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Apuntes del Evangelio

  •   Domingo Enero 27 de 2017
  •   Apuntes del Evangelio
  •    Luis Javier Palacio Palacio, S.J.

Marcos 4:26-34, viernes, enero 27 de 2017

Lo que Jesús predica es el reinado de Dios que muchos reinos de este mundo han tratado de suplantar. Pero el reino de Dios (Lucas) o de los cielos (Mateo) surge como un concepto escatológico referido al futuro libre de pecado y sufrimientos en el que todos vivan de acuerdo con el querer divino. En el judaísmo tendría sentido plenamente en esta tierra. La historia humana no es entonces una serie de acontecimientos fortuitos sino al camino a la consumación de tal reino. Empezará con el Día del Señor (juicio) que creará una nueva tierra y un nuevo cielo(1) con armonía entre los hombres, la naturaleza y Yahvéh. Coincide en parte pero también se diferencia del mesianismo. Jesús sigue esta tradición pero modificando la idea del reino, que mejor se expresa hoy por reinado, de manera que no es plenamente terrenal pero tampoco plenamente celestial. Ambos quedan unidos de manera indisoluble, como en las bienaventuranzas y el juicio de las naciones. El Día del Señor es la Resurrección como juicio definitivo de la condición humana que inaugura un “hombre nuevo”, regenerado o renacido, la novedad y el culmen de la creación. Para expresar tal reinado de Dios en forma accesible a todos, especialmente a los sencillos, el lenguaje utilizado por Jesús no es ni el de los profetas de exhortación amenazante, ni el lenguaje de los rabinos y maestros de la ley con disquisiciones sobre al Escrituras, ni el hierático de los Sumos Sacerdotes en el Templo en sus funciones rituales, ni el de los esenios (Qumrán) de sus luchas de la luz y las tinieblas. El lenguaje de Jesús respecto al reinado de Dios, que no es otro que su misma vida, se expresa de manera particular en las expulsiones de demonios y en las parábolas. «Si yo expulso los demonios por el dedo de Dios, es que el reino de Dios ha llegado a vosotros» (Lc 11:20). El evangelio de Juan no menciona el reinado de Dios porque lo asimila a la vida en el amor. Marcos lo asimila a seguir a Jesús en la pasión y Lucas a la vida en la misericordia.

Uno esperaría que Jesús expresara el reinado de Dios en términos de juicio, sentencia inexorable, enderezar lo torcido, premiar al bueno, castigar al malo, obediencia a la voluntad de Dios y las imágenes de la semilla son bucólicas, pacíficas, dinámicas, activas, en desarrollo, presentes pero ausentes aún, esperanzadoras, casi invisibles pero reales, enterradas pero brotando, que no pueden ser otra cosa que Jesús mismo y su ministerio. Más que expresar “el reinado de Dios es como” parecen querer decir: “Yo soy como”. Las dos parábolas más extensas en Marcos sobre el reinado de Dios son la de los obreros de la viña y la del sembrador pródigo con los diferentes terrenos. Ambas tienen alegorías explicativas de la comunidad cristiana. Es decir, son enseñanzas de Jesús mezclada con enseñanzas probablemente catequéticas de los cristianos. Otras más cortas son más representativas como las dos que tenemos hoy. Pero casi todas las lecturas que se han hecho de las parábolas han sido alegóricas con lo cual pierden bastante de su poder sugerente. Por ejemplo, la mostaza por su carácter picante lleva a Clemente de Alejandría a identificarlo con la bilis y la ira; los pájaros con los ángeles, el árbol con la Iglesia. Tertuliano, por el contrario, identifica la semilla con Dios mismo que crece desde Adán hasta manifestarse en Cristo. No dejan espacio para la intuición que es el fin mismo de la parábola. Si cabe la alegoría no puede ser sino personal. En términos prácticos, se debe leer el evangelio mejor que a Clemente o Tertuliano o por lo menos antes que ambos. En cuanto de Jesús depende su siembra es pródiga; sus actos puntuales y limitados en tiempo y espacio(2) ; sus curaciones son unas pocas comparado con la abundancia de enfermos de todo tipo; sus palabras son pocas comparadas con los tratados griegos y judíos; sus discípulos pocos comparados con los de los rabinos, fariseos y filósofos (estoicos, epicúreos, cínicos). El mismo Jesús reconoce que son pocos: «No temas, pequeño rebaño: que vuestro Padre ha tenido a bien daros el reino» (Lc 12:32). Que el grano crezca, produzca espiga y trigo y se meta la hoz ya no forman parte de la imagen inicial de la semilla. En el evangelio la cosecha, la viña, la mies no es nunca de Jesús ni mucho menos de los discípulos. Pertenece al Padre que es su dueño. A Jesús, al creyente, el discípulo, al apóstol, al misionero, al profeta, al maestro no le ha de preocupar sino ser semilla, sembrarse pródigamente, aceptar con alegría y esperanza su pequeñez. Igual sucede con el árbol y las aves del cielo. Vale la pena anotar que no se compara con un cedro del Líbano (el árbol mayor conocido en la época) ni con la frondosa higuera como tampoco con los espinosos conocidos en la época. Apenas sí sobrepasa las hortalizas porque las aves del cielo no anidan en repollos ni lechugas. La comunidad creyente entendió la dimensión de su tamaño comparado con la inmensidad del imperio romano y otros imperios. No aspiraba a más que a ser refugio de algunas aves del cielo. De ahí que una lectura alegórica que haga de lo pequeño que se vuelve inmenso no sería una parábola sino un principio de agronomía primitivo. La parábola más bien parece exaltar el valor de lo pequeño. El reinado de Dios se complace en lo pequeño, en los pequeños, en los niños, no en los reyes y príncipes de las naciones que esclavizan (Mt 20:25) ni en los granjeros insensatos que llenan sus bodegas y mueren esa misma noche. Por doquier se alaba lo pequeño en los evangelios y a los pequeños se dirigen las bienaventuranzas.

Tan pequeño es el reinado de Dios que Jesús lo ubica en el corazón humano: «El reino de Dios dentro de vosotros está» (Lc 17:21). Este es su mecanismo para para poder estar presente en todos. En el evangelio apócrifo (no es canónico pero refleja cómo se entendía el evangelio) de Tomás dice el Resucitado a sus discípulos: “Yo soy la luz que está sobre todas las cosas. Yo soy el universo. El universo salió de mí y retornó hacia mí. Corta un pedazo de leña y yo estoy allí dentro; levanta una piedra y yo estoy debajo de ella”. Lo que los sentidos no sienten y los ojos no pueden captar el corazón creyente lo puede captar en las cosas. La fe nos abre a la intimidad última del mundo. Este mensaje se capta en la Laudato si´ al estilo del místico Francisco de Asís. El Señor (reinado de Dios) no estará lejos de nosotros cuando hasta los elementos materiales sean sacramentos que nos colocan en comunión con él. Lo grande no puede ser acumulación matemática de pequeñeces, sumatoria de cantidades, sino convergencia de cualidades. Como decía un gran creyente como Kierkegaard: “Solo sé que aún no soy cristiano, porque verdadero cristiano no lo ha logrado sino Cristo”. Así como el átomo es lo más pequeño pero está en toda la materia, el reinado de Dios sigue presente eternamente en lo pequeño. No lo agrandemos porque pierde su esencia.

Notas
  1. En el judaísmo no son dos cosas distintas y contrapuestas sino la manera de expresar totalidad.
  2. Su ministerio fue de tres años según Juan y de uno según los sinópticos. Su campo de acción se restringe básicamente a Cafarnaún, Betsaida, Tiberías alrededor del lago de Galilea.