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Apuntes del Evangelio

  •   Domingo Marzo 01 de 2017
  •   Apuntes del Evangelio
  •    Luis Javier Palacio Palacio, S.J.

Mateo 6:1-6.16-16, miércoles, marzo 1 de 2017

Todas las religiones tienen como expresiones de piedad el ayuno, la oración y la limosna. El cristianismo las hereda del judaísmo y aunque el evangelio trata de diferenciarlas de las de los fariseos, la verdad es que no han sido tan diferentes a lo largo de la historia. Incluso en el mismo evangelio hay contradicciones en los evangelistas. «Que vean vuestras buenas obras y glorifiquen a vuestro Padre que está en los cielos» (Mt 5:17) contrasta con «vuestro padre que ve en lo secreto te lo recompensará». En algunos tratados, sobre todo en la alta Edad Media, surgieron espiritualidades que invitaban al anonimato, el pietismo, el intimismo, la bondad del corazón, en contraste y pugna con la exuberante liturgia y disciplina penitencial oficial que era parte de prescripciones eclesiales y civiles. Vistosos peregrinaciones, procesiones, misas solemnes, autos de fe, oficios catedralicios, ayunos y abstinencias por decreto real, predicación de indulgencias, penitentes en sayal, cofradías eran la vida corriente medieval. Lo que se veía era lo que se creía . La Reforma, con los debates que suscita respecto a la fe y las obras, el mérito y los obras, solo Dios y las mediaciones humanas, lleva a una polarización de la que apenas estamos saliendo 500 años después. Una frase escandalosa entonces, hoy no despierta resistencias: «Las obras buenas no hacen bueno al hombre; pero el hombre bueno hace buenas obras». Tales obras no pueden ser otras que las que Jesús hizo por los demás. Descargado de toda preocupación de sí mismo, el hombre tiene las manos, los ojos y el corazón libres para trabajar por los demás. Aquí tenemos una buena pista sobre el actuar del creyente, quien no sigue una teoría espiritual, ni unas prescripciones obligatorias sino el obrar de Jesús. Este, en Marcos tiene dificultad al obrar en público porque se malinterpretan sus signos y recurre al secreto mesiánico: alejarse de la multitud, ordenar que no se cuente lo que ha hecho. Sin embargo reparte dos veces el pan entre judíos y gentiles a un grupo crecido. En otros evangelios aparece expresamente el deseo de que se conozca su obra como cuando le piden ir a Judea, cuando manifiesta que nada debe quedar oculto, cuando ordena a los curados a difundir lo que ha hecho por ellos.

En el judaísmo no existía realmente la tajante separación que hoy conocemos entre lo público y lo privado y su mayor anhelo era la teocracia de Yahvéh, es decir, el gobierno absoluto de un Dios que regulara todos los aspectos de la vida: familiar, social, económica, política, cultual, cultural. La oración privada era la familiar y la pública en la sinagoga y el Templo. No existía el concepto de individuo, pues el judío era persona solamente como miembro de un pueblo . Lo más similar sería hoy la idea de república islámica en la que el Corán rija todos los aspectos nacionales. Si los fariseos, en la época en que se recogen los evangelios, tenían el comportamiento tan vistoso que hoy se describe, no era ofensivo para el pueblo judío sino para los cristianos que tendrían que hacer las mimas prácticas pero en privado o a escondidas. Una conjunción de ambos campos, privado y público, se da en el consejo de buscar la perfección interior por medio de la oración, el ayuno y el amor a Dios y la perfección exterior por el ejercicio de la caridad con el prójimo. Evidentemente no existían las teorías económicas que tenemos hoy que muestran cómo la desigualdad no se soluciona con meras prácticas de caridad. En este sentido, lo único realmente externo son las obras de amor al prójimo y las demás prácticas públicas o privadas deben llevar a fomentar dichas obras. En general podemos decir que los cristianos hoy en día tienen en las prácticas privadas (devocionales, grupos, asociaciones, órdenes laicales, etc.) más contacto con la espiritualidad que en las “liturgias oficiales”.

Las prácticas mencionadas de oración, ayuno y limosna aparecen de manera variada en los evangelios. En Marcos es usual que Jesús se retire a orar en solitario, aunque en el huerto de los Olivos parece añorar la compañía de sus discípulos. En el evangelio de Juan ora abiertamente sin retirarse. En cuanto al ayuno, al menos sus discípulos, no lo guardan ni como los fariseos ni como los discípulos de Juan. En las tentaciones en el desierto Marcos no menciona el ayuno ni el contenido de las tentaciones que vencería. En cuanto a la limosna no aparece haciéndola en la forma que la conocemos, en consonancia con un Jesús y unos discípulos sin calderilla ni bolsa pues ni para el impuesto del Templo tienen dinero. En cambio, hace Jesús misericordia de manera no convencional con impuros, posesos, leprosos, pecadores, viudas, hemorroísa, mujer adúltera, niños y otros más. El mejor resumen del sentido del ayuno lo encontramos en varios Padres de la Iglesia: ayunar para ayudar; lo que ayunas debes darlo al pobre. Aquí entran comidas, bebidas y otras adicciones del mundo moderno. Resulta imposible reglamentar o prever lo que el Espíritu inspira al creyente en cada situación que lo hace creativo en la misericordia. La codificación en oración, ayuno y limosna queda corta en este caso. Es claro que condena cualquier apariencia pero juzgar la intencionalidad es tan complejo como juzgarse a sí mismo. No existe un punto neutro desde el cual pueda mirarse porque toda mirada implica los intereses del observador. En este sentido las recomendaciones que hace el evangelio de hoy invitan es al discernimiento del creyente. Si oran deben abstenerse de hacerlo para que los vean; las esquinas y plazas públicas también pueden ser hoy espacios de oración sin el lucimiento atribuido a los fariseos. Orar en secreto, en la cámara a puerta cerrada ya lo hacían los judíos en las mañanas al levantarse; no es una novedad cristiana. La oración con muchas palabras puede aludir a la práctica gentil de dirigir plegarias a muchos dioses y no ofender a ninguno por omisión. Las cárminas o cuadernos de oración de los romanos estaban plagadas de alabanzas y títulos a los dioses para obtener sus beneficios, mareándolos con palabras. La oración cristiana, que dentro de los evangelios donde mejor se aclara es en el de Lucas, tiene una respuesta única y universal para todas: el Espíritu Santo. Igual dice Pablo que no sabemos orar si no atendemos a los “gemidos del Espíritu” (Rm 8:26). La frase explicativa de Jesús es bien diciente: «Piensan que serán escuchados por su palabrería». En resumen podríamos decir que las enseñanzas de Jesús sobre las prácticas del creyente se orientan a que el bien sea sentido en medio de la comunidad pero como levadura en la masa, como grano de mostaza, sin nombradía individual del creyente. El bien anónimo lleva al reinado de Dios, el bien a nombre propio fácilmente termina en mera alabanza del benefactor quien en última instancia no tiene mérito ni fuerza propia para obrarlo. El texto evangélico no confronta solamente a los fariseos, también a los creyentes de hoy.