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Apuntes del Evangelio

  •   Domingo Febrero 17 de 2017
  •   Apuntes del Evangelio
  •    Luis Javier Palacio Palacio, S.J.

Marcos 8:34-9:1

La cruz no fue el primer símbolo del cristianismo pues la antecede el pez. Pero en el Nuevo Testamento se usa madero (stauros en griego) 27 veces para significar sufrimiento, muerte, sacrificio, dolor y otros sentidos más y también para simbolizar la vida del creyente. Así aparece resumida en Marcos, Mateo y Lucas como “tomar la propia cruz y seguir a Jesús”. No puede negarse que con la popularización de este signo, primero como cruz simplemente (siglo IIX) y luego como crucifijo (siglo IX) se dio también un giro a menudo exagerado hacia el dolor emocional en las devociones, un culto al dolorismo, a veces sanguinolento que llego a mortificaciones penitenciales preocupantes. Se olvidó en cierta forma la otra cara de la moneda que es la resurrección o el triunfo sobre el dolor, el sufrimiento y la muerte cuando se padecen por servir a los demás. La misma Eucaristía se volvía más cruz que resurrección en un balance poco apropiado. La arquitectura de las catedrales en forma de cruz, la cruz presidiendo la celebración eucarística, ésta entendida como sacrificio incruento más que como cena, Isaac llevando una cruz en vez de leña, viacrucis todo el año litúrgico. El antecedente judío puede ser la cruz en forma de tav (letra hebrea) escrita como una X en hebreo antiguo, que Ezequiel manda poner en la frente de los justos, para recordar los postes del Exodo marcados con la sangre del cordero. Justino Mártir es el primero que le da a la cruz un valor “mágico” pues dice que Amalec fue vencido por Moisés porque éste hizo el signo de la cruz. Tertuliano de Cartago el primero en recomendar que cada entrada o salida de un creyente y cada una de sus acciones debía estar marcada por el signo de la cruz en al frente. Constantino la usa como enseña militar. Su madre Helena, asegura haber encontrado los restos de la verdadera cruz en Jerusalén. La cruz empezó a significar simultáneamente el triunfo de Jesús sobre el Imperio romano, el establecimiento de la voluntad de Dios en la tierra, el amor de Dios expresado en Jesús, el Dios escondido en humildad y sufrimiento, la solidaridad de Dios con los crucificados de esta tierra, las obras de misericordia hechos por amor a Dios.

El evangelio de hoy nos vuelve al sentido más cercano en la primera comunidad creyente sobre la cruz. El llamado a no avergonzarse del seguimiento de Jesús es completado con una expresión a la manera de exhortación profética: «el Hijo del hombre se avergonzará de él cuando venga en la gloria de su Padre» que tiene un valor similar a la advertencia del perdón en el padrenuestro. Podemos decir que tanto en el Antiguo como en el Nuevo Testamento, Dios no se avergüenza del ser humano ni se cansa de perdonar. El consejo inicial sí es una condición indispensable para el seguimiento. «El que quiera venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, cargue con su cruz y sígame», pero vale la pena resaltar el respeto a la libertad humana. Si alguien quiere supone una opción surgida de la fascinación del creyente por la persona de Jesús. No es un consejo exclusivo para su grupo cercano. Cualquiera que sea seducido por la persona de Jesús: un discípulo, un apóstol, un oyente, uno de la multitud, o un lector del evangelio de Marcos. Cargar la cruz no es tanto heroísmo como humillación a la cual se resiste el orgullo humano. Buscamos por tendencia natural humillar en vez de humillarnos, pasar por inocentes aunque seamos culpables. Por eso se exige negarse a sí mismo tales pasiones. La última tentación de Jesús, que le viene de sus contradictores, es para que se baje de la cruz para ser creído; es decir, para que fuera un hombre cualquiera. Pero entonces no sería Dios. Lo que hace a Jesús el Cristo en Marcos es ascender a la cruz y no descender de ella. Esta será la resurrección en manos de Dios Padre. Aclarada la cruz desde la resurrección (no resulta comprensible en sí misma) el consejo para quien quiera seguirlo es que su forma de sufrimiento, muerte y resurrección es el paradigma, el modelo de todo ser humano. Jesús como Hijo de Hombre (hijo de Adán en el judaísmo) se erige como el representante de la humanidad restaurada en la auténtica relación con Dios. Era necesaria la larga historia de Adán a Jesús para que esto tuviera sentido. La historia humana se cierra, para abrirse de manera definitiva como posibilidad para los creyentes. Jesús cierra la revelación y ahora toda revelación ha de ser a la manera de Jesús. La muerte física no tiene la última palabra para la humanidad.

«Quien quiera poner a salvo su vida, la perderá; pero quien pierda su vida por mí y por el Evangelio, la pondrá a salvo» da un vuelco a la lógica racional. La cruz es la llave para una comprensión mística de la vida, no su comprensión racional. No es de extrañar que antes su misma familia busque a Jesús porque lo creían “fuera de sí”. Pero el camino a la vida creyente en Marcos es antitético. Negar a Jesús en lugar de negarse a sí mismo es lo contrario del verdadero discípulo. Hay incluso una cierta ironía con Simón en el evangelio de Marcos. Mientras el discípulo Simón niega a Jesús, el leproso Simón lo acoge en su casa y un tercer Simón le ayuda a llevar la cruz. Puede bien simbolizar parte del proceso de conversión que habría de sufrir Pedro. Si cuando éste riñe a Jesús por hablar de pasión en Cesarea de Filipo lo hace llamándolo satanás, lo que pretenda desviar el creyente del camino de la pasión y de la cruz es satánico para el creyente. No lo lleva a la resurrección que es el verdadero sentido de la vida. Juan la llama vida eterna o vida verdadera y no comienza después de la muerte, como tampoco en Pablo. Empieza aquí y ahora. Ya debemos estar resucitados al optar por Jesús. Por ello la cruz no es fin en sí misma sino paso obligado y simultáneo de la resurrección. Pero esa cruz no es el último tramo del litóstrato al Golgota, es toda la vida de Jesús. Es hacerse el último de todos y servidor de todos, limpiar leprosos, hacer curaciones, predicar el reinado de Dios con hechos y palabras, vivir las bienaventuranzas. Hacerlo así trae sufrimiento, pasión, oposición similar a la de Jesús. No necesitamos añadir sufrimiento masoquista. El consejo de Pablo para cumplir la nueva ley de Jesús es claro: «Lleve cada uno las cargas de los otros, y así cumpliréis la ley de Cristo» (Gal 6:2). Es decir, que si la cruz personal aún resulta liviana, hay muchas otras que podemos cargar como Jesús se echó encima las necesidades ajenas. El creyente no puede ser un “voyeurista” del sufrimiento ajeno. La cruz no es solo anuncio que sintetiza buena parte del evangelio; es también denuncia de los muchos que siguen crucificados y no les permiten resucitar. De ahí la necesidad de mirar la cruz como memoria conmovedora de un “Dios crucificado” y recuerdo permanente de todos los que sufren de manera inocente e injusta. La cruz no es un adorno, ni un amuleto, ni una significativa convención social en sitios públicos; es lo que puede introducir o recordar permanentemente en nuestras vidas el dolor de todas las víctimas olvidadas y abandonadas a su suerte. En este “Dios crucificado” está toda la grandeza y también la vulnerabilidad de la fe cristiana.