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Apuntes del Evangelio

  •   Domingo Febrero 08 de 2017
  •   Apuntes del Evangelio
  •    Luis Javier Palacio Palacio, S.J.

Marcos 7:14-23, miércoles, febrero 8 de 2017

Dentro de las necesidades humanas, a pesar de las variaciones que se presentan en los diferentes pueblos y culturas, podemos citar como básicas: alimentación, vivienda e identidad (familia, reproducción, tribu, etc.). Las tres son objeto de expresiones religiosas pero quizás la más notable en el judaísmo es la alimentación que para ser religiosamente correcta debe ser kosher, es decir, de acuerdo con las leyes dietéticas judías. Esto lo conservan hasta hoy. No se pueden comer los frutos durante los tres primeros años de plantado un árbol y otras normas más complejas respecto a los animales. Los frutos de la tierra no pueden comerse tampoco si no se ha pagado el diezmo de ellos y si se está dentro de Palestina (Erets Yisra´el); no tomar el vino que haya sido preparado para libación a dioses paganos. En el Deuteronomio se enumeran los cuadrúpedos que pueden consumirse y el Levítico especifica que solamente los que rumien y tengan la pezuña partida y los peces que tengan escamas y aletas. Un buen número de aves está prohibido consumirlas igual que sus huevos. Igualmente insectos como gusanos, termitas, caracoles y similares están prohibidos. Los animales comestibles se deben sacrificar según un ritual específico para desangrarlos. Estas normas sirven a la vez a la identidad del pueblo judío y para simbolizar la devoción a Yahvéh. Con el tiempo, teólogos judíos como Maimónides le dan el sentido de autocontrol y dominio de los apetitos a tales normas. Dice: «Nos acostumbran a controlar el desbordamiento del deseo, la indulgencia en la búsqueda del placer, y el error de creer que la existencia es para comer y beber». En orden a evitar que tales normas dietéticas pudieran ser quebrantadas sin intención de hacerlo, se recomendaba no comer con gentiles. Esto llevó a que algunos escritos cristianos contra los judíos los calificaran de anti-sociales. Pablo, al predicar entre gentiles, declara puros y consumibles todos los alimentos y el evangelio de hoy atribuye tal enseñanza a Jesús mismo. Que no era tan claro en la comunidad apostólica el tema, se ve en el sueño de Pedro en los Hechos de los Apóstoles en que se rehúsa a comer los animales que bajan en el mantel: «De ninguna manera, Señor -respondió Pedro-, nunca he comido yo nada profano o impuro» (Hc 10:14). Santiago propone en el concilio de Jerusalén (para algunos autores fue en Antioquía) que todos los cristianos se abstengan de la sangre como los judíos. El evangelio de Mateo, destinado a los judíos cristianos de Antioquía, se inclina por conservar las normas judías entre los creyentes: «No vayáis a pensar que vine a abolir la ley o los profetas; no vine a abolir, sino a dar cumplimiento» (Mt 5:17) algo que omite el evangelio de Marcos, dirigido a los cristianos de Roma.

Podría decirse que hasta hoy, por razones no muy claras, todas las culturas tienen normas dietéticas de manera que un pueblo se horroriza de otro pueblo que coma lo que les parece inaceptable e incluso se legisla sobre ello . El influjo de las comidas en el temperamento y comportamiento de las personas es reflejo de la expresión más primitiva de lo religioso como es el animismo (chamanismo, totemismo, etc.) que hoy trata de explicar mejor la fisiología, sin que pueda reemplazar lo cultural o religioso. Para el judaísmo era claro que quedaba impuro espiritualmente quien consumía alimentos impuros. Pero en Marcos se da un enfoque diferente: la impureza no entra al hombre sino que sale del corazón del hombre. Por tres veces utiliza la “dureza del corazón” para criticar a los oyentes: a los discípulos cuando no entienden lo que significa la repartición de panes (Mc 6:52); a la gente cuando le pide un concepto sobre el divorcio (Mc 10:5) y a los asistentes a la sinagoga cuando cura el de la mano seca (Mc 3:5). En el Antiguo Testamento a menudo se da como razón del incorrecto obrar humano la dureza del corazón, tanto de los judíos como del faraón en Egipto. El corazón es la metáfora de acceso a la experiencia mística, tanto en el judaísmo como en el cristianismo. La máxima aspiración de Yahvéh en el libro de Jeremías es que algún día la ley se escriba en el corazón: «Pondré mi Ley en su interior y sobre sus corazones la escribiré» (Jr 31:33). En la literatura espiritual se suele expresar con “pureza de intención”, “sinceridad de corazón”, “buena consciencia”, “limpio de corazón” y otras expresiones más . La inteligencia es del cerebro, la sabiduría es del corazón. Siendo el primer mandamiento del decálogo amar a Dios con todo el corazón, éste era propiedad exclusiva de Yahvéh y sólo Yahvéh podía ablandarlo o endurecerlo en ciertos casos.

La enseñanza sobre los alimentos del evangelio de hoy es llamada parábola aunque no tiene la forma literaria propia de las parábolas. La gente no entendía que el origen del mal estaba dentro del mismo ser humano y tampoco sus discípulos. La explicación añadida ya no forma parte propiamente de la parábola sino de la hipótesis evangélica sobre el origen del mal. Es fácil ubicar su origen afuera: el faraón, los pobladores desalojados a la fuerza de Palestina por los judíos, los invasores asirios, babilonios, griegos y romanos, el demonio, las tentaciones, las seducciones, “la mujer que me diste por compañera”, las posesiones y otros agentes que alguna objetividad dan al problema del mal, pero es más difícil aceptar que todos lo llevemos dentro y a menudo en conflicto interno. Pablo lo reconoce claramente: «No hago lo bueno que quiero, mientras que lo malo que no quiero eso es lo que llevo a la práctica» (Rm 7:19). Recomienda incluso la circuncisión de los cristianos pero la circuncisión del corazón; dejar una marca indeleble en él de seguimiento de Jesús. Jesús se limita describir el aparato digestivo: lo que entra por la boca pasa al estómago y luego a la letrina, no importa si el alimento es puro o impuro, si las manos son puras o impuras. Quizás esta misma expresión es lo que el evangelio llama parábola pero que los oyentes la recibieron según sus leyes sobre los alimentos. Aún quienes comen lo mismo se comportan diferente porque la razón del mal no está fuera sino dentro y es allí donde la persona debe aplicar el retén de salida. Allí está el principio básico de la moral personal, de la interioridad. Como bien lo dice Pablo contamos igualmente con el Espíritu del Resucitado instalado en el mismo corazón por lo que también puede salir lo bueno. El cristianismo en última instancia es el mensaje del optimismo humano. Movidos por la gracia, el Espíritu, la misericordia, el amor (ágape), también del corazón sale lo bueno. La enumeración que hace Marcos, que podría prolongarse al infinito de «malas intenciones, fornicaciones, robos, homicidios, adulterios, codicias, maldades, engaño, lujuria, envidia, injuria, soberbia, insensatez» no agota la capacidad creativa de las ambiciones humanas pero todas pueden ser superadas por la creatividad mucho más creativa del Espíritu. Porque como dice Pablo: «Donde se multiplicó el pecado, mucho más sobreabundó la gracia» (Rm 5:20).