3. El caballero de la triste armadura, página 76.
  4. El imperio romano fue el más grande que ha conocido la historia con 30 millones de kilómetros cuadrados y duración de varios siglos. Su ideal permanece en el derecho romano hasta hoy en día, incluso en escudos.