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Apuntes del Evangelio

  •   Domingo Febrero 01 de 2017
  •   Apuntes del Evangelio
  •    Luis Javier Palacio Palacio, S.J.

Patria es una palabra que nos llega del griego y significa la tierra de los padres. La tierra es central en el pensamiento del Antiguo Testamento y pasa a ser secundaria en el Nuevo Testamento. Para el judaísmo no era simplemente un tema de geografía sino de promesa divina inherente al pacto para la realización del individuo y de la comunidad. Luego de la destrucción del Templo (año 70) y la diáspora judía, la espiritualidad del judaísmo se centró en la restauración esperada y la idea de que Yahvéh se había exiliado con su pueblo. Judíos y cristianos lo entendieron como un castigo de Dios y así incluso aparece en algunos textos del evangelio (especialmente en Mateo). Para ambos dejar la tierra de su origen fue la posibilidad de una difusión más universal. Los Padres de la Iglesia lo interpretaron como el rechazo de Dios al judaísmo por no creer en Jesús y el reemplazo del pueblo judío por el nuevo Israel. Los Cruzados sentían tener derecho legítimo a dichas tierras. Pero dentro la misma Palestina había ya tensiones similares producidas por las numerosas invasiones. Los galileos y samaritanos se tenían por semi-gentiles que ocupaban las tierras judías. En el evangelio de hoy se presenta similar situación entre Nazaret, que sería la patria de Jesús más que Belén (en donde nace según Lucas), y Cafarnaún donde Jesús establece su base apostólica. La reacción a la presencia de Jesús en Nazaret es dispar pero predominantemente negativa. Muchos oyentes quedan atónitos por sus palabras pero también descreídos por saber detalles de su vida personal: «¿No es éste el artesano, el hijo de María, y hermano de Santiago y de José, de Judas y de Simón? ¿Y no viven sus hermanas aquí entre nosotros?». Habrían conocido detalles de su vida oculta que no relatan los evangelios y que no habría tenido nada de extraordinario. Este es el único caso en que Jesús es llamado “hijo de María” en vez de hijo de Dios o hijo de David. La costumbre mandaba identificar por el padre, pues a él pertenecían los hijos; al varón se le había dado la orden de multiplicarse y dominar la tierra. En la primera visita a su patria los oyentes se admiran por su modo o método de enseñanza que es con autoridad y no como la de los escribas. En la segunda visita de hoy lo rechazan porque les es demasiado familiar. De alguien tan similar a sus oyentes no esperan aprender. Identificar a Jesús por vía de María lo saca del linaje real davídico y enfatiza su naturalidad como humano, como hijo de Adán, común a todos. Esta será una tesis básica en Pablo que hace de Jesús el definitivo y verdadero Adán (primera creatura que junta la imagen y la semejanza divinas). Para un judío, con los fuertes lazos familiares y étnicos, identificar a la persona era asunto de localizarla en su círculo familiar. Jesús era uno de ellos porque tenía entre ellos a sus parientes. Su sabiduría y sus prodigios obrados debían ser fraudulentos. Lógicamente para Marcos no era uno de ellos aunque externamente lo pareciera. Ya los demonios lo habían confesado como “hijo de Dios”. Para sus discípulos, aunque no lo entendieran muy bien, era el maestro. Pero Jesús tampoco buscaba inaugurar una nueva casa (familia) como la de los patriarcas sino una nueva forma de relación en donde los “parientes” fueran los que oyen la palabra de Dios y la cumplen. Sus hermanos no son los cuatro mencionados —Santiago, José, Judas y Simón— sino los cuatro que ha llamado a la orilla del lago y muchos otros más. La razón que da Jesús mediante un proverbio sobre los profetas y su tierra tiene un fondo histórico en los profetas del sur que profetizan en el norte en el Antiguo Testamento, pero desenmascara una realidad más dolorosa aún. En realidad ningún profeta es bien recibido en ninguna parte porque todos son incómodos. En el evangelio de Juan se dice —contrario a Marcos—, que el proverbio lo aplica a Jerusalén y se va a Galilea donde es bien recibido. Juan es el último evangelio de todos y la comunidad creyente era numerosa en Galilea y más pequeña en Jerusalén para la época. Aplicada a sí mismo Jesús se daría el título de profeta pero su profetismo tiene diferencias con los profetas conocidos por los judíos. Estos, predicaban básicamente contra la monarquía de Israel y el Templo con sentencias de catástrofe. Jesús predica en muchos ambientes pero con invitación a la conversión porque ya llega o ya está aquí el reinado de Dios. Jesús impone las manos a muchos para curarlos pero no es la práctica corriente de curaciones de Jesús, aunque lo fuera de los “curanderos” de la época.

En Marcos no aparece Jesús como un escriba, un intelectual, un sacerdote del Templo, miembro de élites urbanas de Séforis o Tiberíades. Jesús, como José, pues los oficios eran hereditarios, aparece como un artesano (teknon en griego). Justino dice que era agricultor, que podía fabricar arados; Orígenes lo hace fundidor. Objetos de madera escasamente se encuentran en los palacios reales para la época y Nazaret era tan pequeña que no habría oficio suficiente para dedicarse solo a la madera. Muchos comentaristas ponen a José y Jesús como “toderos” que se ganaban la vida en lo que podían como cualquier obrero de hoy. Los discípulos verían a Jesús como un maestro que enseña a entender y vivir la vida de manera diferente. Jesús no es un pensador que explica una doctrina, sino un sabio que comunica su experiencia personal de Dios y cómo operaba en él. No es un líder autoritario que impone su poder, sino un curador que sana la vida y alivia el sufrimiento. Puede haber en la intencionalidad de Marcos el deseo de advertir a las comunidades cristianas que Jesús puede ser rechazado precisamente por quienes creen conocerlo mejor. Hegel decía que no existe el héroe para su camarlengo. Este no atiende más que las necesidades básicas del héroe como comida y vestido; incluso conoce sus caprichos, pero no entiende su grandeza. Leído el evangelio como un texto informativo, como una novela, como una biografía, podemos caer en lo mismo. Ya lo conocemos en los datos básicos de su vida pero no logra transformar la nuestra. Conocemos bastante de nuestra patria geográfica, científica, ideológica pero quizás aún muy poco de nuestra “patria espiritual” que no es exactamente la de nuestros padres, formadores, antepasados sino la de Jesús de donde sale su identidad. Hijo de María, hijo de Nazaret, hijo de Galilea, hijo del judaísmo no marcan sino muy parcialmente su patria. Como dice Pablo «aun a Cristo, si le conocimos según la carne, pero ahora ya no así» (2 Co 5:16). La patria de Jesús como la nuestra no está en ningún pasado ni nos lloverá del cielo en un futuro. Es la que construimos tratando de aprender a vivir como Jesús. Hacemos muchos esfuerzos para aprender a triunfar en la vida; para obtener el éxito en el trabajo profesional; para conquistar amigos; artes para salir triunfantes en las relaciones sociales. Pero la patria espiritual anda perdida. No es la nación, ni el Estado, ni el sistema económico, ni el político; es una patria como tierra del Padre de todos que haga posible vivir según el evangelio igualmente para todos.