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Apuntes del Evangelio

  •   Domingo Enero 26 de 2017
  •   Apuntes del Evangelio
  •    Luis Javier Palacio Palacio, S.J.

Marcos 4:21-25, jueves, enero 26 de 2017

Para todos es claro hoy que el evangelio es un mensaje que tiene algo que decir a todos los hombres, los pueblos, las culturas. Sin embargo, dados ciertos influjos del judaísmo, de las religiones mistéricas, de los gnósticos e incluso de ciertos ritos y enfoques de los creyentes, hubo épocas en que el mensaje cristiano era para iniciados, es decir, un círculo cerrado. Tal fue el caso de Alejandría y su “disciplina del arcano” por la cual ni siquiera las oraciones como el Padrenuestro debían ser conocidas oral o de manera escrita por los no creyentes. Los catecúmenos eran excluidos de la liturgia eucarística y las Escrituras no podían caer en manos de gentiles. Los judíos decían algo similar de su Torah (ley). El lenguaje parabólico de Jesús parecía establecer una división entre los de dentro y los de fuera: «A vosotros se os ha concedido el misterio del reino de Dios: pero a ellos, a los de fuera, todo se les dice en parábolas, para que: viendo, vean, pero no perciban; y oyendo, oigan, pero no entiendan; no sea que se conviertan y sean perdonados» (Mc 4:11-12) . Esta cita del profeta Isaías, aplicada a Jesús es poco acertada, al menos a la letra. La palabra misterio aparece únicamente una vez en cada uno de los sinópticos y asociada al reinado de Dios en similar texto. Sería algo oculto en Dios sabido únicamente por revelación a unos pocos (los de dentro) y oculto a muchos (los de fuera). Lo interesante en el evangelio de Marcos es que los mismos de dentro (los discípulos) no entienden. Bueno, es que el “misterio” de Marcos es que el reinado de Dios no es para entender sino para vivir; no es algo inteligible sino experimentable. En su competencia con el dominante pensamiento griego, el cristianismo se presentó también como una filosofía. El secreto era clave de la enseñanza de algunas de dichas escuelas, especialmente de la pitagórica. Irónicamente Marcos presenta a Jesús como “de fuera”, marginal, que no encaja con las categorías sociales, familiares, religiosas de la época por lo cual desde el comienzo enfrenta malinterpretaciones, rechazos y “dureza de corazón”.

