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Apuntes del Evangelio

  •   Domingo Febrero 05 de 2017
  •   Apuntes del Evangelio
  •    Luis Javier Palacio Palacio, S.J.

Mateo 5:13-16, domingo, febrero 5 de 2017

No siendo el reinado de Dios un territorio, ni un sistema político, económico, social, cultural y ni siquiera religioso por tratarse del señorío en el corazón de la persona que lo abre al servicio de los demás, las imágenes de lo que debe ser el creyente reflejan, como en un juego de espejos paralelos, la metáfora, la imagen del reinado. Hoy se nos proponen dos como son la sal y la luz. La sal es mencionada por primera vez en la Biblia en alusión a la esposa de Lot vuelta estatua en la cercanías del Mar Muerto (en hebreo es literalmente Mar de Sal). La sal fue tenida como un preservativo y símbolo del pacto entre Yahvéh y su pueblo de donde se derivó la expresión “pacto de sal” para designar el compromiso que se preservaba a pesar del tiempo. Según el Levítico, toda comida o sacrificio que se hiciera en el Templo debía salarse antes de ser puesto en el altar. Luego de la destrucción del Templo se tuvo la mesa familiar como su reemplazo y se acostumbraba mantener sal en la mesa para impregnar el pan luego de la bendición. También se debía salar las carnes luego del sacrificio, para que no quedara residuo de sangre. La sal, como saborizante, es un invento posterior y ajeno al sentido bíblico aunque el texto utiliza la imagen del sabor. La traducción interpretativa que da la Biblia en Lenguaje Sencillo(1) da la idea de preservación: «Ustedes son como la sal que se pone en el horno de barro para aumentar su calor. Si la sal pierde esa capacidad, ya no sirve para nada, sino para que la tiren a la calle y la gente la pisotee». En el ritual bautismal previo al Vaticano II se utilizaba la sal en la lengua del bautizando para simbolizar la preservación de la fe.

Las luces, necesarias para la Pascua judía y el sábado —se celebraba al atardecer para nosotros pero al comienzo del día para los judíos (6:00 P.M.)— se volvieron símbolos de tales celebraciones. El candelabro de los siete brazos (Menorah) es uno de los símbolos judíos más conocidos y recuerda a los macabeos. En el segundo Templo (de Zorobabel) hubo toda una teología de la luz, de Dios como luz y en los libros de Qumrán hay una lucha permanente entre la luz y las tinieblas. El uso cristiano deriva del uso de las luces del judaísmo pero también de otros ritos de los gentiles, para señalar la presencia divina, especialmente del Resucitado en la vigilia Pascual. Las luces puestas en santuarios ya eran práctica de las religiones de vecinos de Israel. Isaías habla de Israel como nación destinada por Dios a ser luz de las naciones. En casi todas las culturas la luz y la vida lo mismo que la oscuridad y la muerte están en estrecha relación entre sí. No es de extrañar que lo primero que Dios crea en el Génesis sea la luz, incluso antes de crear el sol y las estrellas. En el Nuevo Testamento las figuras asociadas a la luz son abundantes como día, sol que a todos alumbra, lámpara, antorcha, candelabro, brillar, iluminar, resplandecer, resplandor, estrella de la mañana, lucero de la mañana, rayo; en sentido negativo ciego, guía de ciegos, oscuridad, tinieblas, noche. El sentido místico de la luz es evidente en el arte gótico en el cual, gracias a los espacios de luz (el románico era macizo en piedra) se volvieron las catedrales una flotación de muros bañados con distintos colores según el ángulo de entrada del sol y la estación del año. El espacio de la oración era un espacio de reflejos, juegos de luces naturales y haces luminosos bajados del cielo. En el contexto de las imágenes de hoy, el evangelio de Marcos pone en boca de Jesús una expresión que une las dos imágenes de sal y luz: «Porque todos serán salados al fuego» (Mc 9:49). Como quiera que se le pueda interpretar preservar la fe en medio de los sufrimientos es una nota clara en todos los evangelios; pero a la vez la oportunidad para dar testimonio dejándose guiar por el Espíritu. Como los profetas de Israel, la comunidad creyente en Mateo será perseguida por su compromiso por vivir de acuerdo con la voluntad de Dios ya hecha en el cielo. Cuando se describe la comunidad como sal y luz para el mundo, se describe como que sus miembros y su comportamiento juegan un papel importante en la misión para la comunidad circundante de no creyentes.

Como en las parábolas, las imágenes de luz y sal nos remiten a Jesús y su vida. Dentro de la comunidad creyente hay una luz que es el mismo Jesús. No la debemos ocultar con protagonismos propios, pues nada la reemplaza. No es reducible a doctrina teórica, ni a fría teología, ni a palabra aburrida. Si la luz de Jesús se apaga, los cristianos nos convertiremos en lo que advirtió a los dirigentes religiosos del judaísmo: ciegos que tratan de guiar a otros ciegos. Las disquisiciones doctrinales son importantes si desembocan en re-encuentro con ese Dios vivo que sigue siendo sal y luz para el mundo. Esto preserva la originalidad del mensaje de que hay esperanza para el pobre y es capaz de iluminar las oscuridades de hoy, de hacer visible lo que se ha ocultado y no reconocido . La teología Ortodoxa tiene una idea muy significativa de “dogma” distanciada de su sentido meramente intelectual. El dogma es un “icono” que nos invita a abrirnos al misterio de Dios. Es una pintura con conceptos. En una expresión crítica de un cristianismo que deja de ser sal y luz, se dice que en vez de cargar con la cruz a menudo el creyente ha aprendido a sentarse en la cruz. Así se siente cómodo en el mundo y se integra a él sin dimensión profética. La advertencia del evangelio es dramática: «Si la sal se vuelve insípida, ¿cómo recobrará su sabor?». El hecho de que logremos una evangelización en la que el cristianismo sea aceptado socialmente no es suficiente para creer que ya somos sal de la tierra y luz del mundo. Un caso palpable es la corrupción y daño ambiental galopante en sociedades surgidas del cristianismo. Defendemos los valores democráticos de libertad, igualdad y solidaridad para todos, pero lo que importa es ganar dinero como sea. El “todo vale” con tal de obtener beneficios va corrompiendo las conductas, viciando las instituciones y vaciando de contenido nuestras solemnes proclamas. Se confunde el progreso con el bienestar creciente de los afortunados. La actividad económica, sustentada por un espíritu de lucro salvaje, termina por olvidar que su meta es elevar el nivel humano de todos los ciudadanos. Todo se sacrifica al dios del interés económico: el derecho de toda persona al trabajo y a una vida digna, la transparencia y honestidad en la función pública, la verdad de la información o el nivel cultural y educativo en los medios de comunicación. Tal parece que el creyente como sal ha perdido su capacidad de preservar de la corrupción. «Vosotros sois la sal de la tierra» puede tener hoy como lo cumplió en el pasado, contenidos muy concretos. Mantenernos libres frente a la idolatría del dinero, y frente al bienestar material cuando éste esclaviza, corrompe y produce marginación. Demasiado neón publicitario parece oscurecer la luz que puedan dar los creyentes.

Notas
  1. Hecha ecuménicamente por las Sociedades Bíblicas Unidas buscando integrar los cambios del idioma.
  2. El libro de Jeremías riñe con el Deuteronomio sobre lo que sea un falso profeta. Para Jeremías el falso profeta es el que oculta la injusticia.