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Apuntes del Evangelio

  •   Domingo Enero 25 de 2017
  •   Apuntes del Evangelio
  •    Luis Javier Palacio Palacio, S.J.

Marcos 16:15-18, miércoles, enero 25 de 2017

Pablo es un personaje singular como apóstol pero simultáneamente deja de ser singular cuando adentrándonos en su experiencia descubrimos en ella la posibilidad de todo creyente. Lo que tradicionalmente se ha llamado la “conversión” de Pablo cuenta con tres tipos de narraciones diferentes en el Nuevo Testamento. La más popular y conocida son los tres relatos de los Hechos de los Apóstoles (capítulos 9, 22 y 26) que hablan de su viaje a Damasco. El segundo tipo está en las mismas cartas de Pablo cuando habla del cambio en su vida de perseguidor de los creyentes a difusor del mensaje cristiano. La tercera, también en sus cartas, habla de una experiencia mística de revelación en su misma persona: «se dignó a revelar a su Hijo en mí» (Gal 1:16). Esta es quizás la mejor interpretación del proceso que lo lleva a ser apóstol de los gentiles. No es un proceso tan instantáneo como narra Lucas en los Hechos pues el mismo Pablo dice que vaga por Arabia tres años antes de subir a Jerusalén (Gal 1:17) en un proceso más creíble y cercano al de cualquier creyente. Vale la pena resaltar que no entiende Pablo como si se le hubiera revelado A EL secreto alguno sino EN EL. De no ser así, se podría decir, como de tarde en tarde surgen hipótesis, de que Pablo funda el cristianismo. Lo que hace es describir el cambio (evangelio) que en él ha sucedido sin mérito propio y por pura gracia. Ni su experiencia como judío fariseo y celoso de su religión, ni sus pergaminos como judío educado a los pies de Gamaliel, contaron para llegar a ser evangelizador de los gentiles sino vivir en sí mismo la experiencia Pascual. De tal manera que se siente testigo del Resucitado con igual derecho que los apóstoles: «Al último de todos, como a un aborto, se me apareció también a mí» (1 Co 15:8) .

Aunque tradicionalmente (al menos desde finales del siglo II) se habla de los cuatro evangelios como relatos de testigos presenciales, la verdad es que Pablo es el primero en escribir sobre Jesús y las consecuencias de la fe en la vida cristiana y es quien acuña la palabra evangelio. Se puede hablar del “evangelio de Pablo” expresado de diferentes maneras en la carta a los tesalonicenses, los gálatas, filipenses y corintios. Pero sobre todo, en el evangelio como mensaje de la cruz, que tiene un influjo grande en Marcos. Las primeras formulaciones de la fe fueron los credos, buena parte de los cuales son recogidos por Pablo igual que algunos himnos; luego vienen los escritos de Pablo (cartas) y luego los sinópticos. El último es el evangelio de Juan. Pablo habla de una experiencia personal y no tanto del acontecimiento de la historia. Cambia el concepto de hijo de Dios pues para un israelita era el pueblo (no una persona) el hijo de Yahvéh; pero para Pablo hijo de Dios es aquel que es obediente al Padre hasta la muerte como lo fue Jesús que es el primogénito de muchos hermanos. La noción de filiación divina cambia con Pablo. El evangelio básico de Pablo puede expresarse como: “Cristo murió por (hyper en griego) nuestros pecados y fue resucitado para nuestra salvación”. Marcos se va a centrar en el camino a esa muerte o sea en la pasión. Aquí la preposición hyper tiene un sentido no siempre fácil de captar. Algunos significados en griego son: sobre, encima de, por encima de; del lado de allá, más lejos, más allá de; para defensa de, por, en socorro de, en favor de, en provecho de; en nombre de, en lugar de; a causa de, por, por causa de; acerca de, sobre; más que, mejor que. Algunas Biblias traducen “Cristo murió en lugar de nosotros”, “fue muerto por nuestros pecados”. El evangelio de hoy enfatiza el bautismo cuya definición en Pablo es bien diferente de un rito. Es ser sumergidos en la pasión y muerte de Jesús para ser como él resucitados. Es decir, algo que dura y se vive toda la vida. Quizás porque se podía confundir con el rito judío de purificación de los prosélitos Pablo es reacio a hablar del bautismo. Incluso expresa: «Cristo no me envió a bautizar, sino a evangelizar» (1 Co 1:17). La segunda aclaración necesaria es que la concepción de pecado en Pablo es bien distinta del incumplimiento de la ley (Torah) como lo era para el judaísmo. Aunque usa la palabra al menos con 13 significaciones distintas, la idea más consistente es que el pecado (en singular) es uno solo e inherente a la naturaleza humana, una pasión, una ambición generalizada por los bienes, por el poder, por el placer o el valer. Esta pasión es capaz de llevar al hombre a la violencia contra el hermano para conseguir sus objetivos. Cuando en vez de ser dominado por tal pasión es dominado por la gracia, el Resucitado, el Espíritu, entonces se echa sobre sí la necesidad ajena, como lo hizo Jesús y ésta es la salvación. Toda la ley judía, con sus 613 preceptos, queda reducida a la ley de Cristo en la expresión: «Lleve cada uno las cargas de los otros, y así cumpliréis la ley de Cristo» (Gal 6:1). Así que en Pablo el pecado no es propiamente erradicable, eliminable sino solamente controlable por un poder mayor que es el de la gracia. La fórmula que recoge Pablo para expresar “su” evangelio, es tomada de la misma comunidad creyente y su lenguaje.

