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Apuntes del Evangelio

  •   Domingo Febrero 28 de 2017
  •   Apuntes del Evangelio
  •    Luis Javier Palacio Palacio, S.J.

Marcos 10:28-31, martes, febrero 28 de 2017

El evangelio de hoy, como las seis reparticiones de panes en donde se comparte lo poco que se tiene y alcanza para todos y sobra, es un llamado a desprenderse de lo propio para encontrarlo multiplicado en la comunidad de los creyentes. A pesar de la preeminencia de la familia biológica en la historia de las tribus de Israel, también aparece la capacidad de formar otros lazos iguales o más fuertes que los familiares por razones religiosas, ya en el Antiguo Testamento. Abrahán deja su tierra de Ur de los Caldeos y su parentela para ir en busca de una tierra prometida siguiendo solamente la voz de Yahvéh, con las primeras expresiones de formación de una familia espiritual. Obedecer al padre era seguir la voluntad de un hombre pero obedecer a Yahvéh era hacer la voluntad superior de Dios. Algo similar repite Jesús a sus discípulos: « El que cumple la voluntad de Dios, ése es mi hermano y mi hermana y mi madre.» (Mc 3:35). En el judaísmo la función básica del padre biológico era circuncidar al hijo y enseñarla la ley (Torah). Proveer a sus necesidades materiales no estaba regulado en la ley y era solamente un deber moral; el hijo no estaba obligado a obedecer a sus padres si sus órdenes iban contra la ley. La paternidad no requería pruebas y se consideraba hijo del marido todo lo salido del vientre de su mujer. El hijo heredaba el oficio de su padre y en general el patriarcado era la costumbre predominante con derecho incluso a pagar una deuda con un hijo. En la época de Jesús ya existían en el judaísmo formas nuevas de vida familiar diferentes a la familia biológica. Tales son la comunidad de los terapeutas y las comunidades esenias de las cuales la más conocida es la de Qumrán. Tenemos también el caso de Rut a quien Booz alaba: «Has dejado a tu padre y a tu madre y la tierra en que naciste, y has venido a un pueblo que no conocías ni ayer ni anteayer» (Rt 2:11). En el evangelio de Marcos no se asigna ni a María ni a José ningún papel en el ministerio de Jesús, excepto el genérico de que sus parientes lo buscan porque lo creían fuera de sí; tampoco aparecen como discípulos. En el evangelio de hoy hay una multiplicación de lo que se renuncia, pues Jesús enumera casa (en singular), hermanos, hermanas, madre (en singular), padre (en singular), hijos, campos a los que se renuncia y en lo que se recibe enumera cien veces más en casas (en plural) hermanos, hermanas, madres (en plural), hijos y campos. Curiosamente el padre no es mencionado. Quien renuncia al padre se queda sin padre, o mejor, con el padre común que no está en esta tierra sino en el cielo. Esto lo confirma el consejo a los discípulos: «A nadie en la tierra llaméis padre vuestro; porque uno solo es vuestro Padre: el del cielo» (Mt 25:9). Esa era la idea básica del judaísmo: que Yahvéh era el padre del pueblo, de todo el pueblo, no de una persona en particular. De alguna manera la figura mandaba al padre terrenal a proceder como el padre del cielo, al contrario de lo que podemos oír en las catequesis infantiles cuando oímos: Dios te ama como tu papá. La experiencia que hemos tenido del amor de nuestros padres, no pocos veces, es de algo que por entrañable que sea debemos merecerlo. Es común que los padres biológicos (o adoptivos) quieran más al hijo si este se comporta bien y obedece a sus indicaciones. Entonces, si Dios es Padre, no sería muy diferente, pensamos. Nos ama, pero a condición de que nos portemos bien con él. Pero la dinámica de Jesús es a la inversa: nos ama de todas maneras y espera que procedamos igual con los demás. Juan es quien mejor expresa este “extraño” amor. «Si Dios nos amó así, también nosotros estamos obligados a amarnos unos a otros» (1 Jn 4:11). Esperaríamos que debamos responder al amor de Dios amándolo pero la conclusión es bien distinta; no amando a Dios sino a los hermanos. El amor de padre a la manera de Dios no espera ser amado por el hijo sino que el hijo a su vez ame a la manera de Dios. Tampoco Jesús menciona “padre” cuando responde a los que van a buscarlo aunque enumera los miembros de la familia biológica. El joven rico no hereda la vida eterna porque sus posesiones son un obstáculo y en cambio los discípulos pueden disfrutar con mayor abundancia porque renunciaron a todo y así se hicieron acreedores a la vida eterna. La vida de los creyentes no es una magnificación de la vida familiar, como lo expresan las duras palabra: «Serán enemigos del hombre los de su propia casa» (Mt 10:36).

Para algunos comentaristas Jesús representa la primera imagen sana de Dios en la historia. Su idea de un Dios Padre (Abba) que no se toma del padre biológico o de la tribu, y su modo de relacionarse con él está libre de falsos miedos y proyecciones. Un padre que no busca perpetuarse en el hijo, ni hacerlo su copia fiel, ni objeto de sus caprichos. Jesús, con su actuación re-define lo que es ser hijo, y en el diálogo con su Padre Dios ambos aprenden de la relación igualitaria que los teólogos llamaran trinitaria y basada en el amor oblativo. Todo es de todos de manera que donde actúa uno actúan los tres. En la sociedad patriarcal la convicción es que el ser humano ha de existir para Dios, con su vicario en el padre terrenal; la actitud de Jesús, por el contrario, hacia su Padre arranca de la seguridad de que Dios existe para el ser humano. El dios Moloc se le sacrificaban seres humanos, el Dios cristiano se sacrifica por los humanos. Pero a menudo, a pesar de decirnos seguidores de Jesús, volvemos fácilmente a imágenes regresivas del Antiguo Testamento, abandonando la experiencia e imagen que nos deja Jesús de Dios como Abba. Jesús no pone a la persona ante una ley religiosa, sino ante un Padre cuya preocupación última no es que se cumpla la norma, sino que se busque el bien de todo ser humano. El prójimo toma el puesto de la ley, y sus necesidades determinan lo que el Espíritu ilumina en la persona generosa que da la mano. Así, a Dios le obedecemos cuando escuchamos la llamada que nos hace desde cualquier necesitado. Hoy, con el desarrollo de la sociedad consumista y auto-referencial, al necesitado lo han vuelto una amenaza. El egoísmo, la desconfianza, la insolidaridad, el temor produce cada día más segregación y separación de unos de otros. No nos encontramos sino en los grandes centros comerciales cada uno a la búsqueda de su propia satisfacción consumista. El camino del evangelio es el contrario, desde la manera como Jesús dice a sus seguidores que tendrán muchas madres (sentimientos maternales), hermanos, hermanas y casas si renuncian a sus posesiones exclusivas. Es la vía del compartir, la confianza en el otro, la solidaridad con el necesitado, el amor y no el temor, lo que puede dar esperanza de un una humanidad reconciliada. No es volver a la tribu, a la familia biológica, a la nación como en muchas páginas del Antiguo Testamento ni a la homogenización de la cristiandad carolingia y medieval. Es algo aún más profundo y necesario. El que se abre al amor al Padre de todos y se hace así hermano y hermana y madre de todos nunca estará en el aislamiento y la soledad, aunque pueda estarlo físicamente. Como el monje del desierto se siente unido a toda la humanidad y responsable de ella.