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Apuntes del Evangelio

  •   Domingo Febrero 13 de 2017
  •   Apuntes del Evangelio
  •    Luis Javier Palacio Palacio, S.J.

Marcos 8:11-13

En el evangelio de Marcos el seguimiento de Jesús es en la pasión. Jesús rehúye las multitudes que lo toman por taumaturgo. En el evangelio de hoy piden a Jesús una señal venida del cielo con la palabra (semeion en griego) utilizada por Juan para todos los actos de Jesús. Jesús no hace señales del cielo y ni siquiera personales; son manifestaciones del Padre y no revisten más espectacularidad de que la misericordia de Dios. De los profetas se esperaban señales que acreditaran su misión pero lo que hacían era lenguaje simbólico que igualmente no fue atendido. Dada la mentalidad judía, con su casi nulo desarrollo de las ciencias, se consideraban como señales de Yahvéh la división de las aguas del mar de las cañas, del Jordán, la zarza del Sinaí, la detención del sol por Josué, los milagros de Elías y Eliseo. En la literatura mística (hasidismo) todo es milagro: la salida del sol, su ocaso, los arreboles, los productos de la tierra, la vida. Tanto para el judaísmo como para el cristianismo como experiencias de revelación dentro de la historia, nacimientos, muertes, visiones, revelaciones, victorias y derrotas forman parte de su material para la reflexión pero ninguna de ellas es revelación en sí misma. La revelación es una reflexión posterior sobre el hecho y el hombre está “condenado” a buscarle sentido . La revelación por excelencia se da en la resurrección pero este es un hecho trans-histórico. Dentro de la historia humana el signo más notorio de la revelación es la encarnación. Con acierto notaba Pascal: “Revelación significa que el velo ha sido corrido; pero la encarnación esconde aún más el rostro de Dios”. Dios se encarna en un niño, en un adolescente, en un profeta en buena medida rechazado en Palestina y este el gran misterio del Dios que se esconde. Con un término técnico y teológico Pablo llama esta manera de revelarse como la kénosis, el vaciamiento, el despojo de sí. La cruz y la resurrección son tan contrarios a toda lógica que Pablo dice que es necedad para los judíos y locura para los griegos. Un Dios como resultado lógico de una demostración, como en la apologética se nos enseñaron sus señales (tomadas como milagros), tan palmarios que nadie podía razonablemente negarlo será el dios de los filósofos (teísmo y deísmo) pero no el Dios de las Escrituras. Una prueba contundente de parte de Dios violaría la conciencia humana y cambiaría la fe en mero conocimiento. No tenemos fe en que el agua sea H2O?; los sabemos porque se puede descomponer en el laboratorio en sus dos componentes: el hidrógeno y el oxígeno. En un ejemplo más “doloroso” si necesitamos de un examen de ADN para paternidad es porque no creemos que nuestro padre sea nuestro padre; la confirmación científica acabó con dicha fe. Para los judíos, en espera de un signo, Cristo no acabó con el mal en el mundo y por lo tanto no es verdadero Mesías. Pero el evangelio no habla nunca de una destrucción mecánica del mal, sino de un remedio que obra en y a través del creyente y con el extraño ingrediente de que Cristo conquistó la muerte muriendo. A menudo parece necesario rescatar el sentido escandaloso de la cruz oscurecido por el arte. Claudio, obispo de Turín en el siglo IX decía que Cristo mandó a los discípulos cargar con la cruz, no adorarla. En cruz Dios toma la parte humana contra Dios mismo. Las palabras que pone Mateo en boca de Jesús: «Dios mío, Dios mío!, ¿por qué me has desamparado?» (Mt 27:46) no son mero adorno literario. Tienen más que ver con Job buscando mantener su fe en Dios en medio de las dificultades sin cuento que con los signos prodigiosos del mar abierto, la zarza en llamas, los milagros de Elías y Eliseo. Allí no hay signo del cielo que salve a Jesús de la muerte. No muere porque no fuera Dios sino precisamente porque lo era. Si en el Antiguo Testamento la fe de Abrahán podría resumirse en que con Dios todo es posible, en el Nuevo Testamento tiene una variación importante: la fe cristiana implica que con el hombre todas las cosas son posibles. Las pruebas o los signos evidentes del cielo terminan hiriendo la fe y el rechazo de Jesús es en el evangelio de hoy categórico e inmediato: «Os aseguro que a esta generación no se le dará señal alguna. Y volviéndoles la espalda, se embarcó».

El creyente puede sentirse un hombre miserable pero se le ha revelado que hay uno más miserable todavía que es el mendigo de amor a la puerta de su corazón: «Mira que estoy a la puerta y llamo. Si alguno oye mi voz y abre la puerta, entraré en su casa y cenaré con él, y él conmigo» (Ap 3:20). La puerta solamente puede abrirse desde dentro. Si Dios es amor, como lo define Juan, si la revelación consiste en su forma de amar, entonces el verdadero amor es siempre un amor crucificado. Las ciencias, sin pretenderlo, nos han aportado elementos purificadores de la fe. La verdad del evangelio no es una imposición de Jesús a sus seguidores, nunca les impone su divinidad. Sus signos estaban al alcance de los discípulos hasta tal punto que les manda que ellos los repliquen en su misión: limpiar leprosos, llevar un saludo de paz, socorrer al huérfano, a la viuda, al necesitado, predicar a los pobres, alivio a los ciegos, los paralíticos, los sordos y gozarse en las persecuciones. Nunca les pregunta: ¿Estás convencido?, ¿Ya entiendes todo? simplemente les pregunta: ¿Crees esto?, ¿estás dispuesto a vivir así? Es una aventura conjunta de Dios y el hombre. La filosofía nos llevó a un concepto de Dios como hacedor, como relojero, como arquitecto con poco arraigo bíblico. Ver lo extraordinario en lo ordinario es la mayor habilidad que requiere el creyente. La relación de creación a creatura no es tanto la de la vasija de barro del profeta Jeremías que allí significa variedad de seres, sino más como la de melodía y cantante. El artesano crea una vasija de la que se distancia. La vasija puede sobrevivir a la ausencia e incluso a la muerte del artesano. Pero la melodía no tiene existencia sino cuando es cantada por el cantante. Dios no actúa en momentos especiales, llamados teofanías; ni en momentos críticos llamados epifanías. Más bien es acción creadora continua creando a través del ser humano, llamadas diafanías. Todo puede transparentar los signos de Dios incluso los momentos más oscuros. El Dios judío, como el cristiano, no es un Dios ausente sino siempre presente, aunque a veces no sea un Dios patente. Ni en la pasión ni en la cruz se patentaba la divinidad. Solamente los soldados romanos lo reconocieron al verlo morir así; estaban enseñados a que el condenado muriera luchando en la apuesta más o menos tradicional en la historia: te mato o me matas; no a ver un moribundo perdonando sus propios verdugos. Los “milagros” de Jesús no fueron sus credenciales; sus signos de misericordia y perdón sí que lo fueron. Todas las religiones reclaman milagros para sus fundadores, porque todas buscan el camino humano para llegarse a Dios. El cristianismo, igual que el judaísmo, por el contrario, es un Dios que busca afanosamente al hombre porque en el plenamente Dios y plenamente hombre no encontramos solamente la verdadera imagen de Dios sino igualmente la verdadera imagen del hombre. Jesús como signo no nos permite excusas.