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Apuntes del Evangelio

  •   Domingo Febrero 27 de 2017
  •   Apuntes del Evangelio
  •    Luis Javier Palacio Palacio, S.J.

Marcos 10:17-27, lunes, febrero 27 de 2017

Aunque las expresiones del pecado puedan ser muchas, en el judaísmo y en los mismos evangelios, hay buenos intentos de sintetizarlas en algunas pocas tendencias humanas connaturales. Podemos reducirlas a tres: bienes, poder y valer . Pero quizás la tendencia que más daño propio y ajeno ha causado es la ambición por el tener, las riquezas, los bienes materiales. La apuesta del evangelio es que tal pasión, algo deseable y digno de todo esfuerzo desde el punto de vista humano, solamente la podemos tener bajo control si aceptamos las implicaciones del seguimiento de Jesús. Sus palabras contra las riquezas, la única pasión que es llamada Mammón (dios dinero) por Jesús, es incompatible con el reinado de Dios. Curiosamente la palabra Mammón (propia del Nuevo Testamento) parece derivarse de la misma raíz de Amén pero mientras expresa la confianza Mammón significa lo estable, sólido, la seguridad, la propiedad, terminando como antónimo de Amén. Cuando Jesús ataca tan duramente los bienes terrenos esto vale tanto para la riqueza como para cualquier otra seguridad o grandeza humana que encubra el reinado de Dios o que busque reemplazarlo. Así dice Marcos que la semilla del evangelio es ahogada por la «seducción de las riquezas» (Mc 8:19). Mientras que en el Antiguo Testamento, con excepciones honrosas, las riquezas son signo de bendición de Yahvéh, en el Nuevo Testamento la riqueza deja de ser la base del honor, el prestigio social o religioso y su ausencia o renuncia a ella puede acercar más a Dios y a los demás. Jesús es presentado como alejado de las riquezas desde su nacimiento y manda a sus seguidores a hacer lo mismo, tanto en el envío de “los doce” como en el de los “setenta y dos”; advierte sobre su peligro y en varias parábolas asocia la riqueza con injusticia (riqueza injusta), con opresión (Lázaro y el epulón), con insensatez (el granjero que muere el día de su cosecha), con ambición con disfraz religioso (los fariseos que esquilmas viudas con largos rezos), con mal-aventuranzas (¡Ay de vosotros los ricos!), con el embotamiento del corazón (donde tenéis vuestros tesoros tenéis vuestro corazón), como en Pablo y Santiago son asociadas con escándalo en la Eucaristía.

Cuando el Nuevo Testamento alude a tesoro o riquezas en sentido figurado, se refiere al buen obrar que atesora bienes espirituales, nunca terrenales, pues en última instancia solo Dios es la riqueza del creyente. Pablo consigue quizás la expresión mejor que contraste los “dos tesoros” pues llevamos este tesoro «en vasijas de barro» (2 Co 4:7). Ya sin relación con lo material habla Pablo de riqueza en gloria, riqueza en gracia, riqueza en misericordia, riqueza de la predicación, Cristo que nos hace ricos haciéndose pobre. La exigencia que esto implica es que somos meros administradores, como ya lo proclamaba el Génesis, de unos bienes sobre los que pesa la hipoteca del servicio a los demás: «Si no habéis sido fieles en lo ajeno, ¿quién os dará lo nuestro?» (Lc 16:12). Así, podemos sacar algunas directrices éticas del evangelio para el manejo de los bienes, pues no hay en el cristianismo tampoco la visión maniquea de que la materia es mala sino solamente tentadora. El evangelio advierte sobre la ilusión de poder apoyarse en la riqueza y poder disponer de ella libremente. Ata de tal manera que solamente la gracia, el Espíritu de Dios nos puede mover a compartirla, como sucede en los seis relatos de repartición de panes. Los mismos discípulos no veían claro que compartir era la solución para el hambre de los presentes. El evangelio nos muestras que la relación con los bienes materiales se extiende a la relación con el prójimo de manera que se atropella a los demás para aumentar o conservar la riqueza. Aunque tanto el Antiguo como el Nuevo Testamento buscan fraternidad e igualdad, nunca se busca la uniformidad. No se equiparan todos los hombres a una matriz que los estampe en serie. Cada uno tiene sus talentos que son para el servicio de todos, pues si se usan para el provecho propio siempre resulta atropellado el pobre, el más débil, el enfermo, la viuda, el huérfano, el extranjero. Ningún bien es totalmente propio, pues para el creyente el propietario universal es el creador. Así se entendía la tierra como propiedad de Yahvéh encargada a las tribus; así se consideraba la cosecha que debía dar el diezmo a los pobres (el diezmo al Templo es de Malaquías por lectura equívoca de culto); así se entendían las primicias como regalo de Yahvéh y no solamente como fruto del esfuerzo humano. La leyes de propiedad fueron tomadas más del derecho romano que del evangelio, de Aristóteles, Platón y otros que de Jesús. Verdad es que la filosofía griega juzgaba la riqueza en función de la polis o ciudad. Si no servía a esta era reprobable. Los romanos tenían en gran honra al dios Plutón como el dios de la riqueza, con su cornucopia en la mano.

En el evangelio de Marcos el camino al reinado de Dios es el camino de la desposesión, a ser el servidor de todos, a recibir con abrazo a los niños, a vender lo que se tiene, a ser el último, a entender a Jesús cuando habla tres veces de su pasión, a no ambicionar poder como Santiago y Juan. El joven rico de hoy contrasta con el llamado de los primeros discípulos que dejando todo lo siguieron. El de hoy quiere seguirlo pero conservando el tesoro donde está su corazón. Incluso era religiosamente bueno según los cánones judíos pues al enumerarle los mandamientos responde que «todas esas cosas las he cumplido desde mi juventud». El varón judío estaba obligado a guardar la ley a partir de su Bar-Mitzvah. Quiere heredar la “vida eterna” como si esa no empezara aquí y ahora sino que fuera una riqueza más que acumulara a su muerte. Finalmente el joven se retira con «el semblante anublado y lleno de tristeza porque tenía muchas riquezas». Jesús no necesitaba de ricos que sostuvieran su proyecto. Bastaba con gente sencilla que supiera vivir con pocas cosas y aun así capaces de compartir. Apuntaba a lo esencial del ser humano: dejarse mover por el Espíritu de Dios y no por las ambiciones comunes a nuestra naturaleza. Si el joven hubiera sido un enfermo que necesitaba curación, un ciego, un poseído de demonio impuro, un mudo, un leproso, algo hubiera hecho Jesús para cambiarle su vida. Pero el mal del joven no tenía cura sin el desprendimiento previo de sus bienes para seguir a Jesús. Como relato de milagro es un relato de fracaso, como relato de llamada igualmente lo es. Con una expresión que nos puede resultar extraña Jesús corrige al joven diciéndole que bueno no es sino Dios; algo que podíamos explicar de acuerdo con lo dicho, que quien poseyéndolo todo ha renunciado a todo por amor al hombre es el único auténticamente bueno. Como si fuera una parábola podemos pensar en los tres pasos que Jesús pide al joven como un buen material de examen de conciencia: «vende lo que tienes», luego «dalo a los pobres», por último «ven y sígueme». Este pecado sigue ahí.