Descargue la Homilía en formato .PDF

↓ Descargar

Apuntes del Evangelio

  •   Domingo 00 de 0000
  •   Apuntes del Evangelio
  •    Luis Javier Palacio Palacio, S.J.

Marcos 9:14-29,

A nivel de la religiosidad popular los milagros de curaciones son la parte más atractiva de los evangelios porque la enfermedad nos toca a todos. En el mundo semítico en el que se recolectan los relatos de los evangelios la adivinación, la magia y la medicina van a la par y son con frecuencia patrimonio de los sacerdotes. Como toda enfermedad viene del pecado como castigo de Yahvéh, la primera tarea del que cura consiste en identificar al demonio o a los demonios que actúan. Cada uno tiene una especialidad y el de hoy nos dicen que es un “espíritu mudo”. Que no lo llamen “demonio mudo” no hace mayor diferencia porque los demonios, en la mentalidad griega, eran espíritus que inspiraban al hombre, inferiores a los dioses y superiores a los hombres. Cuando Jesús le ordena dejar al muchacho entonces se habla de “espíritu impuro” y de “espíritu sordo y mudo”. Estas inconsistencias nos dicen de la ambigüedad de los diagnósticos a la que aún hoy nos enfrentamos a pesar de los adelantos médicos. Enfermedades mentales, enfermedades congénitas, vicios y pecados de todas clases, tenían cada uno de ellos su instigador demoníaco. Se traza de ellos una nomenclatura detallada, con una jerarquía y unos jefes que se llaman Belial, Mastema o Satanás. Es fácil de comprender que, en este contexto, si Jesús proclama que ha llegado para Dios el tiempo de manifestar su poder real, ha llegado igualmente la hora de liberar a los hombres de esa alienación cuyo peso nos cuesta trabajo imaginarnos. Las curaciones empezaban normalmente por un interrogatorio para descubrir el pecado que había cometido el enfermo, algo que contrasta con Jesús que no se preocupa de conocer dichos pecados. El solo nombrar el demonio identificado bastaba para suponer la curación obrada. Con los demonios sordomudos (hoy sabemos que son dos males aparejados) el problema es que no pueden confesar su nombre, por mudos, y no pueden escuchar los interrogatorios, por sordos. En tales casos el sacerdote acudía a prácticas mágica, por ejemplo desatando nudos que simbolicen el vínculo demoniaco o incluso ofreciéndole algún animal identificado con el enfermo para que se refugie allí. El expulsor de demonios, el médico y el sacerdote son la misma persona. En los evangelios podemos contar 15 curaciones, 7 expulsiones de demonios y 3 resurrecciones a la judía . El relato de hoy, que aparece con variaciones en los tres sinópticos, es un relato de curación con expulsión de demonio y en los tres los síntomas son de epilepsia.

Así como las parábolas son el lenguaje típico de Jesús para transmitir lo que es el reinado de Dios, las curaciones son los signos para expresar lo mismo, tanto al beneficiario como a sus deudos. Serían como el lenguaje de señas que utilizan los noticieros para sordomudos. Pero Marcos, quien es bastante irónico con los discípulos, les ha advertido referente a las parábolas que «¿Teniendo ojos no veis y teniendo oídos no oís?» (Mc 8:18). Así que los discípulos son ciegos y están sordomudos. Se encuentran aún incapacitados para entrar en la dinámica del reinado de Dios. En el rito de bautismo pre-Vaticano se usaba el rito del ¡éfeta! (ábrete) en los ojos y en los oídos sobre bautizandos que tenían bien la vista y el oído. Los relatos de curaciones no son un acta médica. Podríamos decir que lo que Jesús destrona no es la enfermedad (pues cura unos pocos y enfermos y enfermedad siguen existiendo) pero si destrona el diagnóstico y sus implicaciones sociales y religiosas. Notemos que el diálogo de Jesús es con quienes tienen que ver con la situación del muchacho. Con su padre quien siente la angustia que su hijo se auto destruye hiriéndose con su comportamiento; con los discípulos que han fracasado en el tratamiento de la enfermedad; con la generación incrédula que se arremolina en torno al muchacho enfermo; con la fe del padre que se siente escaso de fe; con la multitud que toma la postración del muchacho como su muerte. No hay diálogo propiamente entre Jesús y el demonio mudo. Para Jesús la enfermedad no es castigo ni de Dios ni por el pecado; el enfermo, el impuro, el endemoniado no debe ser excluido ni de la sociedad ni de la asamblea cultual. Los relatos de curaciones en los evangelios son bastante diferentes de los de la época y no implican, como después se interpretó, una derogación de las leyes de la naturaleza, como hacían los dioses griegos. En tiempos de Jesús sucedía como hoy que algunos enfermos sanaban, que las expulsiones de demonios funcionaban, que a los epilépticos les pasaban los ataques. El valor de los relatos está en los detalles, en las actitudes de Jesús, en las reacciones de la gente, en la denuncia de la falta de misericordia. Aquí encuentra el creyente el verdadero valor de los relatos. No hay que preguntarse si estas “posesiones” quedan mejor explicadas hoy por la sicología, la siquiatría, la medicina porque seguramente así es. La pregunta propiamente religiosa del lector debe ser: ¿Trabajo yo realmente en vencer el mal, en mí y en el mundo? ¿Trabajo yo, animado por el Espíritu, para que este mundo sea efectivamente aquello en que se ha convertido en la resurrección de Cristo de la que eran signos sus curaciones? ¿Cuál es mi actitud frente a mi propia enfermedad y las de los demás? y muchas otras que sugieren los textos. Quienes dedican su tiempo a ayudar a sordos, mudos, enfermos mentales, leprosos y demás enfermos, en lo físico o espiritual, entienden mejor el sentido de los evangelios que quienes dicen curar “expulsando demonios”, haciendo eucaristías de sanación y liberación. Perfectamente puede corresponder el relato de hoy a discusiones en la primitiva iglesia de cómo había de administrarse el carisma de curar enfermos y expulsión de demonios heredados de las costumbres judías. La solución final parece ser que en los casos especialmente difíciles es aconsejable la oración y el fortalecimiento de la fe que aportan una visión nueva de la enfermedad. Desde el punto de vista creyente la salud es la habilidad para convivir con el sufrimiento, la enfermedad y la muerte con autonomía adecuada a la dignidad humana. En otras palabras, la salud no es la ausencia de desarreglos orgánicos o síquicos sino la suficiente fortaleza para convivir con ellos. Esto lo entienden bien quienes trabajan con limitados físicos o mentales. Hoy podemos caer en una concepción de la salud más bien ilusa que evangélica. La salud como bien supremo social y personal implica contradictoriamente una actitud enfermiza frene a la salud. Los relatos de curaciones no nos prometen tal salud sino una más necesaria: la misericordia con el enfermo, la solidaridad para llevar mutualmente las cargas, la vida con sentido para todos. De la propia salud de Jesús nada nos dicen las Escrituras, de su capacidad para servir nos dice que fue toda su vida.