La revelación, como la entendía la comunidad judía, sufre igualmente un cambio grande con Pablo. Lo que revela Jesucristo (Jesús como el Señor) es la manera como Dios crea seres humanos desde el comienzo de los tiempos y la humanidad no lo había hecho consciente hasta la llegada de Jesús. No los crea desde el exterior como en la Creación de Miguel Angel, sino desde el interior como era creado cada día Jesús. Los demás seres nacen “perfectos”, acabados en su código genético para ser lo que llegan a ser. El ser humano nace como proyecto que debe llegar a ser como Jesús. Todos los carismas de la comunidad (apóstoles, profetas, diáconos, maestros, creyentes) tienen un finalidad única: «La edificación del cuerpo de Cristo» (Ef 4:12). Lo que se ha llamado la “conversión” de Pablo no se refiere al cambio de religión (del judaísmo al cristianismo), ni al rufián que se vuelve bueno (era buen judío y luego buen creyente) sino a algo que no es exclusivo de él sino que es posibilidad de todos los que se abran a la acción del Resucitado. Es la universalidad de la gracia: «Donde se multiplicó el pecado, mucho más sobreabundó la gracia» (Rm 5:20). En el tercer relato de los Hechos ya se vislumbra el cambio de Pablo pues comprende que los cristianos perseguidos son vicarios de la persecución a Jesús y sobre todo a sí mismo. Al atacarlos, Pablo se hace daño a sí mismo, pues también él es creado por acción del Resucitado. En los sufrimientos de Pablo (no son pocos según sus cartas), va a sentir que vive como Jesús y puede hacerlo porque mientras lleve las marcas de la pasión en su cuerpo, llevará las marcas de la resurrección en su espíritu. El evangelio de Marcos, todo dedicado a mostrar que el seguimiento de Jesús es seguirlo en la pasión, tiene un final que no aparece en muchos manuscritos y que por su estilo se nota que fue una adición posterior. Allí se da un envío muy similar al de Mateo y Lucas a predicar y bautizar. Las señales que han de acompañar a los predicadores son bastante estereotipadas y han de entenderse en el contexto del todo el evangelio. Los apóstoles, igual que todo creyente, es testigo de la resurrección si lo es de la pasión. En Pablo resulta esto más claro.