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El mensaje del domingo

  •   Domingo Febrero 26 de 2017
  •   El mensaje del Domingo
  •    Gabriel Jaime Pérez Montoya, S.J.

En aquel tiempo dijo Jesús a sus discípulos: -Nadie puede servir a dos señores, porque odiará a uno y querrá al otro, o será fiel a uno y despreciará al otro. No se puede servir a Dios y a las riquezas. Por lo tanto, yo les digo: No se preocupen por lo que han de comer o beber para vivir, ni por la ropa que necesitan para el cuerpo. ¿No vale la vida más que la comida y el cuerpo más que la ropa? Miren las aves que vuelan por el aire: no siembran ni cosechan ni guardan la cosecha en graneros; sin embargo, el Padre de ustedes que está en el cielo les da de comer. ¡Y ustedes valen más que las aves! En todo caso, por mucho que uno se preocupe, ¿cómo podrá prolongar su vida ni siquiera una hora?

¿Y por qué se preocupan ustedes por la ropa? Fíjense cómo crecen los lirios del campo: no trabajan ni hilan. Sin embargo, les digo que ni siquiera el rey Salomón, con todo su lujo, se vestía como uno de ellos. Pues si Dios viste así a la hierba, que hoy está en el campo y mañana se quema en el horno, ¡con mayor razón los vestirá a ustedes, gente falta de fe! Así que no se preocupen, preguntándose: “¿Qué vamos a comer?” o “¿Qué vamos a beber?” o “¿Con qué vamos a vestirnos?” Todas estas cosas son las que preocupan a los paganos, pero ustedes tienen un Padre celestial que ya sabe que las necesitan. Por lo tanto, pongan toda su atención en el reino de los cielos y en hacer lo que es justo ante Dios, y recibirán también todas estas cosas. No se preocupen por el día de mañana, porque mañana habrá tiempo para preocuparse. Cada día tiene bastante con sus propios problemas” (Mateo 6, 24-34).

Este pasaje pertenece al llamado Sermón de la Montaña, que comprende los capítulos 5, 6 y 7 del Evangelio de Mateo y que nos han venido presentando las lecturas de los domingos anteriores. En la de hoy Jesús les plantea a sus discípulos -y a través de ellos también a nosotros- cuáles deben ser las prioridades para lograr una vida plena y feliz.

1.- No podemos servir a Dios siendo esclavos de las riquezas materiales

La opción por servir a Dios excluye el apego a los bienes materiales. Esto no quiere decir que debamos necesariamente prescindir de ellos, sino que es preciso considerarlos siempre como medios, nunca como fines. Quien orienta toda su vida en función de la búsqueda y la acumulación de riquezas terrenales termina angustiado por el miedo a perder sus posesiones, y la avidez de tener cada día más y más lo lleva a empobrecerse en su ser y a aislarse encerrándose en su egoísmo.

Toda la predicación de Jesús está marcada por una invitación a establecer nuestras prioridades en la vida, de modo que cada quien pueda lograr la realización del fin para el que fue creado o creada por Dios. Ese fin consiste, como lo expresa por ejemplo san Ignacio de Loyola en el principio y fundamento de sus Ejercicios Espirituales, en “alabar, hacer reverencia y servir a Dios nuestro Señor, y mediante esto salvar su alma”, es decir, ser plenamente feliz. Y continúa diciendo san Ignacio que por eso es preciso relativizar todas las cosas empleándolas o apartándonos de ellas tanto cuanto nos ayudan o nos estorban respectivamente para conseguir ese fin.

2.- Pongan toda su atención en el reino de los cielos y en hacer lo que es justo
Una de las traducciones de esta exhortación de Jesús es la que dice Busquen primero el reino de Dios y toda su justicia, y todo lo demás se les dará por añadidura. Servir a Dios implica y exige orientar todas nuestras intenciones y acciones a la realización de su reino en nuestra vida y a nuestro alrededor, colaborando con Él en la promoción de la justicia, que consiste en reconocer la dignidad y los derechos de todas las personas, empezando por los más necesitados y excluidos.

Cuando leemos en los Evangelios la expresión reino de los cielos -específicamente en el de san Mateo, que por dirigirse a los judíos se abstenía como éstos de pronunciar el nombre propio de Yahvé con el que Dios se había revelado a Moisés-, podríamos pensar que se refiere a la vida eternamente feliz que esperamos para después de nuestra existencia terrena. Pero no es éste el sentido completo de esta expresión. El reino de los cielos, en el lenguaje bíblico, es la soberanía de Dios, y por lo mismo el reino del Amor, pues Dios es Amor. Orientar en función de esta soberanía todo cuanto somos y tenemos, significa por tanto disponernos a cumplir siempre y en todo su voluntad de Amor.

3.- Cada día tiene bastante con sus propios problemas

“Carpe diem quam minimum credula postero” -aprovecha cada día, confiando lo más mínimo en el siguiente-, dice en latín un verso del poeta romano Horacio, nacido 8 años antes de Cristo. En otras palabras, vive al máximo el día de hoy como si fuera el último de tu vida. Jesús le da un nuevo y más profundo sentido a esta misma idea, al invitarnos a poner toda nuestra confianza en Dios viviendo el compromiso del presente.

En la primera lectura, Dios se compara con una madre para invitar al pueblo de Israel, representado en el monte Sion -en el centro de Jerusalén-, a confiar plenamente en Él: Sion decía: “Me ha abandonado el Señor, mi dueño me ha olvidado”. ¿Es que puede una madre olvidarse, de su criatura, no conmoverse por el hijo de sus entrañas? Pues, aunque ella se olvide, yo no te olvidaré (Isaías 49, 14-15), Y el salmo nos invita a apoyarnos completamente en Él: Sólo en Dios encuentro paz; pues mi esperanza viene de él. Solo Él me salva y me protege” (Salmo 62 [61]). Este es el sentido de la comparación que hace Jesús al decir que Dios está siempre dispuesto a cuidar de nosotros como lo hace con las aves y las flores. Esto no quiere decir que Dios resuelva mágicamente nuestros problemas sin nuestro propio esfuerzo. Lo que enseña Jesús es que debemos dejar el resultado de nuestros esfuerzos en las manos de Dios.

Pidámosle entonces al Señor que nos ayude a orientar toda nuestra vida en función de su reino, que es el reinado del amor, la justicia y la paz, poniendo de nuestra parte pero también confiando plenamente en su poder infinito.