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Apuntes del Evangelio

  •   Domingo Febrero 23 de 2017
  •   Apuntes del Evangelio
  •    Luis Javier Palacio Palacio, S.J.

La novedad fundamental del sacerdocio en el Nuevo Testamento, respecto al Antiguo, es manifestada en Jesús cuando se ofrece y sacrifica a sí mismo lo cual constituye su sacerdocio en la carta a los hebreos. Pero este es igualmente el sacerdocio común de todos los bautizados. Pablo lo expresa de esta manera: «Os ruego, pues, hermanos, por la misericordia de Dios, que ofrezcáis vuestros cuerpos como hostia viva, santa, agradable a Dios, éste es vuestro culto racional» (Rm 12:1). Es decir, que en la Eucaristía a la vez que revivimos el sacrificio de Jesús, nos ofrecemos todos para sacrificarnos por él en los demás. Desde esta perspectiva eucarística podemos ver la coherencia del evangelio de hoy. En el judaísmo se decía que la lepra era un castigo de Yahvéh para quien daba escándalo. En el Nuevo Testamento hay una doble utilización del sentido del escándalo de manera que Jesús enseña: «Bienaventurado quien no se escandaliza en mí» (Lc 7:23). Pablo comprende que el mensaje de Jesús escandaliza a más de uno: «Nosotros predicamos a Cristo crucificado, escándalo para los judíos, locura para los gentiles, mas poder y sabiduría de Dios para los llamados, ya judíos, ya griegos» (1 Co 1:23-24). El mismo Jesús comprende que su suerte es escándalo para los mismos discípulos: «Díjoles Jesús: Todos os escandalizaréis, porque escrito está: Heriré al pastor y se dispersarán las ovejas» (Mc 14:27). Jesús quebrantó algunas leyes y costumbres judías y escandalizó a los piadosos observantes de la religión convencional; se enfrentó a los dirigentes; soportó la persecución y murió como un delincuente. En este sentido y desde este punto de vista, la radicalidad de Jesús no tuvo límites. Podemos entonces preguntarnos por los pequeñuelos que creen y que no deben ser escandalizados. La palabra aquí empleada es μικρός (mikros) que significa niño pero igualmente humilde, bajo, insignificante, pobre. Estos no se escandalizaban con Jesús pues por el contrario eran escandalizados por los poderes económicos, políticos y religiosos de la época. Escandalizarlos era hacerles perder la fe en que un futuro distinto era posible; que su situación de desprecio y abandono formaba parte de la preocupación de Jesús y de sus seguidores. El mensaje del evangelio no puede ir en detrimento de lo humano; no puede proclamar derechos de Dios que desconozcan los derechos humanos; no puede poner el interés religioso por encima de la justica y la misericordia; no puede poner la gloria y el poder por encima de la solidaridad y el compromiso; ni la salvaguardia del dogma por encima de la liberación de la persona. Con la formalización de la fe en concilios y dogmas, podemos tener la tentación de pensar que el escándalo es afirmar algo de manera diferente a como se afirma oficialmente. Pero el escándalo bíblico no es intelectual, campo en el cual el debate es necesario y a veces productivo. La afirmación más escandalosa de Jesús es la equiparación del amor a Dios y al prójimo, que tan maravillosamente desarrolla Juan. El escándalo en los evangelios es alegarse creyente y no vivir como vivía Jesús. Aquí podemos confrontar un Jesús que escandalizaba en su época por ser amigo de pecadores, publicanos y prostitutas y una Iglesia que está llamada a escandalizar en sentido negativo si no desafía los supuestos valores del mundo de hoy que sean anti-evangélicos. Para la misión profética del creyente es un escándalo la pobreza de la gran mayoría frente a la riqueza de unos pocos; el poder en pocas manos frente a la opresión de las mayorías; el saber acumulado en patentes y marcas registradas frente a la ignorancia generalizada. El evangelio no legitima el tener sino por el compartir, el poder por el servir y el saber por enseñar.

La comunidad de los creyentes era exigua comparada con la población general judía y gentil. Los “pequeños que creían” tenían que mantener el mensaje de Jesús en medio de dificultades. La paciencia que tuvo con sus discípulos Jesús debían tenerla los creyentes entre sí. En vez de juzgar el lenguaje de Jesús era de invitación: “Si quieres...”, “si estás dispuesto...” De ahí la paradoja de un evangelio que aparece al mismo tiempo como duramente exigente y constantemente comprensivo. Por momentos parece hasta inhumano el ideal propuesto. “El que quiera ser mi discípulo, que se niegue a sí mismo, que tome su cruz cada día y que me siga...”; “Si quieres seguirme, vende cuanto tienes...”; “Nadie puede ser mi discípulo si no renuncia a todo lo que posee...”; “Si tu mano te escandaliza, córtatela...” “Si el grano de trigo no muere, queda solo...”; “El que ama su vida la destruye, y el que desprecia su vida en este mundo la conserva para la vida eterna...”; “sed misericordiosos como vuestra Padre…”; “¿Cuál de los tres fue prójimo del herido? Vete y haz tú lo mismo...” Este parece ser el secreto de la vigencia permanente del evangelio; a veces parece duro e inhumano, a veces sentimental, a veces revolucionario, a veces la única posibilidad de que las situaciones cambien, a veces la única esperanza para quien sufre, a veces lo único que nos puede llenar de sentido, a veces un llamado inspirador para grandes cosas, a veces un llamado de apoyo para los débiles y pequeños, a veces inalcanzable y a veces hecho para todos. Esto es lo que los pequeños no pueden perder y es infame quien les arrebate esta última esperanza.

En Pablo encontramos una reflexión madura sobre el escándalo en relación con el servicio y amor al prójimo. Le tocó resolver algunos escándalos en las comunidades que fundó. En la carta a los corintios dice a la comunidad: «Todo os está permitido, pero no todo es constructivo» (1 Co 10:23). La iglesia primitivas lo vivió con bastante crudeza con motivo de una cuestión hoy superada: la de tomar carne en las comidas. En aquel tiempo, los únicos lugares donde se comercializaban las carnes eran los templos, pues eran de animales ofrecidos en sacrificio. Con aquel comercio se beneficiaban los sacerdotes. Aquello suscitaba la pregunta en los cristianos: puesto que todas aquellas carnes habían sido antes consagradas a alguna divinidad, ¿debían ellos abstenerse de consumirlas o podían optar alegremente por una alimentación equilibrada y no estrictamente vegetariana? Las tensiones que este problema provocó en las comunidades fueron considerables y merecieron una serie de capítulos de la carta a los romanos y de la primera carta a los corintios. A los romanos les recordaba que no hay más Dios que el Dios de Jesucristo. No obstante, pide a los fuertes que respeten a los débiles o pequeños. Que mi libertad no sea nunca motivo de escándalo para otros. Nuestra libertad, que es total ante Dios y ante nuestros hermanos, sólo estará verdaderamente inspirada por el Espíritu de Cristo si su criterio último es siempre la caridad. «Si mi comida ha de escandalizar a mi hermano, no comeré carne jamás, por no escandalizar a mi hermano» (1 Co 8:13). Hoy los motivos de escándalo son más abundantes y más graves. Jesús denuncia hasta el insulto a los opresores, a los que escandalizan a los pequeños, a los que extravían al pueblo. Y hace caso omiso de las consecuencias que por ello le sobrevienen.