Los dichos del evangelio de hoy, que bien pudieran ser adagios populares, van en la dirección opuesta a cualquier secretismo, ocultismo, revelación privada en los evangelios. La imagen de la luz que alumbra a todos y todo lo oculto que saldrá a la luz, manifiestan que el reinado de Dios no tiene nada que esconder, no tiene secretos, no es exclusivo ni exclusivista. Las imágenes visibles no son el fuerte del judaísmo tanto como las audibles. El Dios judío, como el cristiano es Dios de la Palabra, de la escucha, del oír. De ahí que no es del todo extraño que se dé un giro inmediato. El problema no es que haya ciegos sino que haya sordos al mensaje. «El que tenga oídos para oír que oiga». Esperaríamos una conclusión distinta: «El que tenga ojos para ver que vea». Pero en el judaísmo el ciego era un castigado por algún pecado mientras que el sordo era dominado por un demonio de sordera. El diagnóstico del sordo, equivocado en lo médico, era acertado en lo teológico. Podemos oír sin escuchar, escuchar sin atender, atender sin llevar a la vida. La actitud interior es fundamental. Quienes no habían sido escuchados por excelencia eran los profetas. En la tradición bíblica la lámpara se asociaba con las enseñanzas bíblicas, no con la luz expresamente. Aquí quizás alude a las parábolas como enseñanza típica de Jesús sobre el reinado de Dios. Pero las parábolas no son para entenderse o explicarse sino para intuirse. Son la vida misma de Jesús, son autobiográficas, son las notas con las que se interpreta su melodía. En el evangelio de Marcos, Jesús es la semejanza (más que la imagen) de un Dios que es a la vez manifiesto y escondido, visible y oculto, audible y disonante. Es semejanza y no definición, parábola y no concepto, por lo cual invita a un diálogo y reflexión permanentes. Marcos no describe la persona de Jesús como algo fijo y cerrado sino como una parábola que al escucharla continúa suministrando nuevos significados. Los mismos silencios se vuelven significativos: ¿Por qué se calla el nacimiento y la vida oculta de Jesús? ¿Por qué consigna pocas de sus enseñanzas? ¿Por qué aparece una y otra vez el secreto mesiánico? Parece que quiere evitar la “idolatría del lenguaje” a la que se había llegado con algunos textos de la Torah (ley judía). Dios como Palabra no es tanto una expresión rígida como un apotegma sino un diálogo en los momentos de pasión. La palabra nos lleva hasta el límite en donde comienza el misterio(1). De ahí que el reinado de Dios sea definido con parábolas porque es el sacramento por excelencia; la forma de entrar en contacto con la divinidad que Jesús expresa. La supuesta definición de Dios (YHVH) que como tal fue asumida por muchos Padres de la Iglesia, tenía más de teísmo que de Biblia. Hoy entendemos que no era una definición y que definir a Dios en términos precisos es parte de nuestra desmesura (hibris). Otra teología se desarrolló sobre la base de la imposibilidad de definir a Dios (teología apofática) pues no es para definir sino para experimentar; esta es la base de la mística. Ese experimentar en el evangelio de Marcos es seguir a Jesús en su pasión. Quizás así podamos intuir lo que la extraña afirmación «Al que tiene, se le dará; y al que no tiene, aun aquello que tiene se le quitará». Ciertamente no puede aludir ni a bienes, ni al poder, ni a la honra, ni a ningún criterio humano de posesión porque a todos ellos invita Jesús a renunciar. Una conclusión similar tiene Mateo para la parábola de los talentos para ilustrar la pérdida de quien no lo hizo fructificar; igualmente Lucas para la parábola similar de las diez minas. Parodiando a Pablo podemos decir que carisma que no se da en función de la comunidad se esfuma. Mirando desde la resurrección, como clave de lectura de la vida de Jesús, quien se ha desprendido de todo, hasta de su vida, es quien recibe abundantemente todo que es la resurrección. Es una variación de: «Quien quiera salvar su vida, la perderá, y quien pierda la vida la salvará» (Mc 8:35) . Aplicada al lenguaje de las parábolas, para quien tiene oídos (mejor, generosidad en su corazón), la parábola le resulta evidente y le dará capacidad de intuir mejor otras parábolas. El oyente que no tiene corazón para recibir la parábola queda confundido como decía Isaías que quedaban los oyentes que no aplicaban sus mensajes proféticos. Esto sería más doloroso que sucediera en el caso de los discípulos que en el caso de las multitudes, pues los discípulos tendrían la misión de llevar el evangelio a toda la tierra. Pablo confiesa que todo lo que tenía en el judaísmo le resultó inútil al encontrarse con la experiencia Pascual; lo que creía tener le fue quitado. «Todas las demás cosas las considero como pérdida a causa de la excelencia del conocimiento de Cristo Jesús, mi Señor, por quien me dejé despojar de todo, y todo lo tengo por basura, a fin de ganar a Cristo» (Fil 3:8) . La parábola de la semilla puso de manifiesto la importancia del terreno que recibe y la generosidad de quien siembra. Si somos terreno estéril la semilla morirá, si fértiles producirá abundantemente para sí y para otros. Lo oculto no germina y el evangelio es para la siembra pródiga. Dar equivale a adquirir más en esta su lógica evangélica.

Nota
  1. Misterio fue traducido por sacramento para evitar identificarlo con los ritos de las religiones mistéricas como la Eleusis (culto secreto a la diosa Deméter).