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Apuntes del Evangelio

  •   Domingo Febrero 18 de 2017
  •   Apuntes del Evangelio
  •    Luis Javier Palacio Palacio, S.J.

La transfiguración (literalmente metamorfosis) es un relato tan teológicamente elaborado que resulta una condensación anecdótica de muchos principios variados. Si Jesús era tenido por Mesías, convenía que el Legislador (Moisés) y el Profeta (Elías) lo atestiguara según el Antiguo Testamento, pero a la vez que hablaran de pasión desmentía que fuera mesías judío. Ambos, Moisés y Elías buscaron un “cara a cara” con Yahvéh y el primero no pudo ver más que su espalda; el segundo sentirlo en la briza suave. Pero se dice de Moisés que su rostro resplandecía al bajar del Sinaí. Este detalle lo incluye Mateo, pero Marcos no habla del rostro sino de las vestiduras de Jesús, con lo cual se acerca más a las descripciones de la resurrección. La transfiguración les permite ver la persona de Jesús en oración. Las tiendas (fiesta judía de Sukkoth) que Pedro quiere en el lugar de la transfiguración denotan la presencia de Yahvéh en el desierto y a la vez la escatología judía del amante Yahvéh finalmente desposado con su amada Israel. La transfiguración adelanta el final trayéndolo dentro de la historia; muestra lo que se espera de todo creyente, por lo cual los comentaristas aplican al episodio de la transfiguración la categoría relato de aparición preterido (puesto en el pasado), de oración iluminada, de conversión, de transformación en la manera de ver a Jesús, etc. Gregorio de Nisa habla de los sacramentos como momentos de transfiguración o metamorfosis por los cuales rompemos un ciclo para empezar otro. Pero lo que en los animales sucede por las leyes naturales en el creyente sucede por la gracia o in-habitación del Espíritu. Pablo, que poco alude a los hechos de la vida de Jesús, utiliza sin embargo la transfiguración aplicada a los creyentes: «Como en un espejo nos transformamos (metamorfoseamos en el original) en la misma imagen, de gloria en gloria, a medida que obra en nosotros el espíritu del Señor» (2 Co 3:18). El sacramento primero y fundamental que era el bautismo, se llamó por mucho tiempo “iluminación” (fotismós en griego), para no andar ya más en tinieblas. La transfiguración está en continuidad con la creación y la encarnación de manera que ninguna de las dos es estática sino dinámica. Toda la creación (incluida la humanidad) va hacia algún lado y éste para el creyente es la glorificación de Dios, la deificación como la llama la teología Ortodoxa. La encarnación introduce toda la creación en la obra de la salvación. En el pasado, con un sobre énfasis en el pecado, se entendió la encarnación como reverso de la caída de Adán; no como la sobre abundancia de la gracia y el amor de Dios. La transfiguración en Jesús es la señal de la transfiguración general y la Eucaristía es el “hospital espiritual” en donde el creyente cura sus heridas para seguir transfigurándose en más y mejor comunidad (comunión) y más exaltada creación. Los escenas de muchos monjes del desierto en armonía con las bestias del campo era un “icono” (imagen) de dicha transfiguración y fue la literatura folclórica quien lo interpretó como el dominio sobre demonios. Hoy, con la crisis ecológica, vale la pena volver a la imagen inicial . La transfiguración figuraría la nueva luz que necesita el creyente para verlo todo con nuevos ojos. Precisamente en el evangelio de Marcos se anota durante las tentaciones en el desierto: «Estaba entre animales salvajes» (Mc 1:13). La mandorla (óvalo) que suele enmarcar los iconos de la transfiguración simbolizan la totalidad de la creación (cosmos). Si la creación-encarnación-redención forman un todo querido por Dios y todos forman parte substancial de la historia de la salvación ninguno de ellos puede ser simplemente un telón de fondo o un escenario donde se desarrolla la vida cristiana. Todos forman parte de la transfiguración que entraña el reinado de Dios. La creación de la humanidad ya entrañaba la imagen divina (su sello de garantía) y la semejanza que debía alcanzar (la definitiva semejanza en Cristo). La creación sería como gracia dada y la semejanza como tarea o gracia creada. Pablo habla de la resurrección cristiana como una metamorfosis del cuerpo: «Resurrección de los cuerpos: se siembra en corrupción, se resucita en incorrupción; se siembra en vileza, se resucita en gloria; se siembra en debilidad, se resucita en fortaleza; se siembra cuerpo psíquico, se resucita cuerpo espiritual» (1 Co 15:42-44). Esto, no para que suceda en un futuro lejano e incierto, sino que debe empezar a suceder ya en el creyente. Pentecostés, para algunos escritores místicos, es la transfiguración expresada como luz interior. En Jesús solamente en el relato de la transfiguración aparece como exterior pues en los demás relatos aparece una “divinidad escondida”, hasta el punto de considerar a Jesús “fuera de sí” (loco) o aliado de Belcebú. En otros momentos del “secreto mesiánico” revelado como son el bautismo, los demonios y la entrada en Jerusalén vienen de fuera los testimonios. Irónicamente Marcos ubica los discípulos (entre ellos Pedro, Santiago y Juan de la transfiguración) en el huerto de los Olivos, en donde ni siquiera alcanzan a acompañarlo en la oración, en una transfiguración contraria a la del monte. Jesús está “triste hasta la muerte” y pide al Padre Abba que le aparte el cáliz de la pasión si le es posible. Los tres discípulos parecen ser los que más necesitan de la transfiguración, pues son los que parecen ofrecer mayor resistencia a Jesús cuando les habla de su destino doloroso de cruz. Pedro intenta incluso quitarle de la cabeza esas ideas absurdas. Los hermanos Santiago y Juan le andan pidiendo los primeros puestos en el reino. Ante ellos precisamente se transfigura Jesús porque parecen necesitarlo más que nadie.

En la transfiguración solamente Jesús irradia luz. Los demás parecen apagados, les falta aún mucho para ser luz para lo cual tiene que bajar de esa nube y volver a la gente, a sus incapacidades como en la curación que enfrentan al bajar. Jesús no los lleva, y es algo constante en todos los evangelios, a una mística de montaña, de aislamiento; no los lleva a una huida religiosa del mundo, sino que lo devuelve a la tierra a la que él vino a encarnarse. Quien se abre intensamente a Dios ama intensamente la tierra. Quien se encuentra con el Dios encarnado en Jesús siente con más fuerza la injusticia, el desamparo y la autodestrucción de los hombres. En una renovación monástica luego del Vaticano II que es el monasterio de Taizé, modificaron la consigna de su estilo de vida como: “Lucha y contemplación”. Es el ascenso e inmediato descenso de la montaña. La fidelidad a la tierra no nos puede alejar del misterio de Dios. La fidelidad a Dios no nos puede alejar de la lucha por una tierra más justa, solidaria y fraterna.