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Apuntes del Evangelio

  •   Domingo Febrero 16 de 2017
  •   Apuntes del Evangelio
  •    Luis Javier Palacio Palacio, S.J.

Marcos 8:27-33, jueves, febrero 16 de 2017

La mesianidad de Jesús es problemática para teólogos, biblistas, ecumenistas porque siendo una categoría judía se solapa con la cristiana, es decir, se asemeja en muchas cosas pero difiere en otra muchas. En el judaísmo el ungido (mesías) es básicamente el rey y aparece con Saúl. Pablo prefiere predicar a los gentiles con una categoría distinta, pues el Mesías no tenía mayor sentido para los gentiles; utiliza la palabra Señor (Kyrios). En los evangelios, sin embargo, la convicción de que Jesús es el Mesías (ungido) recorre los momentos más significativos de la narración: infancia, bautismo, tentaciones, confesión de Pedro, entrada en Jerusalén, pasión, curaciones. Juan dice que su evangelio «se han escrito para que creáis que Jesús es el Mesías» (Jn 20:31). Vale anotar que cristo (ungido) es la traducción griega de mesías (ungido), por lo que en algunas traducciones aparece indistintamente uno u otro. La pregunta no fácil de responder es si tal título de mesías se debe a la comunidad post-pascual o se remonta auténticamente a la vida terrena de Jesús, pues es habitual en los evangelios esta mezcla de fe y de historia, de narración y de confesión. Jesús es llamado salvador por la resurrección por lo cual al Jesús histórico no se le puede llamar Mesías porque todavía no ha resucitado. Jesús nunca se llama a sí mismo Mesías (son otros lo dan el título) pues crea una mesianidad muy diferente a la judía con la resurrección, obrada por Dios Padre. En el evangelio de Marcos, con lo que se ha llamado el “secreto mesiánico” que se expresa en que Jesús pide callar a los demonios y a los beneficiarios de sus curaciones sobre su identidad, aparece claro que no desea que se le identifique con la idea judía de mesías. En la confesión de Pedro en Cesarea del evangelio de hoy, Jesús se apresura a aclarar que es el “hijo de hombre” y que esto implica pasión, rechazo y muerte. Aún más, a Pedro, quien no lo entiende así, lo llama satanás con el sentido de que no supera el pensamiento humano corriente. En el juicio, el Sumo Sacerdote pregunta a Jesús si es el mesías y Jesús responde afirmativamente pero se apresura a decir que es una idea escatológica nuevamente como “Hijo del hombre”. En Mateo se da una versión de la confesión de Pedro más pacífica, recibiendo Pedro una alabanza y unos encargos, sin alusión a la pasión y por tanto sin el reproche de satanás. Pero al final igualmente prohíbe a los discípulos decir a la gente que sea el mesías (Mt 16:20). A Cristo se le dan muchos títulos en el Nuevo Testamento —más de 100— pero los que parecían decir más a la comunidad creyente eran el de profeta, sacerdote, paráclito, ángel, señor, hijo de Dios, Hijo. Hay como una acción de criba que mira a una simplificación y condensación de significado. Al final, quedan al menos tres que parecen sintetizar el misterio de Jesús: Cristo, Señor, Hijo de Dios.

En el evangelio de Marcos hay una cierta inflexión en la vida de Jesús con la confesión de Pedro en Cesarea. Algunos comentaristas la llaman “crisis de Galilea” pues da comienzo a los anuncios de la pasión. Hasta antes de la confesión de Pedro, sus curaciones, su presencia, sus enseñanzas, no han hecho más que reforzar la esperanza falsa de un mesías al modo del pueblo, de los poderosos, o de los discípulos. Jesús siente que es mal interpretado y que no debe alimentar esta falsa esperanza. Todos esperan de Jesús una liberación que él no está dispuesto a traer. Todos quieren un mesías rico, poderoso, que haga de Israel lo que fue en la época del rey David. Si no forma mejor a sus discípulos el mensaje del reinado de Dios se diluye. Va a anunciar por tres veces su pasión luego de la “crisis” aunque por ser escrito el evangelio luego de la experiencia pascual, se incluya igualmente la resurrección . Pero ésta es incluso más incomprensible que la muerte misma. Si a los discípulos los sorprende la muerte de Jesús de tal manera que huyen, la resurrección los sorprende aún más porque no creen a las mujeres y las apariciones los cogen por sorpresa. Una escena que parece unir ambas cosas es la Transfiguración que en la espiritualidad Ortodoxa es una imagen de lo que se espera del creyente, de experiencia mística y de conversión. Nuevamente Jesús prohíbe a los discípulos que digan algo hasta la resurrección y los tres que suben con Jesús, Pedro, Santiago y Juan, no entienden el diálogo entre Moisés, Elías y Jesús que habla precisamente de subir a la pasión en Jerusalén. Entre ellos se preguntaban «qué era eso de resucitar de entre los muertos» (Mc 9:10). Jesús reprende a Pedro en frente de los discípulos porque tampoco éstos quieren aceptar esta nueva actitud de Jesús. La descripción de Santiago y Juan buscando los primeros puestos en el reino es diciente de su actitud.

Las confesiones que tenemos en el evangelio no desconocen la realidad terrena de Jesús, dentro de la cual son explicables los títulos que le dan. Se dirigen las confesiones al que ven recorrer los caminos de Galilea y sube a Jerusalén. La confesión de Pedro no escapa a este marco y parece correcta a primera vista. Pero sin embargo no es satisfactoria. Es un confesión que desconoce o deja de lado la cruz y de la muerte de Jesús. Hoy nos tocaría añadir la resurrección sin la cual vana es nuestra fe, en palabras de Pablo. La confesión de Jesús como un taumaturgo, o un expulsor de demonios, o un sanador lleno de poder, o un maestro especialmente atractivo, no alcanza todo el sentido de la confesión que Marcos quiere presentar, pues sería la confesión de un hombre investido de poderes celestiales, no muy diferente a otros que se tenían por tales en la época . Unos poderes celestiales tan grandes que la comunidad podría olvidar algo fundamental: que aquel que es confesado no sólo ha vivido como ellos, sino que también ha muerto como ellos. Que no murió en la cruz a pesar de ser Dios sino precisamente porque lo era. Por esto la mayoría de los comentaristas dicen que la verdadera confesión cristiana en el evangelio de Marcos no está en boca de Pedro sino en boca del centurión: «Al ver el centurión, que estaba allí frente a Jesús, de qué manera había expirado, dijo: ¡Realmente este hombre era Hijo de Dios!» (Mc 15:39). Centurión que formaba parte de los que lo crucificaron, pues los judíos no tenían autoridad, al estar invadidos, de decretar pena de muerte. La víctima que salva el victimario es una de las grandes contradicciones del evangelio a la lógica humana. Es lo que va a resultar necedad para los judíos y locura para los griegos pero sabiduría de Dios para los que se salvan, en palabras de Pablo (1 Co 1:24). La confesión cristiana en Marcos es la del centurión. Confesiones sin cruz ni resurrección no son confesiones cristianas; pero estas no son simplemente para expresarlas de boca en el rezo de un credo sino para testimoniarlas con la vida. Allí resultan creíbles y verdaderas.